Las ventajas del libre comercio y de la globalización son de sobra conocidas y alabadas. De ahí que una de las críticas más duras que se lanzan sobre Donald Trump se refiere a su defensa de la economía estadounidense a través de la aplicación de normas que dificultan la salida de las grandes empresas al extranjero por un lado, y la imposición de aranceles a los productos importados por otro. Al dejar clara esta vertiente de su política, se ha levantado el grito al cielo sobre el nacionalismo rancio de Trump.
La pregunta que nos abren esas críticas es obvia: ¿Son en realidad tan malas las medidas que propone Trump para sacar la economía de EEUU adelante? Para empezar, Trump ha conseguido la colaboración de uno de los símbolos de toda la industria americana: el gigante Ford. Muchos pueden objetar que no ha sido su logro que Bill Ford dijera: “Continuamos colaborando con la administración del presidente electo Trump — y su Congreso — mientras ellos llevan a cabo su propia agenda política para 2017. Compartimos nuestro compromiso a seguir invirtiendo en los EEUU y creando aquí puestos de trabajo”. La influencia directa de Trump en la política de Ford es difícil de evaluar, porque la portavoz de la empresa, Christine Baker, nunca lo quiso aclarar. Lo que queda claro es el compromiso de Ford a ampliar su producción dentro de las fronteras nacionales. O sea Trump ya es apoyado por una gran empresa privada de EEUU.
Otro aspecto de la política económica de Trump es modificar la importación. No es un secreto que los EEUU desde hace años viven una crisis industrial, sobre todo, en la producción de metales y piezas para coches. Los demócratas ya estaban alarmados por los efectos nocivos de la importación masiva; la administración de Barack Obama ya había denunciado varios casos contra China por su violación de las normas internacionales del comercio. Ahora, con la entrada de Trump en la Casa Blanca, Robert Lighthizer, nombrado responsable de comercio, lo que hará es fortalecer las medidas de la administración anterior. Desde los años 1980, Lighthizer desarrolló su carrera en la administración del presidente Reagan y en 2010 señaló con claridad que la crisis de la industria americana está relacionada con el comercio con China. Lighthizer subrayó que los convenios del libre comercio no tienen ningún efecto, porque muchos países, como China y Japón, bloquean la importación para proteger su economía nacional y los puestos de trabajo. Actualmente, Lighthizer y sus colegas recién nombrados, como el multimillonario Wilbur Ross, futuro secretario de comercio e inversor en la industria de acero, están elaborando las medidas protectoras que se ajustan a las regulaciones de la Organización Mundial de Comercio.
A la luz de estos datos, Trump trae algo nuevo, su impulso y su ánimo para poner coto al “libre comercio”, pero sigue una política que ya había iniciado tímidamente Obama y que practican ya los gigantes asiáticos como China y Japón. En otras palabras, el llamado libre comercio sin control es tan dañino como el proteccionismo extremo. La agenda del presidente electo, Trump, es clara: usará a la vez lo mejor del libre comercio y del proteccionismo si eso sirve para crear puestos de trabajo en EEUU.