Opinión

Los Santos Inocentes

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 28 de diciembre de 2016

Mimetizarse en una gran metrópoli como Madrid no resulta tarea fácil, más que nada porque se pagan muchos impuestos, diría que demasiados, y eso hace que pasear por la zona franca teniendo que esquivar la bascosidad reinante doblega a cualquiera. Es decir, uno recibe inocentadas consistoriales a cambio de gabelas. A pesar de todo, ser peatón tiene la ventaja de tomar contacto con realidades de buen provecho asistencial como es la campaña en favor de la Fundación Aladina, una de esas organizaciones independientes no ligadas a ningún grupo político ni religioso, encomendada a prestar apoyo integral a los niños enfermos de cáncer para que éstos nunca pierdan la sonrisa. Por diversas zonas del centro de Madrid hay publicidad estática de una iniciativa bautizada con el slogan de “Un achuchón por la reforma integral de la UCI infantil del Hospital Niño Jesús”. Y multitud de empresas, particulares y famosos de libre competencia se vienen sumando para darse el achuchón a través de un SMS, como terapia recaudatoria para generar ingresos económicos con tal de conseguir el millón y medio de euros que cuesta el proyecto.

Si el Día de los Santos Inocentes es la conmemoración de un episodio hagiográfico del cristianismo, a pesar de que varios historiadores siempre afirmaron que el argumento de la matanza de menores no está del todo contrastado, sí resulta veraz que el posible episodio encaje con la crueldad que se gastaba el rey Herodes I el Grande, cuya mala fama era bien conocida y así consta en fundamentos de la historia universal. Desde aquél entonces no vayan ustedes a creer que las cosas han mejorado en lo que a maledicencias con niños se refiere. Ya sea porque la sombra de Herodes es muy alargada o porque en la perfidia humana impera la insumisión de quienes teniendo el poder de la restitución optan por emplear la falacia como doctrina, lo cierto es que las inocentadas de la clase política, y por ende los daños colaterales que de ello traen causa, están a la orden del día sin necesidad de salir de Madrid capital.

Una UCI para salvar la vida de los niños enfermos de cáncer, o sea, el futuro de nuestra razón de ser, cuesta 1,5 millones de euros como queda dicho; frente a esto el consistorio madrileño tiene otras apuestas para darle un bucólico sentido al dinero del contribuyente. La señora Carmena nos ilumina con esa eterna sonrisa bucodental mientras nos suelta la perla de su aquiescencia para instalar un jardín en el techo de cada uno de los autobuses de la Empresa Municipal de Transportes. Así como suena. No acaba ahí el histriónico proyecto porque la misma técnica también se llevaría a cabo en lo alto de cada marquesina. O sea, la alcaldesa pretende meter a los madrileños en un jardín cuyo costo por elemento ronda los 2.500 euros. Explico bien para que no les parezca a ustedes una broma de mal gusto; a saber, el parque móvil actual de todas las líneas de la EMT está en unos 1.900 vehículos y el número de marquesinas destinadas a paradas de los susodichos elementos de transporte asciende a unas 5.000, de manera que tomando a razón de 2.500 euros cada jardín, estaríamos hablando de la friolera de 17,3 millones de euros tomados del erario público para que los usuarios de este transporte urbano gocemos de un idílico edén ambulante.

Con ello, dice la señora Carmena que Madrid no solo estaría recuperando un aire menos viciado, sino también que los cielos velazqueños volverían a encumbrarnos a la bien ganada fama de nuestro firmamento gracias al genial pintor que, como todos sabemos, tenía predilección por pintar esos cielos en sus cuadros exteriores. Pues mire usted, doña Manuela, sepa que lo más importante de Madrid no es el cielo que nos cubre, sino lo que convive debajo de él y por eso la UCI del hospital infantil del Niño Jesús necesita un millón y medio de euros para crear ese otro jardín, el de la vida misma alrededor de los niños enfermos de cáncer. Déjese de inocentadas de mal gusto y péguese el achuchón de la verdad, porque sepa usted que los madrileños, y quienes eligen nuestra ciudad para vivir, no lo hacen porque su señoría sea la alcaldesa, lo hacen porque el cielo de Madrid siempre está al alcance de todos los que aquí vivimos, aunque eso sí, pagando los impuestos que ustedes nos exigen. Faltaría más.