Opinión

Trillo: de embajador a paria

TRIBUNA

Emilio Arnao | Viernes 13 de enero de 2017
Federico Trillo, letrina del ministerio de Defensa en su tiempo, ahora se halla acorralado como los ciervos en las cacerías inglesas. Justamente e injustamente ahora, tras gozar del privilegio concedido por el rajonismo, abandona por fin la Embajada española en Londres, aunque él, en los principios de estos tiempos aéreos, quisiera Washington. Yo lo hubiera mandado con los indios tarahumaras, para que el peyote le diera una alucinación que lo hiciera anochecer y amanecer y tornar a anochecer y amanecer tres veces. Resulta insólita esta fabulosa historia escrita por el trillismo.

Ahora, gracias al Consejo de Estado, da la impresión que las cosas vuelven a reabrirse y que el tan oculto misterio sobreseído del accidente del Yak-42 se deshace del hechizo y regresa a la realidad como un quijote sanchificado. Allá quedaron las novelas de caballerizas. Todo lo que Federico Trillo realizó tras el desgraciado accidente aéreo en el que murieron decenas de soldados españoles está envuelto en el agravio, en el grafema de la soberbia, en el fermento de una política que no sólo Trillo intentó disfrazar de ese destino que a veces la providencia ajusta según el dictado del mensil de la religiosidad sino que se desarrolló durante el gobierno del Partido Popular en su completud, quien dio por cerrada la causa y aquí haya paz y no hombres de pelo bermejos, los cuales siempre traen mala suerte. Bono fue objeto de diferentes querellas por parte del PP por intentar reanudar las investigaciones sobre el accidente en Turquía, donde el Yak jamás tuvo que haber despegado dado su hambruna de cualidades y las subcontratas realizadas -de las cuales el dinero ha desaparecido no se sabe todavía entre que manos- antes de tomar vuelo aquel pájaro sin alas y sin el pene erecto, el cual debe ser perfecto para ocasionar el buen funcionamiento de un aeroplano para que el viaje por las alturas donde habita el demonio se desarrolle en la feliz pintura de los amorcillos. Trillo se equivocó y es hora ya de que pague su responsabilidad ante tantos errores cometidos, según están indicando, en esa lucha que traspasa años de dolor e impotencia, los familiares, contratados como víctimas, de los cuerpos que en un 50% no fueron ni identificados y -ahí es donde se consuma el auto de fe- algunos de ellos sepultados con piernas, vísceras, huesos de unos con otros. Trillo siempre ha sido el enfant terrible de la política española. Manda huevos.

Ahora, como una Dulcinea, sale María Dolores de Cospedal, mi Lola, y, seguramente presionada por la humanización producida de tales hechos después del dictamen del Consejo de Estado más la presión de los medios de comunicación y de los demás partidos políticos, se hace la buena y jura que por tierra, mar y aire va a investigar todo lo que haga falta para conocer en latín o en arameo la verdad de lo acontecido. Mi Lola, manda huevos, está hecha una endecha escrita por Lope de Vega, cuyo tema es la honra. A Trillo lo quieren poner de funcionario de acuerdo a sus estudios de letrado, es decir, de paria que, sin duda, escuece la megalomanía de Federico. Catalá dice que no tiene que pedir disculpas y que su amigote ha sufrido ya mucho y que por tanto se cierren ya las puertas de los canales. Amanecerá Dios y verémonos. Este contubernio del PP en torno a la figura de Trillo sólo obedece a la responsabilidad que puede llegar, si se abre jurisprudencia, al careto de Mariano Rajoy. Aquí hay mala leche amarga. ¡Válgame Dios¡ ¿En qué país vivimos? Sólo se me ocurre pensar que esta felonía tiene que ver con la locura freudiana en que se ha instalado el Partido Popular. Cepos quedos. Y la mentira únicamente anuncia el doblón de la siniestra patria, la egolatría, el efecto Trump, la guardia pretoriana de Londres o la canonización de Luzbel. Cide Hamete, que soy yo, escribe esto.