José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 23 de junio de 2008
Tras las grandes hecatombes -y hecatombe es, incuestionablemente, después del fracaso de un sistema democrático, el estallido de una guerra civil seguido de una dictadura, la memoria de los pueblos suele hacerse muy selectiva.
Por fortuna, no nos engolfaremos ahora en la tan traída y llevada revisión del cainita conflicto de 1936 y su pesaroso cortejo de asesinatos, tumbas y exhumaciones que conforman desde ha un tiempo buena parte de nuestra actualidad, sino en la gozosa evocación de un español egregio, propagador hasta la extenuación de los que consideraba valores peraltados del ser histórico nacional, para él diáfano, sin veladuras ni celajes.
Curiosamente, una figura como la de D. Ramón Menéndez Pidal, en sintonía con muchos de los principios inspiradores de la convivencia política y social del presente, patriarca y referente de buen número de las instituciones y empresas culturales hodiernas, sufre, sin embargo, una abrupta reducción de su recuerdo y presencia al ofrecerse su biografía y tarea amputadas de manera sistemática y generalizada de los ejes doctrinales que las vertebraron y dieron sentido. Su férvido patriotismo, su indeclinable planteamiento ético de toda suerte de labores y quehaceres, su exaltación de “los españoles en la Historia”, su concepción espiritualista de la existencia individual y colectiva son opacados o silenciados en la inmensa mayoría de las ocasiones en que resulta obligada su mención o cita –¡y son tantas las veces que ello ocurre al escribir de nuestra historia y literatura!...- Ajeno a todo fundamentalismo y religión positiva, la España oficial del primer tercio del siglo XX lo respetó por su autoridad científica y ética, sin nimbarlo de ordinario del halo de excelsitud y aplauso del que lo rodeara la Segunda República. Con el franquismo se volvió a los tiempos de la monarquía alfonsina y de la primera dictadura y, tras un episodio menor relacionado con el siempre enmarañado ambiente de la Academia, D. Ramón gozó de consideración extrema por parte del régimen. No en balde, la porción acaso más sustantiva y moduladora del credo nacionalista que le servía de plántula y guía doctrinales, tenía como creador y difusor máximo al apologeta de El Cid y al debelador de Las Casas. Pese a ello, algunas de las reservas de antaño permanecieron en ciertos sectores eclesiales y políticos, y el más grande filólogo español de todas las épocas no llegó a usufructuar el influjo social al que su obra le destinaba.
Tampoco en una colectividad más acorde con sus aspiraciones ideológicas como la hodierna la irradiación y vigencia de su legado intelectual alcanzan las cotas que cabría imaginar de tal empatía. Como se decía más arriba, su idea de España –fruto armonioso de la resultante de seculares tendencias centrípetas y centrífugas-, su visión de la vida pública –alzada indeficientemente sobre la rectitud de miras y la crítica responsable-, su enfoque de la educación –impulsada siempre por el afán de superación- no lo convierten, desde luego, en un gurú o un maître à penser atractivo para una sociedad en la que el calificativo -“virtuoso”- con el que D. Ramón adjetivaba indefectiblemente al vocablo “esfuerzo” –alma y motor para él y los hombres y mujeres de su generación de toda empresa regeneradora-, carece de significación y ascendiente.
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