Opinión

Lotería y salud

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 21 de diciembre de 2016

Son una sola cosa, al menos por unos días y mientras el bombo de la suerte destila el morbo de un premio al portador llamado Gordo. Esta fea manera de llamar a la riqueza recibe, no obstante, honores mayestáticos por quienes tienen la fortuna de resultar premiados en la tradicional lotería de Navidad; sin embargo, para la inmensa mayoría, la suerte no acaba con el desencanto cuando no se está entre los agraciados, nada de eso, porque la cosa guarda estrecha relación con la salud una vez comprobado que no se ha rascado ni bola en esto de la pasional ventura. Todo es cuestión de perseverar, porque unos días más tarde se presenta la segunda oportunidad con el sorteo del Niño. Después, se hace el silencio.

Cosa rara es para quienes no juegan porque son más de ciencias que de letras y consideran que las probabilidades de conseguir el tan ansiado premio parece una tarea imposible y nos advierten de ello. Y uno odia las matemáticas cuando compruebas en la lista oficial que ni pedreas ni reintegros han caído de tu lado. Ahora bien, tocar, toca, pues hace tiempo conocí a una persona que estaba muy contenta con su magnífica salud a pesar de haberse gastado alrededor de 200 euros entre décimos y participaciones y tan solo le habían tocado 5 euros en una de esas papeletas de no sé qué cofradía que no cobras nunca.

Loterías y Apuestas del Estado destinan cada año a premios solo el 70% de lo máximo que puede recaudar, por lo que se asegura un margen de beneficios de lo más suculento. Además, Hacienda muerde el 20% de cada uno de los premios que se entregan cuando superan los 2.500 euros. Así pues, el negocio para las arcas es una mina sin fondo. Yo juego por aquello de la tradición y porque mi abuelo me dijo que de no hacerlo resultaba aún mucho más difícil que la suerte reparase en mí. Al principio no lo entendía, más que nada porque pensaba que si Hacienda somos todos, ésta tendría un gesto hacia los no agraciados, o sea, una especie de reparto de consolación o algo parecido. Luego me sacaron de la duda y hasta la fecha.

Si uno mira el bombo de los números y lo compara con el de los premios, la verdad es que la cosa es para sentirse orgulloso de la salud. Luego está lo de la felicidad que aporta la riqueza y que no está del todo claro. Un amigo solía decir que el dinero no da la felicidad “A mí sí, pero es que yo soy muy raro” le contestó otro de los allí presentes. Como verán esto de la suerte no es tarea fácil de digerir. Los psicólogos advierten de los posibles efectos adversos que experimentan quienes se ven rodeados de millones, principalmente por el acoso de los directores de las entidades bancarias que salen a la calle hasta con redes de pescar en arrastre.

Largas colas entre lluvia y frío hacen los penitentes para aproximarse a la suerte en uno de esos santuarios loteriles, cosa que no les concede bula por mucho que se encomienden al perejil de San Patricio, a un jorobado e incluso los hay que si reciben el excremento de un pájaro lo interpretan como una señal inequívoca de la diosa fortuna; motivos éstos más que suficientes para idolatrar a un número en particular o entregarse al juego sin pérdida de tiempo. También se interpretan sueños, afloran las corazonadas, se acude a iluminados ventajistas e incluso a sanadores de bolsillos ajenos; en fin, que todo es poco cuando la economía viene de nalgas para tantas y tantas familias agarradas a un clavo ardiendo. Lo cierto es que para la ocasión esta ilusión tiene más de sufragio que de otra cosa; pero ya sabemos que todo ello forma parte del espíritu navideño que atesoramos.

Bendita Navidad, y digo bien. Que no se apodere de nosotros la amnesia porque son estas fechas las únicas capaces de ablandar el turrón del duro y hacer que en muchos hogares se siga armando La Marimorena (no confundir la del villancico con Maria “la morena”, ya saben, aquella mujer de armas tomar, tabernera de la Cava Baja en el Madrid de los Austrias, allá por el siglo XVI, y con fama de dar estopa a quienes pretendían marchar del local sin pagar)

Pues eso, que si no les toca la lotería no sean tiquismiquis, que la suerte no es más que un pretexto para ganar salud, y si no vean cómo ésta sale reforzada el día del sorteo para la inmensa mayoría. Algo es algo. En fin, como favor personal les pido que sean ustedes felices y que cada cual se monte su propia Navidad, eso sí, a poder ser con tradición y estilo del bueno en lugar de las prosaicas mamarrachadas que algunos intentan imponernos de manera obstinada. Que así sea.