Opinión

Pares y nones

Juan José Vijuesca | Miércoles 04 de enero de 2017

El caso es mantener vivo el espíritu de las dos Españas a costa de lo que sea. El consistorio madrileño ha conseguido el enfrentamiento al dividirnos con eso de la limitación de los pares y los impares a la hora de utilizar el coche propio. El experimento del pasado día 29 de diciembre fue lo que podríamos llamar un ensayo de laboratorio en donde los prolíficos contribuyentes hemos ocupado el puesto de los ratones al servicio de la ciencia de la movilidad.

Y vuelvo a lo de las dos Españas porque gracias a esta medida lo único que ha quedado claro es que si la polución ha mejorado, según dice el Ayuntamiento, habrá que achacárselo a la no circulación de los vehículos con matrículas pares, o sea, blanco y en botella. Así pues, maldita la gracia que tiene que los impares seamos los contaminados pasivos. Otra no se explica, ya me dirán. De tal manera que ya nada será lo mismo, porque los impares no querremos mezclarnos con los pares. Lo peor es que hay grupos que hacen lo imposible para que no se extinga lo de los dos bandos. En fin, lo de siempre.

La señorita Rita Maestre dijo que ésta había sido una medida valiente, de sentido común, que tiene como único interés velar por la salud de todos. Y debo darle la razón en lo que al sentido común se refiere; pero no así en cuanto a la valentía. Miren ustedes, el sentido común es como una especie de acuerdo natural que las personas hacen sobre algo, o sea, lo único que importa es que la mayoría de los mortales lo consideren cierto y que a nivel popular se entienda como de buen juicio. Hasta ahí debemos tener la conciencia tranquila, pues convivir con la partículas nocivas para la salud se antoja una perversión inadmisible. Por lo tanto, aplaudo la decisión tomada, como no puede ser de otra manera. Ahora bien, lo de valiente no lo comparto, porque el valiente saca fuerzas de donde la gente común no tiene y termina haciendo cosas extraordinarias. La valentía está asociada al heroísmo y créanme, a mi juicio, el disponer unas medidas restrictivas para combatir la contaminación atmosférica de Madrid, nunca puede tener idéntica comparación con la actuación de un bombero que ingresa en una casa en llamas para rescatar a unos niños, por ejemplo.

Ojalá con ello se haya atenuado parte de este insalubre asunto, aunque me temo que el problema tiene otras connotaciones de impopular encaje en la ciudadanía y por ende en esos factores que granjean no solo animadversión, sino también pérdida de masa muscular en el rédito político. Con ello no quisiera parecerles mal pensado, pero el haber levantado la prohibición para que el día 30 y sucesivos volviera la barra libre de circular a destajo, pues miren ustedes, para mí no es una decisión valiente, sino lo contrario, o sea, una falta de agallas en toda regla. ¿Por qué?, pues tan sencillo como escurrir el bulto teniendo en cuenta la operación salida, la de entrada y toda la movilidad que genera un fin de año. O sea, es tanto como querer un cerdo grande, gordo y que pese poco.

Soy de los que creen que la contaminación seguirá haciendo estragos mientras no existan fuerzas capaces de cortar las alas a quienes mandan en este progreso devorador de razas humanas, y eso, créanme, se antoja tarea más allá de unos malos humos. El peaje de la supervivencia no dependerá nunca de ninguna alcaldesa más o menos osada en implantar medidas correctivas, el problema viene de quienes fabrican el poder terrenal y además reciben ayudas públicas. El dilema no está en prohibir y prohibir, porque la contaminación no solo radica en el dióxido de nitrógeno, también lo está en el ambiente de las políticas que tratan a los ciudadanos como ratones de laboratorio; por eso la dificultad no está en experimentar con el contribuyente que todo lo paga, la cuestión, en resumidas cuentas, es que los malos humos emanan de la falta de alternativas competentes en una sociedad cada vez más decepcionada y difusa como la nuestra, en buena parte gracias a la indolente visión de futuro que se gastan los gobernantes, ya sean los unos como los otros. En fin, lo habitual.

Que vengo a decir, que no conozco a ningún regidor que haya tenido la decencia de suprimir el Impuesto sobre Vehículos de Tracción Mecánica por ende a las prohibiciones y demás medidas disuasorias en torno al uso del vehículo particular, pero claro, es que lo de las cuatro ruedas da mucho juego a las arcas públicas. En fin, de justicia sería que la privación de un medio como el automóvil, gravado por su tenencia, dejara de formar parte del afán recaudatorio. Esa si sería una medida valiente. Que digo yo.