El destape del lado ilegal de algunos de sus protagonistas, el Leicester y el amago de abandono de la selección argentina de Messi también destacaron.
El balance del fútbol internacional en 2016 no puede eludir el hecho de ser uno de los años más desconcertantes, que más desasosiego ha arrastrado y con mayor claridad se han desnudado las aristas tenebrosas que circundan a este deporte. Quizá este mes que se extingue clausure uno de los peores años que se recuerden relacionados con el balompié en lo que a imagen, salud y estética se refiere. Por lo menos, basta con sintetizar que en estos doce meses se ha clarificado el papel que juegan algunos actores en el devenir de este juego de forma explícita, la necesidad de repensar la relación de los clubes y futbolistas con las sociedades que los cobijan y la cercanía de la tragedia.
El repaso también comprenderá lo acotecido en el verde, que no ha sido poco ni intrascendente, pero no puede sino comenzar con un puñado de los últimos episodios que engrosan la cara oscura de esta actividad profesionalizada. La primera circunstancia, trágica, hizo llorar a toda una nación. Y compungirse a toda una comunidad internacional de simpatizantes del esférico. La muerte de 71 personas, entre ellas diecinueve jugadores y todo el cuerpo técnico del Chapecoense carioca, en uno de los accidentes aéreos más devastadores para el fútbol, ennegreció la fortuna de una plantilla que humanizó la figura del futbolista e inscribió en la memoria colectiva a un vestuario, campeón de la Copa Sudamericana (por cortesía del otro finalista, el Atlético Nacional colombiano, brillante ganador de la Copa Libertadores), que permanece en los altares del recuerdo, como aquellas ediciones del Manchester United y Torino que corrieron una suerte similar en el siglo XX.
El relato avanza y abandona lo etéreo para circunscribirse a lo tangible. Al pragmatismo. Y allí encuentra un entresijo de corruptelas que ha contaminado al más pintado. Se presentó en el último tercio de calendario una bomba dirigida a la legitimidad social de este deporte. Todo un golpe a la línea de flotación, bien merecido según indican las investigaciones de Hacienda, soltado por los irreverentes próceres de 'Footbal Leaks'. El encuadre estelar tomó al madridista Cristiano Ronaldo, señalado por, presuntamente, haber desviado el dinero de sus derechos de imagen (150 millones de euros de ganancias publicitarias de doce años) a sociedades en las islas Vírgenes británicas. Por ese desfiladero público también comparecieron Ángel Di María, Ferando Carvalho, Xabi Alonso, Fabio Coentrao o Radamel Falcao, pero resultó que los astros del Barcelona también fueron protagonistas en esta cancha. Mientras que Leo Messi fue condenado en julio a 21 meses de cárcel por fraude fiscal de 4,1 millones de euros, el Barça reconoció haber cometido dos delitos fiscales en 2011 y 2013 en el polémico y escudriñado fichaje de Neymar. El club aceptó pagar una multa de 5,5 millones de euros, a cambio de exonerar de delito al expresidente Sandro Rosell y al actual, Josep Maria Bartomeu.
Las réplicas del escándalo de corrupción que defragmentó la credibilidad de la FIFA, aún pendiente de juicio, también alcanzó una elevada cuota de share. El respetable asistió al crepúsculo de los mandatos de Joseph Blatter en la FIFA y Michel Platini en la UEFA. El pago de dos millones de francos suizos (1,8 millones de euros) que el primero autorizó al segundo en 2011, y acordado en 1999, no tenía base legal, según el máximo organismo rector del balompié internacional, que sancionó a ambos 6 años. En consecuencia, las sanciones arribaron y el dirigente y ex futbolista francés logró que el TAS redujera su sanción a 4 años. No ocurrió algo semejante con Sepp. Al tiempo que la multinacional con sede en Suiza acomete una batería de impuestas reformas internas y que la lista de acusados ascendió a 40 (16 exdirectivos se ha declarado culpables), Gianni Infantino tomó las riendas de la FIFA y el esloveno Aleksander Ceferin alcanzó el mando de la UEFA, en un traspaso de poderes iluminado con discreta pompa y luz. No en vano, las detenciones de más de 200 personas en China y Vietnam por apuestas ilegales durante la Eurocopa de Francia y las exclusión de la Liga de Campeones del Skënderbeu, de Albania, por amaños, redondea un panorama plomizo en la esfera de los despachos.
Capítulo aparte merece la llamada "Operación Hydrant", en la que la policía británica investiga las denuncias de unos 350 jugadores de fútbol, posibles víctimas de abusos sexuales hace años. El caso se destapó hace semanas cuando Andy Woodward, exfutbolista del Sheffield Wednesday, explicó las violaciones que sufrió a manos de Barry Bennell, antiguo técnico. La policía identificó a más de 80 sospechosos relacionados con el bochornoso entuerto. El rebrote de hooliganismo que ensució la Eurocopa gala y los atentados que castigaron a este deporte en Turquía y Oriente zanjan la relación nefasta de sucesos que ha afligido a este deporte.
De regreso al césped, en 2016 triunfaron, con mayúsculas, Portugal, Chile, Brasil, el Leicester y Cristiano Ronaldo. Este último, que alzó la Eurocopa francesa (primer título internacional de la nación lusa), la más entretenida que se recuerda -con Gales e Isandia rozando la campanada-, la Undécima Liga de Campeones y el Mundial de Clubes, consiguió añadir su cuarto Balón de Oro a su inagotable hambre de gloria. Lo hizo, lesioado en la final del europeo de naciones, por delante de un Leo Messi que quedó retratado en una de las imágenes que convulsionaron el transcurrir de las emociones de este deporte. El genio rosarino proclamó su abandono de la selección de Argentina después de caer, por segundo año consecutivo, en la final de la Copa América ante el sensacional equipo de Chile. El seleccionado liderado por Arturo Vidal y Alexis Sánchez se alzó con la edición Centenario gracias a una tanda de penaltis en la que el 10 blaugrana erró su lanzamiento. El definitivo. La Pulga comunicó una decisión "meditada", tras la final celebrada en territorio estadounidense, y el cataclismo se desató en cada rincón del país albiceleste. "Es una pena, pero no se dió", remarcó Messi. Sin embargo, el nuevo seccionador Bauza y el desgobierno de la AFA, que le entregaría más poder al jugador, provocaron la enmienda y el regreso del mesías de la Ciudad Condal para liderar el tortuoso camino de Argentina en las clasificatorias para el Mundial.
En dicha guerra de guerrillas sobrevive con brío Brasil, que se reconcilió con su hinchada (después del fiasco contra la Alemania ganadora en 2014) con el oro en los Juegos de Río. En concreto, dicha reconciliación podría personalizarse en Neymar, que al fin envió un trofeó a la ansiosa torcida carioca. Partían como favoritos en su cita olímpica e hicieron honor a tal estatus. Pero en este deporte también juega el azar y lo imprevisible, y ahí se coronó, para sorpresa de todos, Claudio Ranieri.
El técnico italiano trasplantó el catenaccio a una versión britanizada sui géneris para que secundarios como Vardy, Kanté o Mahrez se uniformaran como jerarcas y el granítico y contragolpeador Leicester levantara la Premier League, por delante de los aristócratas. Concluyó el año el bloque 'blue' con el billete para octavos de Champions facturado hacia Sevilla, ciudad que vibró con su quinta Europa League en la despedida de Emery. El técnico vasco, como tantos otros entrenadores, emprendió una aventura de complicado pronóstico. En su caso viajó para hacer galopar al PSG. Ancelotti está en proceso de domesticar al Bayern de Munich y Julen Lopetegui y Roberto Martínez recibieron alternativas demasiado ambiciosas en el banquillo nacional de España y Bélgica, respectivamente. Sin embargo, en este punto, la mirada ha de girarse hacia Manchester. En esa ciudad conviven y pelean por generar imperios duraderos Pep Guardiola y Jose Mourinho. Uno al mando del City y otro al frente del United. Y, mientras aclaran conceptos y convencen a sus futbolistas, Antonio Conte, otro novel en las islas, ha disparado a su renovado Chelsea hacia un liderato rutilante que cuenta, además, con el descanso que significa no competir en Europa.
Los focos miran ahora cada fin de semana a Inglaterra. Pero no sólo por el duelo de técnicos. Los millones que la competición ha amasado ha catapultado el gasto de sus gigantes, y el traspaso de Paul Pogba de la Juventus a Old Trafford se confirmó como el más caro de todos los tiempos (120 millones de euros). Aún así, la Vecchia Signora no se quedaría de brazos cruzados y contrataría a Higuaín por 90 millones, haciendo saltar la banca y la lógica (en coherencia con el desebolso chino, que ha corroborado el atractivo de su fútbol para veteranos y prometedores talentos). El anacrónico desembolso buscó mantener la hegemonía en Italia y pelear a nivel continental con los candidatos, entre los que no se debe descartar al Bayern post-Guardiola. Todo ello permenece envuelto por el inevitable favoritismo que resplandece en el fútbol español, que volvió a registrar un pleno en el estrato de clubes (final madrileña en Champions) para mantener el monopolio que en este 2016 parece empezar a cuestionarse a base de talonario y sanciones. Madrid y Atlético sufrieron una penalización similar a la que cercenó la posibilidad de fichar del Barcelona -puniciones que todavía no han mermado a los colosos extramuros de los Pirineos-, si bien los merengues gozaron de una rebaja notable a última hora. Entre festejos y sinsabores sociales (o, más bien, fiscales).