Opinión

Geografías de la derrota

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 16 de enero de 2017

Tras la peligrosa odisea de un rescate demorado en el tiempo, en la maravillosa Centauros del desierto (1956) –basada en la novela de Alan Le May– el solitario Ethan Edwards (John Wayne), que se ha jugado el pescuezo, rescata a su sobrina Debbie (bellísima Natalie Wood), que se había convertido en una de las mujeres de Cicatriz, del mundo de los comanches y la devuelve a casa, a la “civilización”. Aquel arsenal de acción y valentía que le dio a Ethan un sentido –la nieve, el desierto, el frío, los indios– ha desaparecido para siempre y siente sobre sus hombros, alternativamente, el dulce peso del triunfo y la amargura de la derrota. Ethan, que fue un luchador confederado, un perdedor, comprueba que aquel exceso de sentido –primero el de la guerra civil y después el de la búsqueda de su sobrina– ha tocado a su fin y decide, en un acto de dignidad y en el último momento, no incorporarse a esa familia que acaba de salvar y de completar; a la que acaba de ayudar.

A partir de ese momento, Ethan sólo ha de pedirse cuentas a sí mismo y se convierte así en el héroe derrotado, el vate crítico cuya aura aumenta con su visibilidad poética, su soledad infinita de espacio abierto, su éxito en la batalla y su fracaso personal. Su expresión –sin duda la mejor interpretación de John Wayne– guarda la secreta correspondencia entre el hombre y el paisaje. Gracias a los pliegues, a la deshidratación y el exceso de whisky suministrado por los comancheros durante su travesía por el desierto, el mapa de su piel ha dibujado la geografía de la propia derrota. Inicia así Ethan el trágico conocimiento del ser que incluye un delirante y surrealista juicio por disparar a un comanchero que pretendía acabar con su vida. La mirada de Ethan marca la diferencia y se sitúa en el umbral de lo tolerable para el hipócrita y para el clasista: es una provocación ambulante para los traidores. Es un titán entre enanos que ha llegado incluso a encerrar el mundo entero en su propia fragilidad, en su vulnerabilidad de carne y hueso, solo mantenida por su habilidad y la suerte en la refriega.

Años después, un Kevin Costner vencido, enamorado, desengañado y en estado de gracia vuelve a reencarnar a Ethan en un western posmoderno que ha pasado por las pantallas sin pena ni gloria: 3 días para matar, con guión de Luc Besson. En él se advierten de nuevo las señales del cansancio y la épica del fracaso, su respuesta formidable al abismo que se abre en la última galopada de su vida bajo la influencia fascinante de Amber Heard, la mujer con el rostro más hermoso del planeta según el doctor Julian de Silva y The Centre for Advanced Facial Cosmetic and Plastic Surgery de Londres, que ha aplicado un algoritmo facial computerizado, razón por la cual no nos extraña que Kostner cayese rendido ante su musa y volviese a coger la escopeta para acabar con los malos, como en Bailando con lobos u Open Range. Estos héroes otoñales escriben sus últimos días de desesperanza con la tinta del azar y su aureola de dignidad se convierte para muchos de nosotros en algo sagrado, en una lejanía en la que los vemos precipitarse, caerse y volverse a levantar, en ese naufragio permanente que es el camino tras el punto de no retorno. La poesía surge precisamente de su agonía, de su imposible ser hecho de recuerdos y de hazañas que contrastan con la burla reinante y la arquitectura de máscaras que esconden el horror de los miserables. Ese sueño irrealizable surge cuando se ha entregado para restituir el orden y el equilibrio de las cosas, cuando regresa, ya vacío, de amar sin tregua, de chocar con los cálculos y las condiciones, contra tantos enemigos deseosos de verlo de rodillas, en el suelo, derribado por el culatazo de la carabina del Poder.

Esta figura celeste difiere de todas las demás en su ausencia absoluta de ambición, su desinterés por el medro o la riqueza, por los bienes materiales o su rechazo a la competitividad con el prójimo. Si algo lo mantiene vivo, empero, es su memoria, su capacidad de no olvidar y su impulso de proseguir, a pesar de todo. Sus valores, frente a un mundo relativo, son absolutos y guarda secreta correspondencia con el movimiento del universo, que contempla doliente una ética agónica, la descomposición de un antiguo sistema. Este hombre –o mujer– se sabe abocado al fracaso y su principal tarea consiste en la asunción de la ausencia del sentido que encontraba en otro tiempo. Y, sin embargo, entre estrofas, disparos y viajes se permite el lujo de llevarle la contraria a tanto vacío y a tanta mentira: es una resistencia.

George Clooney y John Prendergast han escrito un artículo en el almanaque de The Economist para 2017: en él resumen un informe de The Sentry –El Centinela–, un proyecto de investigación que trata de identificar los sostenes financieros de la guerra. “Es hora de cambiar el conjunto del sistema”, afirman al referirse a los flujos financieros ilegales que alimentan los conflictos sangrientos en todo el mundo. También reconocen que el ruido y la furia del activismo no significan nada para los responsables de estas atrocidades, políticos y generales: la solución del problema pasa por la combinación de medidas contra el blanqueo y la congelación de activos, con la implicación de los bancos; es decir, perseguir “las carteras” de los señores de la guerra. Y lo que más nos interesa destacar aquí es que Clooney propone reconocer a los últimos románticos con el Premio Aurora: periodistas, investigadores de Derechos Humanos, activistas anticorrupción, políticos reformistas y trabajadores humanitarios que arriesgan su vida para cambiar el sistema. Ese es el trayecto de lo vertiginoso, el de la tensa nostalgia que busca la armonía del mundo: el acto intelectual puro, la soledad legible y elegida. El éxtasis total.

La pregunta es si en un mundo donde la palabras “compromiso”, “amor” o “romanticismo” son diana fácil de la hilaridad colectiva, propuestas como las de Clooney, Prendergast, Besson o, en su día, John Ford, tienen ya cabida a efectos prácticos. A un héroe como Ethan, con lo imposible como meta, poco le importa la respuesta: lo suyo es hacer saltar por los aires los esquemas de los mediocres... que comienzan a ser demasiados. Sin embargo, los héroes renacen de su propia anulación; se consuman y vuelven a incorporarse en esa geografía rara, insólita y admirable que es la derrota.

Twitter: @dfarranz