Traducción de Edgardo Dobry. Barcelona, 2016. 536 páginas. 29,90 €. Libro electrónico: 9,99 €. El editor y escritor italiano nos regala un peculiar y sugerente ensayo-río en torno a los textos de los Veda, los más antiguos de la literatura de la India, que Calasso conecta de manera magistral con nuestro presente.
Por José Pazó Espinosa
La editorial Anagrama nos ha regalado a finales de 2016 con un libro peculiar, El ardor, un ensayo-río de Roberto Calasso, el incansable editor y erudito florentino. El ardor apareció en italiano en el año 2010, después de sus trabajos sobre Chatwin, Baudelaire o la India, y se trata de una ciclópea y personal reflexión sobre los Vedas, tan personal e inesperada en el presente panorama intelectual como interesante y sugerente.
La palabra Vedas significa conocimiento, y se refiere comúnmente a cuatro textos escritos en sánscrito, y transmitidos oralmente antes de su fijación: el Rijveda, el Yajurveda, el Samaveda y el Atharveda. Cada uno de ellos se divide a su vez en cuatro partes: “Samhitas” o mantras, “Aranyakas” o rituales, “Brahmanas” o comentarios a los rituales y “Upanishads” o textos teóricos y espirituales, llamados también Vedanta. En algunos lugares del sur de la India, los vedas reciben el nombre de Marai, o doctrina secreta.
La cultura que los desarrolló vivió por el Punjab, hace unos tres mil años. Calasso habla de un retiro progresivo de esta cultura, hasta perderse en los bosques subtropicales. Los “hombre del bosque” o los “hombres del conocimiento” era un grupo elusivo, empeñado en mantener una colección de ritos para dar orden al mundo. Sin embargo, aunque sus ritos hayan caído en el olvido, su ontología sigue conformando la espiritualidad india moderna, y gran parte de la occidental, gracias al descubrimiento partir del siglo XVIII de estos textos, sobre todo de los “Upanishads”, por parte de filósofos como Voltaire, Schopenhauer o Nietzsche.
En su publicidad, Anagrama declara que el libro es tan magnético como una buena novela, y aunque no es novela, sí es un libro magnético. Quizá porque su autor no desvela en ningún momento adónde quiere llevarnos con sus razonamientos, sino que nos lleva de la mano al interior del bosque. El lector va descubriendo idea tras idea, comentario tras comentario, en un ejercicio monumental de exégesis, y solo al final del libro se da cuenta de dónde está, de dónde le ha colocado este hábil director de una orquesta de innumerables palabras. Y ese lugar es nada más y nada menos que el vacío.
Al comienzo de su lectura, uno quiere ser más que el autor, y lee con la sospecha de que el editor florentino es un hombre hiperculto y a veces pedante, suavemente pedante. Pero al cabo de unas páginas se da cuenta de que Calasso le está contando algo relevante, que su excursión por unos textos de hace más de treinta siglos no es una excursión gratuita ni un juego mental. En ese momento, el lector ya ha descubierto que lo fundamental para los Vedas no era ni la penitencia, ni el castigo, ni la ascesis, sino el ardor. El ardor dedicado al rito.
Me gustaría enumerar algunas de las ideas que aparecen en el texto: la primera, que la única diferencia entre los hombres y los dioses es el sueño. Los hombres tienen que dormir, mientras que los dioses viven en perpetua vigilia. El hombre se hace dios cuando adquiere la conciencia de la conciencia, pero para ello debe estar continuamente alerta, en vigilia.
La segunda, que todos los animales eran bípedos, y todos salvo el hombre decidieron sacrificarse, abandonar el logos y pasar a estar a cuatro patas. Así pasaron a ser dioses. Por ello, el ser humano teme y reverencia a los animales. Además, como reconocimiento hacia los animales, decidió desollarse, quitarse el pelo de la piel y quedarse desnudo. Desde entonces, el animal le teme y huye de él, ya que le recuerda lo que puede llegar a ser.
La tercera, el horror de la teta y del pezón, y de la leche como producto suyo, ya que refleja la animalidad del ser humano y su cadena de descendencia. El pezón es la prueba constante de que los hijos devoran a sus padres, en especial a su madre. Los padres, por tanto, tienen miedo de ser devorados por sus hijos.
Estas ideas, y muchas más, forman una cosmogonía diferente, especular, arcana. Y el mundo resultante se mantiene en orden por una sola razón, por el rito del sacrificio. El sacrificio es la base de la comprensión del mundo y la base d la vida. Pero incluso la interpretación calassiana del sacrificio es diferente: el sacrificado es un dios que muere, que vuelve al útero y renace después liberado de las ataduras mortales y con nuevo padre: Brahman o Dios. En este sacrificio, el logos, la palabra y su orden, adquieren sentido por el sacrificio. El sacrificio da sentido a la lengua, a la relación saussuriana entre significante y significado. En este sentido, el sacrificio es una máquina semiótica, un hacedor de sentido y de mensajes. Nuestro orden psicológico y cognitivo hunde ahí sus raíces.
No voy a seguir enumerando ideas, porque el libro contiene muchas más, complejas, sorprendentes, discutibles pero siempre oscuramente acertadas. En un momento de la lectura, el lector sagaz puede llegar a sospechar a dónde va de la mano de Calasso. El objetivo de nuestro vuelo, se dirá, no es ni más ni menos que nuestra sociedad actual. Una sociedad sin sacrificios aparentes, carente de ritos y de sentido, tristemente laica y amorfa. Pero cuando parecía que todo iba a ser solamente el lamento ilustrado y esnob de un florentino oidor de los secretos de las viejas piedras, ya en el último capítulo, Calasso nos sorprende con un juego conceptual que nos transporta, de la sociedad arreligiosa, a la religión de la sociedad.
Y en unas veinte páginas se despide dejándonos con la sospecha de que quizá vivimos en una sociedad profundamente religiosa, pero de una religión sin ritos patentes, sin conciencia, sin vigilia de la mente, sin ardor. Una sociedad llena de iconos que brillan y nos llevan de un sitio a otro sin que tengamos siquiera conocimiento de ese viaje. Y cuando queríamos saber más y seguir charlando con este ceñudo y risueño aristócrata del pensamiento nos damos cuenta de que estamos solos, y de que el único rito posible es el de la relectura. Porque hay libros, como hay ríos, que merecen que nos sumerjamos en ellos más de una vez.