Ya estamos metidos de hoz y coz en el 2017, que corresponde al año 4714 en el calendario chino y dicen los augures y oráculos que van a saltar “chispas muy candentes” en un año que los orientales definen como femenino; de modo que, como diría mi querido Antonino Nieto, al final todo sale del mismo lugar, hasta el tiempo, que no en vano Cronos fue concebido en accidentado y sentimental arrebato entre Gea y Urano. Y no existe otra transgresión más audaz, a fin de cuentas, que la del viaje de regreso al útero, de fuego y rojo yin. Fue también año del gallo bermejo el de 1957, cuando Albert Camus ganó el Premio Nobel de Literatura y nos explicó a todos por qué el corazón amenaza ruina y ama siempre demasiado tarde.
Predomina el rojo yin, que es el combinado rojo y negro de los batines en las novelas de misterio chinés antes de que lo liquiden a uno en una calurosa habitación de Hong Kong, en plena operación de espionaje. Los colores de la suerte van a ser el oro, el marrón y el amarillo, y quien no lleve alguna prenda de esa gama, ya puede irse preparando… El signo que se verá beneficiado es el del dragón, aunque el gallo promete cantar sus mejores amaneceres. Bajo el signo del gallo de fuego el olor de la noche es el del jazmín y los gladiolos piensan pintarnos a todos de una pasión ágil e irracional.
Y ahí está la mujer, que avanza lentamente con un vestido largo, rojo oscuro, con estampaciones refulgentes que perfilan un lagarto… o un caporal… o una cresta… o unas plumas que caen sobre su talle dejando entrever sus muslos blancos de chica europea en Pekín. Ha huido del populismo, la palabra del año que nos deja y que avanza por toda Europa: Holanda, Francia, Alemania, República Checa, que preparan fuertes medidas para la inmigración, que asocian al terrorismo, y por eso ella se ha hecho emigrante y ya ha vendido de contrabando unas cuantas piedras preciosas en Hong Kong a cambio de millones de yuanes. Y es tan guapa bajo la luz de un farol que el periodista no se da cuenta de que es muy problemática. La luz amarilla de las lámparas ilumina mal el rostro de los mendigos de toda Asia, que parecen haberse reunido en aquella calle cubierta de fango e inmundicias, en la que se oye el coletear de algún pez gato en el cubo sucio de una pescadería. Las mujeres de rojo y negro sólo pasan una vez por la vida de uno, con ese fulgor intenso que es el amor rojo yin.
En el cuarto de la pensión, los pies de la cama están en remojo, en los recipientes con agua y guija que evitan que suban los insectos venenosos hasta nuestro lecho. La esperamos, acostados, y aparece ante nosotros a las doce en punto, mientras suenan las campanadas del nuevo año: su cabello es moreno, largo y ondulado; acaso castaño rojizo, difícil saberlo porque está mal iluminada. Lleva unos zuecos de madera y sus ojos nos hechizan con dos anillos verde claro. Afuera una serpiente ha mordido a un loco que aúlla y unos británicos del hotel al otro lado de la calle ponen a todo volumen “Little Saint Nick” de los Beach Boys. En la mesa nos esperan dos botellas de zhujiang, la exquisita cerveza elaborada con agua del río Perla. Nos habla con una dulzura inusual… casi indígena.
Mientras estas cosas ocurren, 2017 ha comenzado con una masacre yihadista mientras nos tomábamos las uvas que ha dejado 39 muertos y 69 heridos –tres en estado crítico– perpetrada por un asesino del Daesh en la discoteca Reina de Estambul donde, a orillas del Bósforo, más de 500 invitados celebraban el Año Nuevo. El homicida se le ha escapado a Erdogan corriendo por el distrito de Besiktas y ha salpicado de rojo yin, el color de la sangre también, el arranque del año estambulita. También el mundo afronta con incertidumbre y miedo el mayor de sus problemas, el terrorismo islamista.
El gallo de fuego rojo yin hará, en fin, saltar las normas e impondrá bajo su signo el indiscutible poder del azar y sus excesos. Y el hombre pasará del simulacro a la acción y a la vida de las palabras y obtendrá claridad de tanta oscuridad, convirtiendo su periplo en una sucesión de actos convulsivos, amatorios... La inestabilidad será su religión y el espolón del gallo sobre el suave y blanquecino vientre de una misteriosa huésped lo conducirá al extremo desvanecimiento, haciendo que el periodista se separe de su ser, casi a un golpe de dados.
La mujer reafirmará su ambigüedad esencial y nos envolverá en la más exquisita de las crisis existenciales: mientras tratamos de acabar un reportaje encontraremos el de la comunicación fluente del amor, de la pasión, de los idiomas que fluyen con la saliva tibia sobre las pieles húmedas… Tal vez en algún callejón perdido de Pekín o de la propia memoria.
Twitter: dfarranz