Opinión

Fiestas de guardar

TRIBUNA

Francisco Massó | Sábado 31 de diciembre de 2016

La fiesta, la diversión, lo lúdico constituye una necesidad a cubrir, de igual magnitud que comer, saciar la sed, o dormir, si queremos mantener el equilibrio interno. En la base biológica, la secreción de serotonina, y endorfinas en general, desciende al plano tisular, relajando músculos, y aun a la célula, favoreciendo su función metabólica. La persona que se divierte, no sólo está más relajada, sino que su organismo funciona mejor; en cierto modo, está más saludable, más lúcida e incluso es más confiable.

En el ámbito psicológico, el niño que fuimos aún no se ha muerto. Mientras la persona tiene aliento, y a tenor de sus fuerzas, siente, desea, experimenta impulsos, tiene sensualidad, es creativa, ingeniosa e intuitiva. Con esos ingredientes, cada ser humano es capaz de montar ejercicios de competición y acrecentar sus destrezas, poner un belén, hacer un sainete, una verbena, un sarao, sin otra misión que jugar. Sencillamente, porque el juego es un hontanar de energías positivas y garantiza la secreción de las endorfinas que precisa la base de sustentación del sistema.

Si atendemos al estrato de la cultura, ésta, en parte se nutre de ritos de identidad que celebran gestas pasadas, hazañas de héroes y heroínas legendarios, o históricos, y logros reales cuyos beneficios han llegado hasta el presente y despiertan orgullo, satisfacción y gratitud. Sin duda, variaciones de sentimientos integradores como el poder, el amor y la alegría. Otra parte de la cultura alberga un folclore, música, danzas, entropía, un contrapunto al orden diario que exige disciplina, renuncia y respeto a la obligación.

En el campo de la espiritualidad, abierto al infinito, la fiesta convoca al misterio y lo celebra, porque el misterio nos pone límites, fija la frontera entre lo que somos, o creemos ser, y lo que ignoramos y nos desborda, cuya existencia y consistencia sólo nos es permitido creer.

En esta orilla de la espiritualidad, la fiesta es purificación, acto de contrición, previo al perdón de las faltas cometidas, para favorecer el encuentro entre iguales, o que el encuentro nos iguale, tal como pretendía la tragedia (etimológicamente, la canción del chivo; es decir, la canción de Dionysos) en las vísperas de las fiestas dionisiacas. Conseguida la purificación, se podía acceder a la omofagia, la comunión propiamente dicha, con el dios y los iguales.

Aunque sea desde esta orilla, el hombre, que no puede dejar de ser pretencioso, en la fiesta siempre hace sacrificios; es decir, hace lo sagrado (sacrum - facere) abandona las preocupaciones, se libera del esfuerzo ordinario y entra en comunión con sus semejantes y con la mismísima divinidad: comemos y bebemos juntos y de lo mismo, unimos nuestras voces, nos damos la paz y compartimos bienes, que es una manera de prevenir la guerra.

Es decir, que la fiesta tiene ese sentido trascendente de búsqueda de la armonía, que surge si apaciguamos la inquietud, nos relajamos y reímos, o sonreímos. La euforia de la fiesta compensa la pesadez, que resulta disfórica, de lo ordinario, si guardamos su sentido espiritual.

En la fiesta hay que guardar también las formas. Si no hubiera formas, no serían cultura, sino caos. El desenfreno es bueno, pisar el acelerador del jolgorio también. En cambio, pasarse de la raya y adentrarse en el paroxismo maníaco no es necesario, ni sano, ni inteligente. Ahí falta la cautela propia de los seres adultos. La persona le habrá dado todo el poder ejecutivo al niño insaciable. Eso es apostar por consecuencias que pueden ser terribles, como hacer que enero se convierta en un puerto de primera categoría, que el coma etílico nos lleve al hospital, o que los números rojos de la tarjeta nos hagan acreedores de lo inesperado. Y no se queda ahí el desastre.

No hace falta romper los moldes para secretar serotonina, disfrutar y sentirse en paz con el mundo. Guardar las fiestas es más sencillo que aguardar una tortura, o tener que resguardarse de una persecución. Igual que es más fácil estar bien, que estar mal y guardar antes la ropa, para nadar después despreocupados; guardar las fiestas es mejor que pasar de ellas, o pasarse.

También es necesario saber que no todo el mundo está de fiesta, ni todos están convidados al mismo convite. Mientras unos cantan, otros lloran. Al tiempo que hay celebraciones, hay lamentaciones. Las acículas del abeto no pueden impedirnos ver el bosque. Menos aún si está en llamas. Y está en llamas, como atestigua el pasado 14 de julio en Niza, el reciente 19 de diciembre en Berlín y otros días de fiesta por venir, que reventarán las algaras de quienes no están invitados y les da rabia, les recome la envidia y sienten odio.

El primer mundo, instalado con molicie en su epicureísmo, hace ostentación de luces y colores, profusión de regalos y casi un mes de comilonas pantagruélicas orgiásticas. Esto nada tiene que ver con el saber estar estoico del cristianismo original. Por supuesto. Tampoco con que creamos en rituales de identidad, o en comuniones con los dioses y nuestros semejantes. Ya no; el materialismo no va por ahí.

El primer mundo alardea y derrocha consumo, como el rico Epulón, para sostenerse a sí mismo, aunque haya de esquilmar al tercero y cuarto mundos y epatarlos, con cinismo, a continuación. Eso no queda impune, porque ya no quedan lázaros resignados, mendigando las sobras del festín.

Guardar las fiestas es mantenerse dentro de límites por prudencia de sabios, sagacidad de entes pensantes y respeto, o miedo, quién sabe, ante la desigualdad, que seguramente es injusta. Además, sobresale la estrategia (¿geopolítica?), de enervar sentimientos disfóricos, que otros llamarían demonios, capaces de arramblar al Gran Mercado de la fiesta, y de paso, arruinar su ilusión lúdica, sus beneficios homeostáticos y su sentido sagrado.