La imagen es elocuente y terrorífica. Dos mujeres y un hombre, de visible condición suburbana, alzan un refrigerador de enorme puerta y lo intenten colocar en el toldo de un automovilito diminuto. Un “Opel” viejo.
--Sí, cabe, sí cabe, se animan entre ellos. Hace apenas unos minutos se lo han robado de un centro comercial “vandalizado” (saqueado, sería mejor) durante una cadena interminable de protestas en todo México como respuesta social (e inducción politiquera) por un alza tremenda de los precios de la gasolina y otros combustibles; por los aumentos a la energía eléctrica y otras carestías del todo lejanas del sueño tecnocrático de un pañis colmado de reformas y promesas infecundas e incumplidas.
Y junto a los afanosos del refrigerador, la nevera, pues, corren los ladrones de pantallas, televisores, equipos de sonido o comida; botellas de ron, ropa. Es el México del incendio, del pillaje, de la asonada, de la manipulación y el caos.
La policía detiene a cien y pronto soltará a doscientos. Es la vida nacional en el caos, en un pañis donde la protesta social (así llamada) es una muy rentable actividad tolerada como parte de los controles políticos y el consentimiento de la oposición.
Las revueltas, pillajes, motines y bloqueos, todo eso junto ocurrido recientemente en algunos estados de la República Mexicana con motivo o pretexto del alza de las gasolinas y otros combustibles aunados a la decepción por las promesas incumplidas y las ofertas olvidadas, impusieron durante algunas horas y en espacios muy localizados, un estado caótico; inestable, alejado de toda posibilidad real de control así hubieran querido promoverlo quienes azuzaron la asonada en los primeros momentos bajo el disfraz de la protesta civil y civilizada.
Cuando uno mira la marabunta voraz en las tiendas de autoservicio o los supermercados o las modernas misceláneas de refrigeradores impecables, y la rabia en estallido con la cual se lanzan los manifestantes contra todo y contra todos.
La quebradura de cristales, los jaloneos, las cercas abatidas, los robos incomprensibles, el saqueo, las furias desatadas como viejas hordas en la impune cobranza de un botín de guerra.
--¿Y todo eso va a lograr el descenso de los precios de gasolinas e hidrocarburos?
Obviamente no, pero no es esa la finalidad.
Se trata de aumentar las duras circunstancias de una vida difícil agravada por la carestía, se trata de probar, exhibir, demostrar cómo el gobierno no gobierna y cuando lo hace nos daña y perjudica.
Y también de sacar de cacería al fiero animal cuya silvestre condición habita bajo la delgada piel de nuestra “civilización” pulcra y ordenada. Mentira.
El salvaje regresa, cuando lo hacen regresar. Y una vez en las calles, no hay ley para someterlo.
Dejar hacer, dejar pasar.