Los Lunes de El Imparcial

Bruno Vidal: Rompan filas

POESÍA

Domingo 01 de enero de 2017

Ediciones UDP. Santiago de Chile, 2016. 281 páginas. 18 €.

Por Sebastián Astorga A.



“Bruno Vidal, maestro de la abyecta contradicción del chileno culiao!!!” como anota un comentarista en los vídeos de peroratas hechas para el periódico The Clinic, se despacha un libro oscuro y admirable vía Ediciones UDP. Conjugando la tradición de toro salvaje -tremebunda, altisonante, amachotada, chilena, cojonuda-; la narrativa seca, directa y escalofriante del informe policial y forense; y el juego de máscaras y experimentación neovanguardista, Bruno Vidal (seudónimo de José Maximiliano Díaz), pone voz a los victimarios de las escenas más cruentas de la dictadura militar chilena (1973-1990).

Rompan filas continúa la línea trazada en Arte marcial (1991) y Libro de guardia (2004), que lo situaron como una de las voces más interesantes de la poesía chilena. Arte Marcial -escrito entre el 83 y el 87- abre, a modo de epígrafe, con el mandato “¡Rompan filas!”, 15 años después Vidal insiste en machacar estas teclas: Himnos patrios torcidos, consignas (“aquí no damos palabra a los civiles”), marchas, golpes a la mesa, puteadas, vejaciones (“el arte de hacer mierda al prójimo”) y solemnidades patrióticas llevan el ritmo de paso largo y ágil en sus casi 300 páginas.

El libro por donde se le abra suena a chileno vulgar, a jerga tosca de militar raso. Personajes como el sargento Castro, el cabo Peñaloza, el capitán Cañete, el teniente Luco, la guatona Alfaro, el huaso Menares, el maraco Gálvez son las múltiples voces testimoniales o los héroes de estas estampas e informes macabros que se sitúan principalmente en el Santiago viejo, medio pelo, de las cercanías del Hospital San Borja, barrios como Recoleta, Zapadores, Av. Chile, 10 de julio, San Diego, Santa Rosa, San Pablo o directamente desde las casas de tortura en plena sesión.

Cada página es un retrato de este Chile violento y decadente. Gráficamente las tipografías irregulares (distintos tamaños, uso de versos en mayúsculas) tensionan y dramatizan la lectura al tiempo que cada texto se adapta en su unidad a la plana: si es muy largo se achica la letra, si es muy corto se agiganta y funciona como grafiti. Imagino la posibilidad de encontrar sus hojas sueltas en la calle o pegadas en un muro, o en un baño, como museo móvil de la memoria chilena, cargada de una terrible certeza: “ALTO PARLANTE N°72: ¡EL FASCISMO NO PASARÁ!”.

Rompan filas es un lujo de exceso poético, de puteadas y patadas en la ingle, graciosas de leer (por el excelente ritmo, por el morbo, por su potente arsenal de lenguaje situado) y horribles en su realidad histórica y de denuncia (rica tensión en toda la obra de Vidal, Facebook incluido). Este libro es a la vez un homenaje en clave a las víctimas de la dictadura, un IN MEMORIAN invertido -como cierra el libro-, un ajusticiamiento grotesco, un ají (una guindilla) en el culo a derechas e izquierdas, que instala con agresividad y astucia una forma de poner en circulación los gastados discursos de la memoria y la reconciliación.