TRIBUNA
Fernando Muñoz | Jueves 29 de diciembre de 2016
Cada vez sabemos menos qué es el hombre. La dimensión de la ignorancia moderna en cuestiones antropológicas es inabarcable, hemos perdido todo saber de aspectos fundamentales de nuestra existencia. Pérdida que ha crecido al mismo ritmo en que cancelamos al hombre viejo e ingresamos en la era del hombre nuevo. Por lo mismo hemos olvidado el saber antiguo del viejo año litúrgico e ignoramos el valor y el sentido de nuestras fiestas, reducidas cada vez más a una forma eficaz de arritmia, que niega la rutina de nuestra existencia mecánica en nombre de un ocio técnicamente gestionado: consumo necesario para la activación económica, espita psíquica por la que evacuar el estrés de la competencia diaria, sucedánea sociabilidad, felicidad impostada. Es lógico que queramos hacer de un impersonal fenómeno natural – el solsticio de invierno – razón suficiente de celebración anual. Pero nada hay que celebrar en el movimiento sin sentido del astro que nos sostiene, como no lo hay en la vida impersonal, naturalizada, del homínido técnico (homo faber) que somos. Tanto el ciclo astronómico cuanto la existencia humana han dejado de ser acontecimientos singulares y significativos, dignos de memoria, para resultar fenómenos determinados por la legalidad astronómica o biológica. No hay en ellos lugar para la sorpresa, están del todo vacíos de misterio, no esconden sentido, ni significado.
En esta sociedad tecnológicamente optimizada, en la que se nos garantiza un igualitario acceso al mundo virtual, ha crecido hasta extremos difícilmente soportables una forma de vida atomizada, solitaria y vacante. Liberados egos diminutos, navegamos una existencia enfáticamente autónoma y autosuficiente, moviéndonos entre un egoísmo que se dice útil, en defensa de intereses privados, y un vago altruismo sentimental repugnantemente almibarado. Tiburones competitivos de lágrima fácil celebramos fiestas solitarias aunque masivas, porque hemos perdido de vista la índole intrínsecamente comunitaria de la realidad humana: la persona sólo es posible en comunidad de personas. Pero una comunidad es la estricta contrafigura de la mera suma masiva de individuos abstractos, concebidos como substantes, es decir, capaces de existir y subsistir por sí mismos con total independencia de los demás. Pero justamente así se define la sociedad moderna: como sociedad de individuos en relación estrictamente contractual.
La Navidad celebra la Encarnación de Dios o el nacimiento de Cristo cuya representación más popular entre los católicos tenía lugar en la forma del Nacimiento o el Belén. El Belén es una magnífica figuración de la Sagrada Familia, que representaba en cada hogar tan singular acontecimiento. Por su parte, el hogar es la tradicional célula de la comunidad, en la que cada persona existe y subsiste por mediación de las otras, frente al abstracto individuo de la sociedad moderna. En su obra fundamental Ferdinand Tönnies señalaba: “El estudio del hogar es al estudio de la comunidad, como el estudio de la célula orgánica es al estudio de la vida” y hemos de añadir: como el individuo es al estudio de la sociedad. Esta moderna society ha realizado al individuo desbaratando la comunidad en un proceso, del que la mutación del sentido de las fiestas es uno de los signos más evidentes.: de la celebración comunitaria al ocio masivo.
Pero no hay forma alguna de verdadera felicidad que sea ajena a la comunión filial y fraterna. La felicidad es compartida o se reduce a algún modo de momentánea satisfacción del deseo, lo que conduce a su exacerbación y a una pronta insatisfacción. Quien no entiende esto apenas puede entender en qué consistió el viejo hombre de la antropología, al que todavía se alude oscuramente cuando se habla de la humanidad de alguien o se lo califica de muy humano. La Navidad aparece, en resumen, como una festividad familiar, doméstica y hospitalaria. Su atmósfera propia queda bien definida por el inglés cosiness, como recordaba G. K. Chesterton. Ese espacio protegido y acogedor que ha sido objeto de una crítica constante por parte de ideologías emancipatorias que buscan liberarnos de nuestra propia condición comunitaria.“Liberémonos de nuestros úteros” es una terrible consigna que pude leer durante años en los muros de cierta institución. Pero bastará abandonar el mundo virtual y volver a la realidad – extremadamente feliz y trágica – para recuperar la gravedad de nuestra persona y su trascendente condición comunitaria. Esa realidad extrema tiene que ver con los cabos o fronteras de la existencia humana singular, cabos que se enlazan y trenzan formando el tejido de la constitución comunitaria de la vida humana, pero finalmente cabos de nuestra existencia que son el nacimiento y la muerte.
El lugar donde hoy nacemos y morimos no es ya – para bien o para mal – el hogar, sino el hospital. Por eso se respira un ambiente saturado de realidad en estos lugares de nacer y morir, de alegría y sufrimiento reales, en los que – la presencia residual del crucifijo – también significa una esperanza de salvación. Parapetados en pequeñas habitaciones, allí donde queda comunidad, no es hoy el peor lugar para convivir en Navidad. Por el contrario, me atrevería a decir, es todo un símbolo del nuestro tiempo celebrar la comunidad en el hospital.