Opinión

Borrón y ¿cuenta nueva?

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 05 de enero de 2017

La situación política actual sigue siendo de completa inestabilidad, aunque se esconda tras recios titulares que anuncian la voluntad rajoiana de extender su gobierno durante doce años. El principal partido de la oposición, que no es el gestionado por técnicos responsables, sino ese Podemos tan popular y callejero, discute todavía cómo habrá de votarse en su Vistalegre II, que no es Congreso sino Asamblea Ciudadana Estatal. Tampoco Podemos es partido, acaso porque sea movimiento, o una figura tan sutil que es de filigrana y lo mismo vale para un roto que para un descosido. Atentos a la forma de la votación, los poderosos – impropiamente llamados a veces podemitas – no parecen tener problemas con la materia u objeto mismo de dicha votación. Por otra parte, sólo un 22,7 % de su censo ha participado en la cuestión sobre la forma de votación, pero tampoco aquí debiera separarse forma y materia si, como parece, la forma de votación incidirá directamente sobre el resultado mismo de dicha votación.

En el partido que formó gobierno tampoco gozan de una estabilidad que permita fundar esa voluntad de sostener al presidente doce años. El 40% de votantes del PP quiere que Mariano Rajoy deje de ser candidato del partido. El presidente-no-candidato tampoco parece convencido de cumplir los pactos suscritos con ese otro partido joven llamado Ciudadanos. No parece el mejor modo de fraguar alianzas. No hace falta añadir datos para justificar nuestra perplejidad ante una confianza tan osada en el triunfo de la voluntad: de la voluntad de gobernar doce años.

Llama la atención que semejante inestabilidad se acompañe socialmente de una absoluta indiferencia. Acaso se deba a que la sociedad española disfruta de una institución de probada solidez, terreno firme sobre el que se construye una nueva España: no habrá un día sin fútbol hasta el cinco de febrero. El ciudadano o telespectador de “este país” podrá aferrarse al Calendario de la Liga, como en otro tiempo al almanaque o al santoral, y vivirá a diez días del derbi o en la víspera del clásico. Algunos dirán que el embrutecimiento de la sociedad española se manifiesta en el lugar que entre nosotros ocupa el espectáculo de masas del fútbol, aunque en un sentido más literal podría manifestarse en el crecimiento constante del número de votos que ha recibido el partido animalista,que literalmente podría llamarse en buen castellano el partido de los brutos o de las bestias.

Pero también hay algún signo – y no ha dejado de señalarse – que nos impide caer en un pesimismo irredimible. Hay un humorista popular de enorme éxito, de nombre José Mota, que se permite una distante mofa de nuestros líderes y lideresas, haciendo momos y jeringotes de su vacua solemnidad o de las estúpidas torsiones del lenguaje que ejecutan en nombre de ideologías de género o de clase, o de ideologías de cualquier género o clase. Nos hará reír más o menos, pero su presencia en un horario sólo accesible a los contenidos de más éxito indica que su humor – sencillo, formal y moralizante como el sentido común – sigue encontrando un auditorio. El éxito de este humor sencillo y con moraleja, que se burla del eufemismo alejándose a la vez de la grosería pretenciosa y de la sutileza sublime, permite creer en la realidad – siquiera sea remota y residual – del pueblo español.

Pero no vamos a resolver aquí la cuestión acerca de la subsistencia o no de ese pueblo español que, encastillado en una cotidianeidad irreductible y pautada por el fútbol, es todavía capaz de sonreír ante la fatuidad de los gobernantes que se le presentan a elección. Esperemos que algo quede de esa substancia real de España tras el tiempo que dure otro gobierno gris y melancólico como el orballo, aunque se presente coronado de un éxito económico de simple supervivencia. Así pues, tenemos año nuevo y la misma inexistencia. Doce fueron los años que duró de hecho el imperio de los mil años ¿cuántos años serán los que dure el anodino gobierno de los doce años?