Diego Pablo Simeone volvió a enmendar el crecimiento de su plan de juego y viraje hacia la calidad y repitió la inclusión de Giménez como pivote defensivo en la medular. A su lado jugó Gabi, para apuntalar la faceta defensiva, con Koke y Saúl como interiores. Y la fórmula funcionó desde el prisma estadístico, pues los colchoneros viajaron a Madrid con los tres puntos en el zurrón (trascendentales desde su sexta posición clasificatoria), pero, sobre todo en el primer tiempo, las sensaciones de la dinámica futbolística se empobrecieron con nitidez. Carrasco, Oblak, Tiago y Augusto no fueron de la partida.
El Eibar aprovechó la cesión de metros y del mando rojiblancos para desplegar su familiar disposición energética que segó la salida de pelota asociativa visitante y mutiló la producción atacante madrileña de cuajo. No obstante, los pupilos del Cholo se condujeron a vestuarios en el descanso sin ningún tiro a portería y con sólo dos aproximaciones a la meta vasca. La estructura de Mendilibar consiguió desestabilizar al muro planteado por los capitalinos, sobre todo por los costados, con Pedro León e Inui, aunque les falló el último toque. Sellaron el único disparo entre palos, detenido por Moyá, y cosecharon seis acercamientos al arco oponente, fruto del correcalles favorecido por las imprecisiones del sucbampeón europeo.
Griezmann y Torres yacían desnutridos ante la impotencia combinativa atlética. El retorno al integrismo de achique se cobró como víctima al punta galo y a Koke, inmersos en un ejercicio de supervivencia a la nueva directriz tomada por su entrenador, que preponderó el físico por encima de la calidad. Con la pelota uniformada en el papel de extra, reminiscencia del curso del último alirón colchonero, el envés del plan de los aspirantes a todo marcaba edificar un orden consistente para luego pescar a la contra o a través de la pizarra. El eterno retorno del pragmatismo.
Y pese al marasmo creativo al que se entregó el Atlético, con Gameiro, Correa y Gaitán en la banca, Simeone sentó a un Vrsaljko desacertado en su mano a mano con el extemo nipón eibarrés e incluyó en la fórmula a Juanfran. Con el fin de revirar la inercia y aliñar con seguridad un respingo de personalidad con el que inauguró el segundo acto. Alzó líneas con el bloque visitante, en una reacción que obtuvo premio, antes de asentarse en la lógica anárquica de la trama. Hubo de ser por la vía accesoria del balón parado. Un córner botado en corto y enviado con veneno al área por Filipe encontró la intercepción providencial y estilosa de Saúl, que estrenó el electrónico desde el primer poste -minuto 53- y en más que posible posición antirreglamentaria.
Tardó poco el Eibar en reaccionar y lo hizo acelerando las pulsaciones y amortizando una nueva cesión de metros colchonera. Con la entrada de Bebe -muy activo- en el verde (por Inui) y la incorporación continua de los laterales Capa y Luna, las huestes vascas volvieron a convulsionar el ritmo y a testar la valía del repliegue visitante. Pedro León cruzó demasiado su remate en el 70 y la lluvia de centros laterales no conectó con Enrich por poco en varias opciones, en el ecuador del segundo tiempo.
El desenlace quemó minutos con el descanso para Torres (abandonado al esfuerzo sin balón y al desacierto con él) y la alternativa para Gameiro. Y dicho movimiento se reivindicó irrebatible ante cualquier debate casi de inmediato. El ex goleador del Sevilla entró en sintonía con celeridad con su compatriota, en la contra que añoraba Simeone para neutralizar el incendio local y adelantar la sentencia al minuto 90. Se disparó Griezmann en vuelo y a la contra, prolongó la maniobra Gameiro y remató la cosecha de tres puntos muy valiosos el Balón de Bronce, oscurecido hasta entonces. En el 74, a un cuarto de hora para el final, arribó el gol postrero que entregó la razón a Simeone pese a lo tenebroso del periodo inicial.
La cohesión y resistencia intensivos parecen conceptos que vuelven a resplandecer en la hoja de ruta del Cholo como antídoto al bache de identidad y resultados con el que despidió su plantilla el 2016. Está recuperando la paciencia, concentración y convicción en el encierro, nutriendo su necesaria capacidad de sufrimiento. Y la acumulación de puntos parece la mejor medicina antes de abordar temas estilísticos o la exigencia colorida que marca el estatus de favorito en todas las competiciones. Lo cierto es que el Eibar lució dignidad pero adoleció de puntería, y lo pagó. No terminó de conducir al abismo a su rocoso púgil y se fue de vacío a pesar de haber merecido un mayor botín. Nano y Rubén Peña concluyeron los cambios cuando todo estaba decidido y los madrileños ya se habían propulsado por el cauce de la contra hasta dar la vuelta a la relación de tiros a puerta (dos a cuatro vencieron los visitantes, que registraron un 46% de posesión).
Pareciera que el estratega argentino interpretó esta visita y el tramo de temporada como un intervalo a jugar a cara de perro, arrinconando la floritura combinativa. La búsqueda de la cuarta (o tercera) plaza se desnuda como el objetivo liguero, y la inercia continental y copera susurran una transmutación de preferencias extramuros del campeonato de la regularidad. El frío en Ipurúa congeló parte del césped y dispersó las conclusiones sobre el pensamiento organizativo del club madrileño. Koke no participó, mártir de la exclusión del esférico como herramienta, y Giménez sobresalió (cumplió el objetivo de repeler el juego aéreo y complicar la entrada entre líneas local) como el stopper extra de un centro del campo que había perdido fuerza y personalidad. Queda por comprobar qué camino toma el Cholo en encuentros menos tendentes a la guerra de guerrillas. Tras el partido, todavía en la cancha, Griezmann confesó que "ya hemos vuelto a lo que es el Atleti, a que no nos metan gol, a defender bien atrás y arriba a intentar hacer daño con las ocasiones que tengamos". Los ecos de aquel memorable "Ganar, ganar y volver a ganar" resuenan por los pasillos del Calderón en este enero.