Rafael Sánchez Mantero | Lunes 23 de junio de 2008
El “no” irlandés cuestiona de nuevo el avance hacia una Europa unida. El proyecto de construcción europea se halla paralizado como consecuencia de la falta de impulso por parte de los líderes de los países integrantes. Por eso no está de más ponderar uno de los factores que más puede contribuir a darle aliento en el futuro. Me refiero al tan controvertido Plan Bolonia.
Desde su creación en 1987, el Programa Erasmus/Sócrates para la movilidad de los estudiantes ha permitido que miles de jóvenes hayan tenido la oportunidad de cursar sus estudios durante un año académico en centros universitarios de otros países de la Unión. Esa experiencia constituye la mejor de las apuestas para la integración de Europa. Ahora, la homologación de los estudios en todos los países a través de la creación del Espacio Europeo de Educación Superior, intensificará aun más esa necesaria movilidad de los estudiantes. A pesar de las protestas de algunos sectores contra su puesta en marcha, el horizonte que presenta una reforma de ese calibre no debiera dejar lugar a dudas. Superadas las dificultades que siempre han supuesto las convalidaciones de créditos y las diferencias de los planes de estudio, el cursar un año en otra universidad, o terminar los estudios que se han comenzado en casa, en otro centro de un país distinto, ha de convertirse en una nueva posibilidad que deberá ser aprovechada por el mayor número posible de estudiantes. No cabe ya entre los universitarios la actitud inmovilista de estudiar cerca de casa, de acomodarse a lo que ofrece la universidad que está más próxima y de rehuir las posibles inconveniencias que supone el desplazarse fuera del entorno habitual. Los profesores universitarios no debemos desfallecer en la tarea de alentar a los jóvenes a salir a otros países, a conocer otros centros de educación superior para completar su formación.
No hay que tener miedo a los cambios que va a suponer la adaptación al Plan Bolonia. Seguro que pueden aducirse contrariedades, pero sin duda, habrá muchas más ventajas. El objetivo final que es el de hacer confluir los sistemas universitarios, sin que ello suponga la renuncia de cada centro a su propia identidad ni a la búsqueda de la excelencia, no debe ser discutido. Al final, una educación superior basada en la convergencia, en la unidad de criterios y en el fomento del intercambio del conocimiento, redundará de forma positiva en la formación de nuestros estudiantes y también de nuestros profesores. Y además, será la mejor forma de intensificar la conciencia europea en los jóvenes, y apuntalará la base indispensable para avanzar en la construcción de una Europa verdaderamente unida.
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