Los judíos han convertido un desierto en un vergel. Pero alguien no los quiere bien y trata de quitarles, otra vez, el vergel, el desierto y su esfuerzo para que dejen de criticarlos por su afán de originalidad. Ellos solo quieren ser libres y demócratas. Me parece una faena la resolución de Naciones Unidas contra los asentamientos de colonos en los territorios conquistados. Obama se abstuvo, pero Rajoy, junto a otros pocos dirigentes del mundo, votó contra Israel. Ay, este progre de Rajoy, cuánto nos hace sufrir, pues que Rajoy no votó a título personal sino representando a todos los españoles. No podemos hacer otra cosa que protestar, o sea, decirle a Rajoy que ha vuelto a pasarse. Israel es una democracia y esa resolución, no importa desde donde se mire, atenta contra la democracia de Israel.
Creo que se han pasado los de la ONU en general, y España en particular. Es lógico que Israel haya protestado. El Consejo de Seguridad de la ONU, presidido este mes por España, aprobó el viernes la Resolución 2334, que declara ilegales las colonias en los territorios en disputa con Palestina. “La ONU”, según todos los avezados intérpretes de esa resolución, “responsabiliza a Israel de impedir una paz basada en la solución de los dos Estados.” Pero eso es exactamente una falsedad. Israel no se ha opuesto a la solución de los dos Estados, que es el principal horizonte de solución que se baraja desde las conversaciones de Oslo de 1993. Naturalmente, Israel exige que las organizaciones palestinas reconozcan la legitimidad del Estado de Israel, renuncien a hacerle la guerra y pongan fin a los ataques terroristas a israelíes. Lógico. No creo que los palestinos acepten nunca esas sencillas condiciones.
Difícil solución tiene la cosa. Pero si alguna tiene, estoy convencido de que solo vendrá por el lado de Israel. Son los únicos que tienen esperanza. Dicen que el hebreo, amigo lector, era un hombre que se originó en la antigüedad a través de la esperanza. Fue esa esperanza, que con el tiempo se convirtió en una de las virtudes cardinales del catolicismo, quien llenó el hueco que produjo en su existencia la desorientación de la crisis del mundo antiguo. No soy historiador, pero creo que eso se produjo en la fase postrera de la antigüedad. Desde el cautiverio de Babilonia hasta la diáspora toda la historia del pueblo judío se desarrolló en torno al tema del futuro de la comunidad. Por supuesto, que esa desazón no puede entenderse sin ser circunstanciada en la existencia de los semitas en el desierto. Ese tipo de vida y la historia hebrea antes del cautiverio es imprescindible para entender la exasperación de esa manera de vivir. Nada tiene que ver la naturaleza del hebreo con la del griego. Mientras que para el griego la realidad es la naturaleza, el hebreo solo contempla la naturaleza como un escenario desolado, un lugar inhóspito, para que hablen entre sí dos realidades: Dios y la tribu. Esas sí son genuinas realidades. La Naturaleza es sólo, insisto, un espacio desolado: el desierto. En un sitio tan terrible para vivir parece que solo hay dos salidas: o se cree en alguien que te dirija o te pegas un tiro…
Y, sin embargo, los judíos han conseguido hacer del desierto un vergel. Más aún, aprendieron a vivir fuera del libro. Eso es magnífico, como le dije a un amigo mío, Antonio Escudero, quien me había escrito alborozado que había “regresado del judaísmo al catolicismo”. En efecto, eso de regresar también es muy judío.Creo que una de las singularidades de Israel es la conciencia que siempre tuvo de otras culturas. Pasó, hace siglos, la época de agarrarse al Antiguo Testamento como único baluarte de la cultura de Israel. No es este grandioso texto la única seña de identidad de Israel. Más aún, hay que reconocer que este texto, esta gran obra israelita, tuvo grandes influencias externas. Los grandes historiadores del pueblo judío del siglo XX lo han reconocido con erudición e inteligencia: la grandeza de Israel residió en que supo recoger la influencia de otras civilizaciones y culturas, o sea, la grandeza de otros pueblos.
Nunca fue la historia del pueblo de Israel la de un pueblo aislado que se hubiera desarrollado encerrado en sí mismo, sino que fue el resultado de un cruce de caminos del mundo antiguo. Fue capaz de recoger lo mejor que ese mundo antiguo había elaborado. Sí, los israelitas tomaron de aquí y allá, recogieron lo mejor de todas partes y fueron sensibles a las grandes obras de la humanidad. Fue su gran mérito: supieron estimar, valorar y asumir la creatividad del ser humano cualquiera que fuera su origen. Mas, y esto es lo decisivo, hicieron de todo ello algo propio. Se lo apropiaron con inteligencia y sensibilidad. O sea lo transformaron. Ahí está el toque, le decía yo a mi amigo judío pasado al catolicismo. Por eso, hoy, un judío puede apropiarse lo mejor del católico.
Los judíos, salvo los que se mueven por el espíritu de originalidad de la vieja defensa cerrada del Antiguo Testamento, trabajan constantemente sobre otras culturas y graban en ellas con grandeza su sello judío. El resultado está a la vista. El Estado Israel es la única democracia de su entorno. Como todos los grandes pueblos, también el judío es mestizo. El pueblo judío es tan español como los españoles son judíos. No es, amigo, un juego de lenguaje de un profesor de filosofía, sino levantar acta de lo evidente: Mi amigo Antonio Escudero, el pacense, es judío, católico y español. Y no renuncia a nada de eso. No, porque nadie sensato puede renunciar al sello hebreo de la cultura occidental. No es el caso del Consejo de Seguridad de la ONU, porque otra vez ha votado contra una de nuestras señas de identidad democrática: la hebrea. ¡Qué pena!