Opinión

2017: el fantasma de las Navidades futuras

TRIBUNA

Alfonso Cuenca Miranda | Sábado 07 de enero de 2017

Aun reconociendo que la apreciación encierra una gran dosis de subjetividad (recuérdese que toda memoria es proustiana), bien puede afirmarse que 2016 ha sido un año repleto de acontecimientos, llamado a ocupar cuanto menos una página en los manuales de Historia que se publiquen (si tal es el caso) en las próximas décadas.

En términos reaganianos deberíamos preguntarnos si el mundo a día de hoy es un lugar mejor que hace un año. Lo cierto es que la amenaza más seria a la paz mundial en 2015, el terrorismo integrista indiscriminado (aunque ya tales epítetos pueden considerarse pleonásticos) que acababa de conmocionarnos con el brutal ataque a la sala Bataclan, no ha cesado en su terrible empeño, siendo salvajes muestras los ataques de Bruselas, Berlín y, sobre todo, Niza. Con todo, otros escenarios de conflicto han entrado en la senda de la pacificación, caso de Cuba o Colombia, o parecen estar, como el caso de Siria (a un terrible precio, bien es verdad), en trance de poder ser solucionados. No obstante subsisten otros focos de tensión como el Norte de África, Oriente Medio y ahora Turquía.

Señalado lo anterior, ¿qué podemos esperar para 2017?

En primer término, y por lo que respecta al terreno económico, pese a haberse aminorado las proyeccionesinicialmente realizadas, 2017 será un año en el que continuaremos creciendo: a un 3,3% a nivel mundial (si bien numerosos analistas estiman que el ritmo del mismo será insuficiente). En principio, se estima que la todavía principal economía mundial incrementará su crecimiento, pasando del 1,5% al 2,3%, mientras que China continuará su progresiva desaceleración (del 6,7% al 6,4%). La zona euro se mantendrá en términos muy parecidos a 2016, mientras que el efecto Brexit hará que Reino Unido interrumpa bruscamente su crecimiento de los últimos años, indicando los peores pronósticos un descenso de casi un punto. Quizás uno de los datos más reconfortantes es el importante crecimiento que se augura para las llamadas economías emergentes, pudiendo destacarse al respecto la más que posible salida brasileña de la recesión (junto con Rusia). Ello se corresponde con las mejoras (insuficientes, eso sí) en los indicadores de desarrollo de los países más desfavorecidos del planeta.

En relación con la política (si bien, en definitiva, todo es política), comenzando con el hegemon global, el rumbo de la Presidencia a estrenar el próximo 20 de enero es una de las mayores incógnitas del año. Se ha hablado “de vuelta a casa”, con la posible instauración del proteccionismo comercial y el abandono de las responsabilidades de policía mundial. No obstante, no hay que olvidar que la política exterior estadounidense ha sido mucho más uniforme de lo que hubiera cabido pensar inicialmente teniendo en cuenta los caracteres, e incluso las agendas, de Presidentes tan dispares como Kennedy, Nixon, Carter, Reagan u Obama, sin perjuicio de los inevitables matices derivados de los mismos. Asimismo, no hay que olvidar el entramado de frenos y contrapesos consustancial al sistema político norteamericano, con un Congreso, y en particular el Senado, que desempeña un relevante papel en la política exterior. Con todo, dentro de los márgenes referidos, no hay que descartar movimientos novedosos en la misma, y quizás arriesgados (para lo bueno y, esperemos que no, para lo malo), en consonancia con el perfil de un mandatario sin cursushonurm previo y, dejando al margen cualquier valoración, poseedor de una fuerte personalidad.

Rusia vuelve a aparecer en el salón del trono del que pareció haber salido hace un tiempo. Los golpes sufridos, entre los que cabe citar la expansión de la UE y la OTAN hacia su hinterland natural, así como el descenso vertiginoso del precio del crudo en los últimos dos años, más bien parecen haber espoleado a un Kremlin cuya supervivencia interna depende en buena parte de su “prestigio” (o poder, lisa y llanamente) exterior. Desde un punto de vista estrictamente politológico será apasionante analizar las relaciones que entablen Putin y Trump. Habrá que ver, bajo la inevitable política de gestos, sobre qué corrientes subterráneas discurre la acción de las dos potencias.

China continúa discretamente extendiendo su influencia por todo el planeta, sustentada en la liquidez suministrada por su espectacular crecimiento de los últimos años. Principal tenedor de la deuda de los grandes países, financiador de gigantescas infraestructuras en las zonas estratégicas del globo (atención a los puertos), e incluso propietario de históricos clubs de fútbol del Viejo Continente, el silente expansionismo chino (¿incluidos ciberataques?) podría volverse más estridente si los fantasmas que amenazan su economía tomaran cuerpo.

Junto a los tres actores protagonistas, el principal escenario seguirá siendo un año más Oriente Medio, en el que a la buena noticia del retroceso del Daesh (lo que podría facilitar, en la medida en que ello es posible, la solución a la crisis siria) se contrapone la que es quizás, por sus efectos a medio y largo plazo, la peor noticia del año: la deriva turca. El país, inicialmente llamado a ser en unos años la potencia de mayor influencia en la zona (por demografía, desarrollo y geografía), parece haberse desanclado de los amarres que lo han asentado en el último medio siglo, iniciando una travesía cuyo puerto final, si no inquietante, es, como mínimo, desconocido. Iberoamérica también se encuentra en un punto importante de su historia, si bien las esperanzas levantadas a comienzos del año pasado no se han visto colmadas, yendo todo más lento de lo esperado en un principio.

Dejamos ex profeso para el último lugar a Europa. Ciertamente, vivimos momentos de importancia extrema para su futuro y no precisamente porque quepa esperar a priori buenas noticias. Los avisos oídos (que no escuchados) desde hace un tiempo han tenido como concreción más relevante el resultado del referéndum británico del pasado junio. A pesar de lo que pregonan numerosas voces autorizadas, es difícil imaginar una Europa sin el Reino Unido; todo lo contrario, a semejanza de lo que sucedería en una España sin Cataluña, por distintos motivos la supervivencia de la primera es harto improbable sin el segundo. Por todo ello, las negociaciones a iniciar en el segundo trimestre del nuevo año habrán de ser imaginativas y ambiciosas, apuntando más allá de la resolución del caso concreto. Los referéndums húngaro e italiano también han de ser tenidos en cuenta, sin perjuicio de su clave nacional. En el horizonte dos citas decisivas: las elecciones francesas de mayo y las alemanas de finales de año (a las que hay que añadir en marzo las holandesas). El destino de los seculares enemigos aparece, por paradojas del devenir histórico, más imbricado que nunca, ya que lo que suceda en los comicios presidenciales galos marcará en buena parte el resultado de los germanos. Otra “sorpresa” (hoy ni mucho menos inverosímil), en esta ocasión en Francia, sería prácticamente un golpe de gracia al proyecto europeo, al menos tal y como lo hemos conocido desde los años 80.

La crisis europea y el movedizo mapa político de sus integrantes, junto con otros recientes hitos entre los que destacan las elecciones presidenciales estadounidenses del pasado noviembre o el referéndum colombiano de octubre, plantean el interrogante de si estamos ante un proceso de redefinición de la política. El impacto (con sombras además de luces) de las nuevas tecnologías en la difusión del mensaje político o la constatación de la existencia de un importante sector de la población que se siente perdedora de la globalización serían elementos del proceso descrito. Muchos intuyen que nos encontramos a las puertas de algo nuevo, algo que de momento no podemos ver y cuya magnitud solamente conoceremos cuando se haga la luz.

Parece en todo caso que ha llegado el momento de abordar con determinación los grandes retos de nuestro presente más inmediato y del mañana que dejaremos a los que nos sigan. Si lo que se quiere es avanzar en caminos que costó mucho desbrozar y emprender, llámese la distensión mundial, la globalización o la integración europea, cuando no la propia conquista que supuso la democracia, es necesario mirar cara a cara a los problemas, olvidar los intereses personales o partidistas, y ser conscientes de que sólo desde el “nosotros” podremos ganar el futuro.