Salgo divertido de Madrid para llegar a Bilbao y después de unos días en mi villa natal, me fui a Villasana de Mena, donde he tenido otra divertida jornada con el senador por Burgos, Ander Gil, con el alcalde de Mena, Armando Robredo y con Iñaki Anasagasti, destacado dirigente del PNV, y antiguo –como yo- senador y miembro de la Mesa del Senado. Anasagasti y yo somos compañeros del colegio de Santiago Apóstol de Bilbao, y desde entonces viene nuestra amistad, si bien él no comparte del todo mi recuerdo crítico con los Hermanos de la Salle, la orden que lo dirigía (el colegio hace años que fue demolido), ya que, en mi opinión, la mitad de los “curas” (no lo eran, pero así los llamábamos) eran franquistas, y la otra mitad eran nacionalistas vascos. Como es lógico, Iñaki comparte sólo la mitad de mi aserto. Además de divertirnos, la conversación fue en todo momento un privilegio propio de personas inteligentes.
Pero mi inicial espíritu divertido surgió cuando escuché en la radio de mi coche, -al iniciar mi viaje en Madrid-, el lío que se traen algunos tertulianos con el (¡supuesto!) plagio del vestido que lució en la Nochevieja de Antena 3, la famosa Cristina Pedroche. Todo me parece cómico, pero de una comicidad de andar por casa, pues las marcas registradas que están detrás de la noticia, Antena 3 y Pronovias (la fabricante del vestido que a su vez se anuncia vendiendo trajes de novia de ensueño), se han presentado como marcas dirigidas a “las familias”, y ese ha sido el sector al que se dirigían con su “sana” programación televisiva y sus vestidos blancos. Las evoluciones del cuerpo de Cristina Pedroche dentro -con posible plagio- de su traje de baño o de trapecista, seguramente, produjeron estímulos benéficos en la parte más longeva y masculina de “las familias”, pero no se referían a emociones de esa naturaleza cuando prometieron respetar los gustos familiares de una supuesta mayoría de la población televidente.
Pero volvamos a mi viaje por Burgos y hasta Bilbao y el Valle de Mena.
Estos días heladores en Castilla me producen unos placeres estéticos especiales. Desde Milagros, en el límite sur de la autovía, hasta Pancorbo, en invierno desaparecen la mayor parte de los colores verdes de los campos. La diosa griega Démeter, la protectora de la agricultura y de las estaciones anuales, todos los inviernos se oculta en la tierra, para resurgir en primavera con los colores vivaces del campo y de los cultivos. Ese hermoso mito es un mito mediterráneo, porque el verano seco sólo se da en estas latitudes.
En invierno la escala de los colores ocres es dominante. El paisaje castellano alterna campiñas y páramos y en este tiempo, especialmente los días diáfanos y fríos, los campos muestran matices de un solo tono, entre dorado y terracota, que Benjamín Palencia supo captar. Cada cierto tiempo, unos pinos consiguen aportar un extraño verde al espacio dominante. Pero el color verde de los pinos tiene algo de artificial. Las acículas verdosas de las pináceas son en su mayoría resultado de plantaciones por motivos comerciales. No son árboles autóctonos. Tal vez por eso están afectados por nidos de orugas procesionarias, de modo que su presencia produce repeluzno.
Hace cerca de cuarenta años que empecé a recorrerme la provincia de Burgos. Sus colores ocres son los mismos de aquellos inviernos del pasado. Evoco ahora amigos que ya no están conmigo, con nosotros, porque su vida terminó. Mis compañeros en la candidatura a las Cortes constituyentes de 1977, Juan Luis de Simón Tobalina y Vicente Beato. Aunque aquella campaña electoral empezó de hecho entre abril y mayo, esos meses en los páramos castellanos conservan todavía los ocres invernales. En cierta medida la diosa Démeter intervino en ella. Fue en Lerma. Anunciábamos el mitin que íbamos a celebrar cuando finalizase la misa del domingo. Una hora antes pregonábamos, con altavoces dispuestos en nuestros autos particulares, el tema de nuestros discursos. ¡Íbamos a exponer a los lermeños las ventajas de la democracia para entrar en el Mercado Común europeo! Reiterábamos una y otra ver ese argumento desde nuestros altavoces, yendo y viniendo con los coches que conducíamos los candidatos. Pues bien, las ventanas y balcones de la villa ducal se fueron cerrando en el momento que nosotros pasábamos por debajo, y no por los decibelios sonoros, sino porque aún existía miedo con la democracia.
A partir de Pancorbo el paisaje tiene más verdes según se avanza hacia Miranda de Ebro y el norte cantábrico. Con Julián Simón de la Torre habré comentado esas impresiones muchas veces. Hablábamos como responsables políticos de política, pero normalmente nos dejábamos llevar por especulaciones como esas, referidas a conceptos elementales como el color verde que condicionaba el paisaje geográfico, y a su vez, el paisaje humano. Ahora recuerdo esas conversaciones, y encuentro que nuestra actitud con la política no estaba condicionada por el poder, en el sentido de dominación. Hacíamos política porque nos divertíamos, y ese placer implicaba a individuos concretos, con nombres y biografías que teníamos que conocer para hacer política en una provincia inmensa como Burgos.
Comprender a los individuos tenía relación con una idea que comentamos muchas veces, que no tenía nada de científica, pero que a Julián y a mí nos parecía dogma de fe: el curso de los ríos definía a los grupos humanos. El Duero, con Aranda como modelo, fluía hacia el Oeste y el Atlántico, y el Ebro, con Miranda, se encamina hacia el Este y el Mediterráneo. El Arlanzón, con la ciudad de Burgos, busca confluir con afluentes del Duero.
Una impresión final: aunque el paisaje invernal de Burgos es igual al del pasado, los entornos de las ciudades han cambiado sustancialmente a causa del desarrollo industrial y comercial. No mentimos en Lerma anunciando que la democracia nos llevaría al Mercado Común europeo…¡pero queríamos más cosas!