Los ministros del Interior se han convertido en los protagonistas de la última semana de 2016. Los Gobiernos de Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia, Estados Unidos y, naturalmente, España, entre otros muchos, han emitido innumerables comunicados delirantes. El ministro Zoido ha llegado a convocar a la Prensa para contar con pelos y señales las exageradas e incómodas medidas de seguridad desplegadas para evitar atentados terroristas. Según él, para que los ciudadanos estuvieran tranquilos. ¿Tranquilos? Lo que han logrado es acojonarnos.
Los neoyorkinos han tenido que sortear decenas de camiones cargados de arena para llegar a Times Square y ver caer la bola, los berlineses se han topado con bolardos de hormigón y maceteros de plomo para acceder a la Puerta de Brandenburgo, los londinenses apenas han podido ver al altivo Nelson en Trafalgar Square entre tantos policías y los madrileños, que se han querido apretujar en la Puerta del Sol para atragantarse con las uvas, han tenido que pasar más controles de seguridad que en el aeropuerto de Tel Aviv. Y todos, los ciudadanos y los propios terroristas, han conocido con antelación y con detalle esas medidas pensadas para evitar atentados.
Porque también los medios de comunicación han alarmado innecesariamente. Los informativos de televisión de los últimos días han abierto con las imágenes de policías pertrechados con todo tipo de armas, militares con cascos de la guerra de las galaxias, tanquetas humeantes, francotiradores apostados por los tejados y hasta drones filmándolo todo. La guerra en directo. Tampoco los diarios impresos y digitales se han ahorrado titulares bélicos e informes exhaustivos de los miles y miles de policías que iban a vigilar las celebraciones. No había otra noticia.
Sí la hubo, precisamente en Nochevieja, en Estambul, en una de las ciudades más blindadas del mundo, donde un terrorista disfrazado se coló en un club a orillas del Bósforo y ametralló y asesinó a cuarenta personas. Eludió las asfixiantes medidas de seguridad de Erdogan. Porque matar es fácil, por muchos controles policiales que estrangulen las ciudades. Y más fácil aún si se describen con antelación.
Como es natural, los Gobiernos tienen la obligación de vigilar por la seguridad de los ciudadanos y es lógico que tras los recientes atentados en Berlín, se adopten todo tipo de medidas antiterroristas. Pero resulta absurdo pregonarlas. Y más absurdo aún resulta alarmar a los millones de ciudadanos que, aunque parezca ridículo, salen a la calle para festejar su mejor noche del año. Bastante tienen con aguantar estoicamente los pisotones, los empujones, los insoportables cotillones y los bocinazos de las trompetillas.
Los terroristas son asesinos, pero no tontos. Cuando quieren cometer un atentado estudian antes el terreno. Y no parece muy inteligente que el ministro del Interior les cuente hasta el número exacto de los policías desplegados. A los terroristas les facilita su siniestro trabajo y, además, les convierte en protagonistas, en los “héroes” que tienen en jaque a Occidente. Y a los entusiastas de la Nochevieja les amarga la fiesta. Doble torpeza. Los políticos no nos dejan en paz ni en Navidad.