Opinión

“The Crown”

TRIBUNA

Alfonso Cuenca Miranda | Viernes 23 de diciembre de 2016
Desde su estreno a comienzos del mes de noviembre la serie “The Crown” ha cosechado un importante éxito de audiencia y público en todo el mundo. La serie, de la que se ha anunciado que podría haber seis temporadas, gira en torno a la figura de la reina Isabel II de “Inglaterra”, abarcando la primera temporada el período que media entre su boda con Felipe de Mountbatten hasta los pródromos de la crisis de Suez en 1956 (sin perjuicio de recurrentes flash backs a la infancia de la entonces heredera del duque de York). Ciertamente, la producción se centra en los aspectos más “rosas” de la vida de la reina, con el relato de las vicisitudes personales de la familia real, pero, lo que es más llamativo, dedica una importante parte de la trama a aspectos que bien pueden ser englobados dentro del derecho constitucional y, sobre todo, de la historia política británica, de ahí que debe ser saludada más que positivamente la extraordinaria acogida por parte del público.

En primer término, desde un punto de vista estrictamente cinematográfico, la serie destaca (como, por lo demás, es rasgo propio de la filmografía de la islas) por su exquisito cuidado en la verosimilitud de la recreación histórica. Vestuarios, exteriores, banda sonora, caracterizaciones, interpretación, diálogos… sobresalen por su fidelidad a la época narrada, habiendo contado los guionistas con asesoramiento experto, incluido un antiguo ayudante de la Casa Real. Como ejemplos de esa soberbia ambientación pueden mencionarse, entre otras, las escenas de la coronación o, en general, las que reviven la “vida de campo” de la Familia Real. Bien es verdad que se detectan algunas licencias históricas (entre las que cabe citar, a título de muestra, el episodio de la “Gran Niebla” londinense, no vivida en el momento con el dramatismo expuesto en la serie), pero ello no desmerece a unos guiones absolutamente impecables, casi perfectos, con una magistral ligazón entre las diversas tramas recreadas.

El epicentro de “The Crown” lo constituye la reina Isabel y sus relaciones familiares. Su personalidad (e incluso, de manera sorprendente, su físico) así como las circunstancias que contribuyeron a forjarla aparecen fielmente reflejadas, insistiéndose en el auténtico trauma que supuso para una niña de diez años la decisión de su tío de abdicar la Corona. En relación con ello, la especial relación de Isabel con su padre se dibuja con los más delicados matices por un pincel de exquisita sensibilidad. Por lo demás, la serie, como es esperable, se centra en la vida en común de Isabel y Felipe, narrando con valentía los desencuentros y tensiones de “toda” vida en pareja, quizás cargando las tintas en demasía en la difícil personalidad del rey consorte. Junto a los mencionados, los restantes miembros de la familia: la abuela Alejandra (esposa de Jorge V), la Reina Madre Isabel, el duque de Windsor, la princesa Margarita… y un puñado de personajes secundarios, especialidad del cine británico, epítomes de una clase, de un tiempo, e incluso de un país (destaca al respecto el Secretario Privado de la Reina, Alan Lascelles).

Como se señalara con anterioridad, uno de los grandes aciertos de la serie es su valor (quizás, también, vocación) pedagógico. Así, en primer término, por lo que respecta al papel del monarca en el sistema constitucional británico. En este sentido, no faltan incluso referencias diversas al gran teórico de la monarquía británica, Walter Bagehot, y su célebre diferenciación entre las “efficient parts” de la Constitución británica (Comunes y Gabinete) y las “dignified parts”, comprendiendo estas últimas, entre las que se cuenta el monarca (también la Cámara de los Lores), “todo lo que produce y conserva el respeto de las poblaciones”. El período histórico reflejado se corresponde con el “comienzo del fin” del estrechamiento de la prerrogativa regia (como la definiera Dicey, el residuo de poder discrecional del monarca no limitado por el derecho estatutario de cada época) hasta sus límites actuales. Todavía en el período narrado permanecerán algunos rescoldos de tal poder residual, como quedara de manifiesto en el proceso de nombramiento del sucesor de Eden en Downing Street, en el que el papel de la reina no fue ni mucho menos menor (hasta el punto de suscitar alguna crítica), actuación en todo caso obligada ya que los tories (a diferencia de los labours) carecían de un procedimiento interno reglado en sus estatutos (dicho rol del monarca se suprimió en los estatutos de los conservadores aprobados en 1965). Pero, al margen de que hoy en día los poderes del monarca no sean efectivos, el papel de la Reina va más allá, ya que, en expresión de Jennings, a la misma corresponde “advertir, animar y ser consultado”. El examen de las “cajas rojas” (documentos del Gabinete), el despacho semanal con el primer ministro, las múltiples audiencias y visitas llevadas a cabo, junto con el hecho de su prolongada continuidad hacen del Rey uno de los más amplios conocedores de la realidad social y política del país, y, por lo tanto, el más cualificado “consejero” de “sus” diferentes gobiernos. Por otra parte, y en relación con lo apuntado, no hay que olvidar que el monarca actúa en cierto modo como el guardián de la Constitución frente a eventuales veleidades rupturistas o sencillamente ventajistas de algunos de los “premiers”.

Este último aspecto señalado queda reflejado en la serie de manera nítida. La audiencia semanal con Churchill es, sin duda, uno de los momentos más logrados de la misma (en este sentido, la escenificación de la preferencia del anciano primer ministro por despachar de pie, como hicieran sus predecesores, es, por diferentes motivos, un momento memorable), observándose claramente la evolución de ambas personalidades (en cierto modo, recuerda a Lord Melbourne y a la joven Victoria). Las tiranteces ocasionales con los gabinetes, el intento recíproco por influir en el otro, las confesiones personales son episodios de una relación fructífera como pocas.

En relación con lo apuntado, “The Crown” ilustra muy adecuadamente diversos aspectos de la historia política británica de los cincuenta, si bien, justo es reconocerlo, aspectos muy fragmentarios de la misma (principalmente personales). Con todo, la serie da fe de la generación política del momento, a la que bien puede calificarse como la última victoriana (en este sentido, incluso el propio Atlee ha podido ser definido por uno de los más reputados especialistas del período como un “cristiano victoriano”). Las formas, los modos de proceder, el lenguaje político siguen teniendo mucho del antiguo Imperio, si bien se observa la transición hacia la política de los “mass media”. En la década mencionada, pese a haber perdido ya algunas colonias, entre ellas la joya India, el carácter imperial subsiste en la mentalidad colectiva y, más en concreto, en la política británicas. La victoria en la guerra, la implantación del Estado de Bienestar, respetado por los conservadores hasta el punto de mantener muchas de las nacionalizaciones del gobierno laborista, y la recuperación económica iniciada en 1952, amén del propio papel y de la atención mundial suscitada por la nueva monarca (su coronación congregó a 20 millones de televidentes en las islas y a casi 100 en América) fueron factores que influirían en ese nuevo optimismo. No obstante, un nuevo mundo estaba ya gestándose, un mundo en el que lo británico no sería ya el principal condimento mundial, como pondría crudamente de manifiesto la crisis de Suez, probablemente el episodio más “humillante” de la historia británica del siglo XX.

Churchill y Eden centran el relato “político” de la primera temporada de la producción glosada. Sabido es de las tensiones que provocara entre ambos el empeño del primero por retrasar al máximo su retirada del ágora (un “anciano con prisas”, le definió un político de la época); si bien, la serie exagera en algunos momentos esa fricción. Ciertamente, y a pesar de todo, ambos tories se estimaban en grado extremo (como, por otra parte, se refleja en algún detalle de la serie). De otro lado, un tema controvertido como pocos atraviesa varios capítulos, esto es, el de la salud de los políticos (incluido Jorge VI, cuya operación de un tumor pulmonar en el propio Palacio de Buckingham se revive de manera sobrecogedora). Y es que efectivamente, la salud, o mejor dicho, su reverso, estuvieron muy presentes en el período señalado, por una sorprendente coincidencia histórica, aunque quizás, como se ha llegado a sugerir, debido a las secuelas del stress de los años bélicos. Así, los “Big Five” del gobierno laborista de 1945-1951 tuvieron serios problemas de salud que dieron al traste con las carreras de algunos de ellos. En el caso de Churchill su avanzada edad era más que un factor explicativo (si bien seguramente no se encontrara tan en forma como Palmerstone o Gladstone a su edad), aunque seguía conservando su proverbial genialidad. Si pudo continuar más en el cargo de lo inicialmente esperado se debió también a la mala salud de su delfín, Eden, sometido a tres operaciones del aparato digestivo que le dejaron unos meses apartado del Ministerio de Exteriores, y que, posteriormente, afectarían a su propia labor como Primer Ministro. La enfermedad, su ocultación y los problemas derivados de ambos son abordados exhaustivamente en “The Crown” como probablemente nunca antes en una producción similar.

La serie revive el período de posguerra con una viveza asombrosa. Aquel era un mundo que se iba para no regresar más. Pero en el mismo la Corona cumplió su papel, reinventó el Imperio en Commonwealth (los viajes reales de meses a las excolonias tuvieron no poca influencia en ello) y devolvió el orgullo a sus súbditos-ciudadanos. En cierto modo, puede afirmarse que la Corona encarna lo eternamente “inglés”, viniendo a ser en la actualidad como el armario de los cuentos de C.S. Lewis que permite a los británicos revisitar su infancia, el pasado en el que soñaron lo que habrían de ser.