Opinión

Impunidad de los políticos

TRIBUNA

Francisco Massó | Sábado 14 de enero de 2017

Cuando Franco, aquel general monárquico que puso a Alfonso XIII de padrino de su boda, humillaba a Juan III llamándole “Querido Infante”, la Familia Real andaba parca de recursos y tenía que aceptar que sus incondicionales sufragaran el alquiler de Villa Giralda y dieran cobijo al príncipe repatriado. Eran tiempos de sangre, penuria y lágrimas. Otros tiempos, ya olvidados.

Durante el régimen de entonces, se capitalizaron, o recapitalizaron apellidos de renombre, haciendo obra, o construcciones como el barrio de El Pilar, la expansión de la Costa del Sol y otros grandes planes de desarrollo y gestión hidráulica. Había especulación, por supuesto. Pero el falansterio actuaba a su libre albedrío, con la connivencia de la lucecita del Pardo. Para una Matesa que estalló, fue lavada con algunas lágrimas de Fraga al entregar su cartera, quien alegó que sólo tenía 30.000 pts. y su cátedra. La prensa era adicta y la Justicia orgánica. Por no haber, no había ni temor de Dios.

Esto de hoy es otra cosa. Desde aquella proclamación solemne del “café para todos”, que Abril Martorell interpretó en el Título VIII, han surgido nada menos que diecisiete estadillos y dos medios, como si se tratara de fungis. Y menos mal que sólo tuvimos un Manuel Clavero, y que Modesto Fraile fracasó en lo de Segovia. Si no, Pablo Iglesias estaría más estresado, sin poder dar un paso sin encontrarse con otra nación a colonizar. Lo del café acabó en homenaje.

La falta de lealtad a los intereses del pueblo español de nuestros políticos proviene de antiguo. Está en nuestro ADN nacional, se enraíza en el túnel del tiempo que nos lleva hasta Viriato. La lucha cainita por el poder consiguió que los reyes godos sólo fueran treinta y tres. El que ganaba era coronado, hasta que se interpuso el conde don Julián para que no siguieran asesinándose unos a otros. Éste le puso alfombra roja a Táriq ibn Ziyad; aquello era un poco de traición, claro. Poca cosa, si miramos a Fernando VII que, a sus diecinueve años, en el motín de El Escorial, demostró ser un excelente hijo de su madre.

La clonación de la historia patria en diecisiete estadillos y dos medios es abrumadora, portentosa y temible. Antes, los políticos traidores se tenían que ir a Londres, siempre tan amigo de España, a París, o al cadalso.

Los políticos de hoy construyen aeropuertos que luego no tienen aviones; tienden autopistas, que carecen de usuarios; realizan ramales del AVE, carísimos, que sólo utilizan doce pasajeros a la semana; levantan hospitales sin que haya enfermos que curar; alzan puentes como el de Talavera de la Reina, que no conducen a sitio alguno; sin contar las casas de cultura y polideportivos rurales cuya concurrencia es menos que escasa.

Todas las obras que no responden a necesidad social alguna, luego han de ser clausuradas. Por ejemplo, un pueblo conquense, de unos seis mil habitantes, dispone de una magnífica estación de autobuses, cerrada, claro está, por falta de autobuses que albergar. Otras obras son de una rentabilidad muy discutible, o abiertamente ruinosas, como las radiales de Madrid, la AP 36, o los aeropuertos que reciben un avión al día.

No vamos a pensar que estas obras se hicieran sin un estudio previo sobre la necesidad real a cubrir, porque esto sería una estupidez. Tampoco vamos a concluir que se promovieron para derivar coimas, porque esto sería delito. Ni siquiera vamos a aventurar que sean un señuelo para engatusar a la gente y cautivar su voto, porque estos derroches resultarían suicidas.

Sin embargo, es curioso que ningún político, que se haya cubierto de gloria con estas obras faraónicas e inanes, haya respondido ante su electorado del dispendio inútil. Todo queda impune, o sirve para escalar al Senado.

En el mismo sentido, cuando el político es responsable de desgracias como la del Yak-42, las elude, escondiéndose al decir que ya hizo declaraciones y que, posteriormente, ganó tres elecciones. Calla que fuera en lista cerrada, que es como decir camuflado. Hasta el Infante consorte se tapuja, porque nadie de la Casa Real había afeado antes su conducta.

Donde fueres, haz lo que vieres, dice un viejo adagio. Si todo el pueblo español secundara el modelo que está recibiendo, la anarquía reinante sería muy perniciosa. Pero, el carácter mafioso de la plutocracia infunde pánico; se hacen chantaje entre sí, trafican con sus miserias y no dudan de humillar sin piedad al sufrido pueblo soberano. Todo queda impune, porque las leyes las promulgan los políticos, siempre a favor de sí mismos. Todo un ejemplo a no secundar.

Los diputados están de vacaciones hasta el 7 de febrero. Hay ministros que cobran 1800 €, por gastos de desplazamiento al mes, aunque tienen casa en Madrid. Ni un triste concejal de Podemos renuncia a su coche oficial, a poco que tenga cómo justificarlo. Ni el ex presidente del Congreso de la pasada legislatura ha renunciado a sus emolumentos de “ex”, aunque su trabajo durase un pispas. Todo es legal, incluida la subida de impuestos, contraria a las promesas electorales, porque hay mucho que pagar. La subida de la deuda, porque hay mucho funcionario que acomodar, afiliado al partido, si es posible.

Luego, se quejan de estar desprestigiados. Sin duda, han de ejercitarse en revitalizar su imagen, empezando por hacer mimetismo con la solidaridad de los abuelos españoles con sus hijos y nietos en paro, copiar la austeridad que sea precisa, la prudencia y respeto a los demás. Hacen falta sobredosis de respeto, cordura y ponderación. Menos palabrería, mejores ejemplos y que la responsabilidad a rendir sea efectiva, algo diferente a la verbosidad.