A lo largo de la vida a uno le catalogan, le definen, le encasillan e incluso te hacen un traje a medida; hasta cierto punto es lo que toca cuando se ha de ser uno más entre varios miles de millones de semejantes; ahora bien, tener que aceptar que vives dentro de una almendra, eso ya es poco menos que vejatorio.
La desambiguación que se hace del fruto del almendro para referirse a la popular denominación de un grupo de barrios de Madrid, parece que goza de una gran benevolencia gramatical a la hora de identificarnos; o sea, es como si los que vivimos dentro de ese perímetro fuéramos poco menos que almendrucos en fase continua de maduración. Me niego, por tanto, a formar parte del meollo lingüístico por mal sonante. Algo similar ocurriría si al barrio rojo de Ámsterdam, conocido también por Red Light y compuesto por tres distritos diferentes, se le denominara “La almeja picante”, por ejemplo. Pero no me viene la correduría de este antojadizo desdén porque sí, lo provoca el hecho de la poca frescura que transita por algunas capas de la atmósfera terrestre a la hora de utilizar verbo y gracia de nuestra riqueza lingüística.
Hoy en día el darse por aludido por cualquier sentencia gramatical carece de importancia porque nos entregamos con suma facilidad aunque nos estén faltando el respeto. A uno le puedes llamar zullenco y dejar que la cosa transcurra sin mayores consecuencias mientras no topes con Camilo José Cela, cuya profusa obra, en más de una ocasión, nos descubre que esta voz es un adjetivo coloquial que se emplea para denominar a quien ventosea. Pero no caigamos en la laxitud que parece estar adueñándose de nosotros de manera mucho más preocupante a la hora de emplear términos que acaban por suplantar voluntades; por ejemplo, el buenismo, un sustantivo que ha tomado tal cariz que todo lo que acontece en su uso no es otra que aplicarlo como un buen rollo para lograr un mundo utópico. O sea, que hay definiciones que pueden estructurar el mundo que nos rodea en nada que acabemos abusando de ellas, por ejemplo:
Estamos inmersos en una corriente tan conciliadora que lo buenismo nada tiene que ver con lo de ser buena persona, o sea, lo de ayudar al prójimo cuando éste es de ley, pues de eso nada, ahora significa ceder en terreno lo bien ganado porque otros te lo imponen y además tú dejas de optar a la igualdad que otros adquieren gracias a poner a disposición de extraños tus 40 años de cotización a la Seguridad Social, tus 60 u 80 o 100 años de pago de impuestos, tu abono transporte, tu pensión e incluso tu casa, tu perro, tu religión, tu bandera, tus tradiciones, tu país y hasta el reintegro del cupón de la ONCE del día anterior.
Por eso conviene llamar a las cosas por su nombre, puesto que los floridos políticos de nuestros pecados están casi todos en época de celo con eso de conceder plácet al ajeno, que está muy bien, pero que estamos descuidando nuestro erario por un extraño ensalmo derivado de la no cordura y del culto en banalizar el mal a toda costa. Bueno está lo bueno, pero es que con casi toda esta fiebre sobre la benevolencia lo que en realidad nos está ocurriendo a la inmensa mayoría de seres con urbana educación, es que nos están metiendo doblado ad libitum el entusiasmo por lo incorrecto, claro que ellos encuentran siempre un modo de justificarlo. Ya sé que esto pueda sonar feo, pero peor es que a uno le digan que vives en una almendra y no te des por aludido.
En este absurdo del decir de hoy en día, sirve casi todo con tal de utilizar el argot maledicente. Peligrosa moda, sin duda. El orbe está convulso y esto no es nada nuevo; pero es que el efecto llamada hacia la tierra prometida del siglo XXI nos está llevando a la desertización de valores y a la pérdida de derechos adquiridos a costa de un despilfarro de buenismo falsario utilizado por algunos y algunas más como sofisma que de dogma de buena voluntad entre la gente de bien, cosa que siempre ha existido por caridad cristiana. Es ahora cuando la estupidez reinante pretende cambiar bueno por buenismo y caritativo por burdégano.
No soy de los de ojo por ojo y diente por diente, nada de eso, pero a día de hoy se ha instalado entre nosotros y con mucha urgencia, cierta patología para dar en llamar tolerancia a la malevolencia y connivencia a la crueldad, y eso no es signo de ser mejor por tener que poner la otra mejilla, cosa que venimos haciendo con frecuencia y a fondo perdido; lo peor, como digo, es que la idiotez humana se está apoderando de la inteligencia. Preocupante juego de palabras.
En fin, a buen seguro ahora vendrán los lingüistas de nuevo cuño y dirán que mis aseveraciones son el valor expresivo de un lenguaje trasnochado. Y todo esto a cuento del hecho de vivir dentro de la almendra central de Madrid. Vaya día.