Las conversaciones de Eckermann con Johann Wolfgang Goethe siguen siendo una obra fascinante. La vida de Goethe, apacible, refinada y clásica en el ducado de Weimar, abre una puerta en nuestra imaginación, un escapismo frente a los horrores de nuestros días. Seguir las conversaciones de Goethe con sus amigos en las estancias, calles, teatros, balnearios y montañas de aquella Alemania todavía formada por pequeñas monarquías y señoríos es como un paréntesis histórico.
Entonces y ahora. Goethe parece vivir como se vivía en las repúblicas o ciudades gobernadas por la aristocracia en la época renacentista, sólo que ahora lee un periódico famoso, Le Globe, y se interesa por el nuevo invento que pronto terminará con un mundo que aún se desplazaba a la velocidad de los romanos: el ferrocarril. Recordando un poema famoso de Gabriel Celaya, la existencia de Goethe era un “lujo cultural para los neutrales que se desentendían de las injusticias”. Celaya, como otros muchos autores, maldecía una cultura que se valoraba como un adorno, que no tomaba partido, como decía su verso, “partido hasta mancharme”.
Cierto que en la última etapa de su vida, Goethe acentuó su distanciamiento de los problemas cotidianos de los hombres. El intelectual que contaba 83 años cuando falleció en Weimar, tenía una actitud ante la humanidad que no era de neutralidad o de ausencia de compromiso. Lo primero que hoy impresiona es que Goethe siente que la sociedad de los hombres es una. Hay una radical visión de la unidad del género humano, y esa apreciación clasicista le aparta de los románticos del diecinueve, que encontraban diferencias y singularidades en los hombres según las razas, la religión o el idioma. Su viaje a Italia le descubrió, más que el renacimiento italiano, el canon humanístico de Grecia y Roma, canon al que toda la humanidad podía aspirar. Hoy apreciamos su avanzada visión, en comparación con algunas opiniones de nuestro tiempo, al leer sus consideraciones sobre las religiones islámica y judaica. No sólo por su aprecio y el estudio que les dedicó. Es digno de señalar que el mayor creador literario de Alemania, siendo un joven en su Francfort natal, aprendió hebreo en los barrios donde vivía la minoría judía que ciento cincuenta años después sería exterminada. Su interés por Mahoma, especialmente por los riesgos éticos que una fe absorbente puede crear, es de actualidad, aunque sus primeras preocupaciones son del año 1772, cuando preparaba un poema dedicado al fundador del Islam. ¿Sería por eso Goethe considerado hoy por algunos intérpretes de la verdad coránica un infiel ofensivo?
Pero su comprensión hacia las creencias religiosas no le hace complaciente hacia las manifestaciones de intolerancia y fanatismo asociadas a determinados hechos confesionales. La amplitud de la vida y de la cultura de Goethe le permite abarcar desde Voltaire hasta Stendhal y Víctor Hugo. Sus simpatías van hacia el primero. Por su oxímoron: su lucha por la tolerancia. Con sarcástica apreciación Voltaire dijo que con una confesión habría opresión; con dos, la guerra civil; con tres confesiones, habría tolerancia. Esa idea del respeto a las creencias diversas de los seres humanos en materia religiosa, que Goethe compartía con el grueso de la Ilustración, estaba en el fondo de una simpatía por la revolucionaria república norteamericana, a la que estuvo a punto de emigrar: la libertad económica, política y religiosa que atrajeron a miles de europeos hacia los Estados Unidos.
En la última acotación que Eckermann hace de Goethe, el domingo 11 de marzo de 1832 -moriría el 18 de mayo- , hay una especie de testamento íntimo del genio alemán. Aunque el fiel Eckermann tenía preocupación porque Goethe apareciese con una religiosidad no demasiado lejana para las autoridades luteranas de la época, lo que se lee en esta última acotación es una síntesis de sus creencias filosóficas y humanísticas: “¡Desde luego! Personalmente me inclino ante Cristo en cuanto Revelación divina del principio ético más elevado. Y si alguien me preguntara si también reside en mi naturaleza adorar al sol, contestaría igualmente: ¡Por supuesto!, pues también el sol es una manifestación del Altísimo…”. Y unas líneas después Goethe alaba a Lutero y la Reforma: “Ellos nos liberaron de las ataduras de la cortedad mental…pero cuanto más concienzudamente avancemos los protestantes en nuestro noble desarrollo, tanto más rápidamente nos seguirán los católicos. En cuanto sientan que les ha atrapado la gran Ilustración de nuestra época…y al final, llegaremos a un punto en el que, por fin, Todo será sólo Uno”. ¿Cultura como lujo o como necesidad? ¿No se ha visto al papa Francisco rezando en una iglesia luterana? Releer a Goethe: “Todo será sólo Uno”. Tolerancia y cosmopolitismo. ¡Feliz 2017!