Opinión

Para entender a Trump

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 04 de enero de 2017

NUEVA YORK.- Buena parte del año que comienza esta semana tendrá que destinarse a la reflexión teórica para entender al nuevo presidente estadunidense Donald Trump. Y más vale que este esfuerzo se tome con seriedad porque Trump es todo menos un político del establishment. A diferencia de alternancias partidistas anteriores en la Casa Blanca, la del próximo 20 de enero será una alternancia de proyectos, de ideologías y de formas empresariales de entender el poder.

La primera clave para entender a Trump es despojándose de prejuicios ideológicos o de enfoques premeditadamente liberales. Se trata de entender a Trump, no de encontrarle defectos criticables. Una vez que se comprenda el modo de pensar del nuevo presidente estadunidense, los posicionamientos opositores podrán ser no sólo más claros sino eficaces.

Trump llegó a la política desde la crítica de la política, desde el hartazgo empresarial contra los políticos tradicionales; nunca ha sido un político ni ha tenido un cargo público previo. Por tanto, su desdén por la vieja política tradicional lo ha llevado a contratar como colaboradores a funcionarios conservadores reales, de la derecha tradicional, defensores a ultranza de los valores de los EE.UU. de las Trece Colonias del siglo XVIII.

La segunda clave radica justamente en su formación empresarial; como hombre de sector privado, se forjó en su lucha contra el Estado y sus reglas, contra el fisco expropiador y contra la burocracia como poder autónomo. Los cuatro u ocho años en la Casa Blanca no le alcanzarán para cambiar el funcionamiento burocrático del gobierno pero sí para ponerlo a trabajar a favor de la gente. Más que evadir el fisco, Trump eludió legalmente las reglas y aprovechó los resquicios para evitar pago de impuestos. Ahora tendrá la posibilidad de reconstruir las bases de una nueva estratega de recaudación fiscal.

La política económica debe ser mucho más que recolección de impuestos para financiar a una burocracia parasitaria, construida como poder autónomo y opresor de los ciudadanos. Ahí es donde Trump tiene cuando menos deseos de concentrar inversiones dentro de los EE.UU., pero compitiendo con paraísos laborales donde ofrecen a los inversionistas menos costos de producción y por tanto más utilidades. De ahí que tenga la misión de bajar impuestos, redinamizar a la mano de obra y aumentar dentro de los EE.UU. las tasas de ganancias.

Y la tercera clave --de muchas otras-- fue resumida por un comentarista del periódico New York Post en el caso de la conversación telefónica de Trump con la presidenta de Taiwán que provocó los enojos de China y que sólo le arrancaron a Trump un gesto de desdén levantando los hombros: “hay un nuevo sheriff en el pueblo”. Trump va a rehacer las reglas diplomáticas y reconsiderará el modelo Kissinger de regresar a los EE.UU. al centro del orden mundial; por ello, por ejemplo, dejó entrever una reactivación del armamentismo nuclear.

La política exterior de los EE.UU. pasó de la dominación militar al repliegue, primero por el desmoronamiento de la Unión Soviética y por la prioridad económica y comercial de China. Pero la estrategia de reorganización del imperio soviético de Vladimir Putin ha sido el principal contrapunto al desconcierto de los EE.UU. en materia de seguridad nacional como nuevo equilibrio geopolítico. Reagan dejó una política exterior estratégica, pero Clinton y Bush la asumieron como antiterrorismo y Obama cedió el espacio del poder mundial en aras de su pacifismo más de incomprensión de las reglas de la guerra política internacional que por definiciones reales.

Cuando menos estas tres claves son importantes para entender los primeros caminos que podría tomar Trump después de las ceremonias de toma de posesión el viernes 20 de enero. El problema ha radicado en que el viejo liberalismo de coyuntura quiere pintar a Trump como un arribista de la política que estaría cometiendo error tras error. Los nombramientos de su gabinete desconcertaron por las representaciones de la derecha tradicional, pero aun ahí hay un concepto de Estado, de gobierno y de administración pública que no ha sido entendida porque se mueve en función de los viejos valores sociales anteriores a los años sesenta del siglo XX y que llegaron desde las Trece Colonias que se independizaron de Gran Bretaña.

Los primeros indicios que deben asimilarse vienen de la forma en que la sociedad estadunidense no burocrática se ha acomodado desde el liberalismo y el neoconservadurismo a los modos de Trump, mientras la élite del establishment liberal se sigue desgarrando las vestiduras con el reconteo de votos, con las quejas contra algunos nuevos funcionarios y contra las declaraciones diarias de Trump. Ha llegado a enojar más que Trump se haya brincado el bloqueo liberal de los demócratas obamistas con el uso del twitter que el alcance en cuanto a nuevas definiciones de la política ara los cuatro u ocho años que vienen.

En efecto, Trump hará un gobierno conservador, destruirá algunos derechos logrados y regresará al centralismo imperial; nada bueno para el mundo liberal que se ha consolidado en el último medio siglo. Pero para criticar a Trump hay que entenderlo primero. Y no ha habido análisis reales sobre el pensamiento político de Trump porque todo se ha ido en insultos, agresiones y burlas, mientras Trump sabe manejar los tiempos y las decisiones y ha impuesto algunas nuevas formas de hacer política.

La frase que define la era Trump es la que señaló que “hay un nuevo sheriff en la comarca”. Y los países del mundo deben prepararse no sólo para resistir, sino para defender lo alcanzado y definir posibilidades del futuro.

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