Editorial

Un Reino Unido menos unido que nunca

Viernes 23 de diciembre de 2016

La ministra Principal de Escocia, Nicola Sturgeon, acaba de anunciar que su Gobierno ultima un plan para que la región escocesa continúe dentro del mercado único de la Unión Europea (UE), que se programará incluso antes de que la primera ministra británica, Theresa May, invoque el Artículo 50 del Tratado de Lisboa para dar comienzo al denominado Brexit. Habrá que recordar que la población escocesa respaldó mayoritariamente seguir en las instituciones europeas, en contra del conjunto del Reino Unido que votó en el referéndum salir de ellas. Esta profunda fractura que ahora se acentúa era previsible tras los dos últimos referéndums y después de que el Parlamento de Edimburgo considere que se les viene encima un desastre económico de verse arrastrados por la política de Londres. Si Escocia lleva a cabo su propósito, supondría una secesión de hecho y la destrucción de Reino Unido como país.

Los planes escoceses, sin embargo, poseen un horizonte muy confuso y oscuro, ya que la intención de que Escocia goce de las ventajas del mercado único, mientras que Gran Bretaña en su conjunto sale de él, carece de lógica y de un encaje legal creíble. Es probable que Edimburgo dicte leyes para hacerlo posible, pero resulta inconcebible que la UE le dé crédito y entre en ninguna negociación de esta índole. Además de los contrasentidos jurídicos, es utópico pensar que Bruselas abra una transacción con el territorio de una nación al margen de ella, ya que los países europeos sentarían un precedente para negociar con sus propias regiones. Algo absurdo e inviable en el proyecto de la Unión Europea.

Problemas que Edimburgo conoce perfectamente, de modo que solo cabe considerar que los objetivos anunciados ahora por Nicola Sturgeon no son más que los preliminares para allanar el camino a un segundo referéndum, que solo se forzaría desde Escocia cuando las circunstancias adversas del Brexit garantizasen un voto favorable a la ruptura. Se comprueba, en la práctica, que los asuntos endiabladamente complejos no se resuelven con la sencilla apelación a un “sí” o un “no” propios de una consulta. Existen otras vías plenamente democráticas para afrontarlos sin ese simplismo. Los grandes errores de David Cameron comienzan a pagarse en toda su crudeza, tanto como se desvela la falta de un verdadero sustento para la altisonante retórica patriótica de Theresa May. Frente a las grandilocuentes y falsas promesas de los promotores del Brexit, cada día vemos un Reino Unido menos unido que nunca.