Cuando el mal tiempo –como el que “disfrutamos” estos días– obligaba a los militares romanos a suspender sus operaciones y a acantonarse en sus fortines –hiberna–, resguardándose así de las inclemencias, los generales solían decir que se retiraban a los cuarteles de invierno. Y estos días de acuartelamiento familiar y de impulsos hacia los excesos, le da tiempo a uno a reflexionar sobre la inutilidad y lo pernicioso de las guerras, y cómo las palabras en boca de los mandatarios internacionales serían capaces de hacer desaparecer las cosas que nos destruyen. De hecho, las palabras serían capaces de suspender los conflictos, de poner fin a la contingencia de la sangría mundial de forma instantánea.
Al comenzar el año, hagamos un recorrido por los puntos calientes de Oriente Próximo, que viajan en diseminación, con una campaña de elecciones presidenciales en ciernes en Irán y Donald Trump negándole a esta potencia pujante sus puertas al sistema financiero internacional. La idea de la guerra se nos ha convertido en una dispersión volátil, en una expansión total del mal humano y de sus capacidades de infligir dolor extremo a sus semejantes. Convertida en el tablero de juego altamente dramático de las principales potencias mundiales, la región se ha instituido en un juego cruel en el que ya han perdido la vida miles de personas. La guerra civil siria se prolongará deliberadamente un año más y las facciones regionales trazarán un incierto futuro, ya sin Bashar al-Ássad, mientras en los alrededores de Damasco los rebeldes suníes se irán retirando a las fronteras con Jordania y Turquía y los Altos del Golán. También Israel y Hezbolá, que tienen una cuenta pendiente desde 2006, parece que se enfrentarán en territorio sirio…
La experiencia de estos territorios es ya cercanía y cotidianidad de muerte, da igual que nos desayunemos con el rostro perplejo y ensangrentado de Omran Daqneesh, un niño de Alepo sentado en una ambulancia, o de otro ya muerto, Aylan Kurdi, en una playa de Bodrum, en Turquía. Las sectas en Oriente Próximo seguirán enfrentándose en 2017. El Daesh –que acaba de dinamitar la planta petrolera de Hayyan, la mayor de Siria, a 40 kilómetros de Palmira– se convertirá en una guerrilla deslocalizada, en la línea estratégica global de Al Qaeda de plantar cara al “enemigo lejano”, lo que equivale a decir que el mundo entero se verá amenazado por el terrorismo.
Irak tratará este año de impedir que las milicias controlen el país: los peshmerga kurdos –que concentran a las sectas cristianas, chabaquíes y yazidíes– tratarán de alcanzar los campos petrolíferos de la llanura del Nínive, donde se enfrentarán a las milicias chiíes, en avanzadilla hacia la toma de Mosul. Mientras, las tribus árabes suníes seguirán tratando de superar sus fratricidas luchas internas, precipitándose nuevamente hacia el abismo.
Estados Unidos, por su parte, la prueba fehaciente de la imposibilidad del fin de todas las guerras y el próspero negocio de las armas y el petróleo, ha armado en el norte de Siria a las fuerzas kurdas, alianza que podría ser interpretada por Turquía, enemiga mortal del nacionalismo kurdo, como un motivo (más) de incursión bélica. Y, por último, la guerra abierta entre Arabia Saudí y Yemen, cuyos muertos superan ya la cifra “oficial” de 10.000 –la extraoficial es mucho mayor–, seguirá abierta por la intervención militar de la primera, que trata de reinstaurar al presidente Mansur Hadi en el Gobierno de Saná. El norte y el sur de Yemen y la influencia de Al Qaeda al sureste del país amenazan con convertir la zona en una delicada osatura, en el lugar donde se tienden y se depositan apilados los cuerpos en el oscuro encaje geoestratégico entre el estado árabe más rico contra el más pobre.
2017 ratifica la imposibilidad de ese cierre, de que la herida suture definitivamente: el impulso bélico arrastra a los gobiernos y su arsenal como una sombra que deja tras de sí un obsceno rastro de muerte. La misma guerra forma parte ya de nuestro mundo (in)sensible y todo apunta a que no hay elección entre el dolor, la tortura o las víctimas civiles y la renuncia al conflicto. Nadie hará una declaración de intenciones salvo la guerra y, si nadie lo impide, la instantánea de Oriente Próximo se irá pareciendo cada vez más a la de la disección de un muerto, al repliegue definitivo y fosilizado de la guerra sobre sí misma, el choque sucesivo, el cálculo brutal de bajas y a posteriori de los dirigentes.
En la reserva, que tiene también mucho de tumba, los generales pensamos muchas cosas. El cadáver de la población es la figura última del estado del hombre, el destino dramático a que obligan los señores de la guerra a los inocentes y el refugio del anhelo humano más elevado, el silencio. La mortandad en Oriente Próximo se llevará a cabo con la complicidad del mundo, la neutralización de la ética, de los principios, de la justicia… De todo aquello que nos hace personas.
Ante el dantesco escenario que se nos presenta, no descartemos, en cualquier caso, la aparición del azar: decía Mallarmé que todo pensamiento emite una jugada de dados. Acaso una jugada maestra impida que el yihadismo, fragmentario, renazca de sus cenizas… pero para ello habría que resolver otras cuestiones, como la de la supervivencia de sus anárquicos combatientes, dispuestos a todo. “Observaste que no se escribe el alfabeto de los astros luminosamente sobre el campo oscuro; sólo así, esbozado o interrumpido, se indica: el hombre prosigue negro sobre blanco” (Mallarmé).
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