Esta vez ha sido -una vez más- en Israel. Ayer domingo, cuatro soldados israelíes resultaban muertos y quince más heridos tras el ataque perpetrado por un palestino con un camión en la zona vieja de Jerusalén. Siendo el terrorismo islamista una amenaza global, en Israel hay que añadir además una mayor frecuencia, con la “cuestión palestina” como sempiterna excusa.
Es sólo el último ejemplo de la tensión diaria a que deben de hacer frente los ciudadanos israelíes, en una sinrazón que dura ya demasiado, y que bien podrían incardinarse en la denominada intifada de los cuchillos. Se ha pasado de tirar piedras a los soldados en los “territorios ocupados” a que cualquier palestino, niños incluidos, apuñale indiscriminadamente a todo aquel que se cruce en su camino o, como en esta ocasión, embista con un camión a un grupo de soldados que esperan al autobús.
La sensación de temor, muy extendida, está plenamente justificada. Pero en esta ocasión los responsables no son los israelíes, sino los propios palestinos, incapaces de condenar como es debido todos estos ataques. El resultado a la vista está: mayores restricciones para entrar en Israel a trabajar -la mayoría de los palestinos tiene allí su puesto de trabajo- y una merma considerable de visitantes e ingresos en sus ciudades. Es el precio que hay que pagar por no combatir el terrorismo desde su origen.