Opinión

Las rebajas

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 18 de enero de 2017

Copérnico, hombre de la especie humana parecida a la nuestra, un día se levantó entre noche y dedicó su tiempo a rebuscar cosas ininteligibles del universo, ya saben, esas nimiedades de la astronomía con sus esferas celestes. Nosotros hacemos algo parecido pero en época de rebajas.

Está demostrado que nos gusta descubrir lo enigmático y por eso lo de escarbar entre toneladas de camisas, faldas, blusas, camisetas, pololos, sábanas bajeras y demás traperías, hace que esa curiosidad por lo arcano nos asemeje al célebre astrónomo del Renacimiento. En todo esto se forma una especie de desobediencia civil que no hay frenesí que lo supere exceptuando la famosa tomatina de Buñol, y así los atiborrados expositores son tomados como yacimientos de ricos oropeles en donde las telas no son culto de tacto, sino más bien sustancias sometidas a un manoseo tipo levadura madre.

Los probadores se convierten en segundas residencias para algunos o algunas, por aquello de no ofender, quede claro. -¿Cuántas prendas lleva? –pregunta la dependienta. -Creo que unas quince. –Es que el máximo son de cuatro por persona, pero pase usted, estamos en rebajas-. Cuando el fenómeno de las compras al por mayor sobrepasa la capacidad de uno mismo, los armarios roperos de la casa también lo sufren, de ahí los casos conocidos de personas que desaparecen dentro de su propio fondo al ser engullidas por la ingente colección de chollos acumulados en el bargueño. Algunos expertos en compulsión mantienen la teoría de que en dicho fondo suelen formarse agujeros negros. No es para menos por inverosímil que parezca.

Pero volvamos al origen de esta euforia desatada por comprar gangas, porque la cosa comprada no es perecedera, o sea, se puede descambiar y te devuelven el dinero. –Oye Puri, que bien te queda, pero no te va con todo-. Y Puri al día siguiente va y lo cambia, pero compra tres o cuatro cosas monas que el día de antes no tuvo la misma suerte de encontrar. Y a todo esto venga a meter compras en el armario. – ¡Uy chicas, ya no sé dónde guardar las cosas!- Pues yo que tú me cambiaba de piso, ahora hay unos monísimos en las afueras, donde todo son armarios, además son un primor de baratos-.

Las rebajas, si de algo adolecen, es de falta de hermanamiento entre la especie humana. No confundir el buen rollo con el buen chollo es de vital importancia para conseguir el objetivo, porque una vez dentro del recinto nadie suelta la prenda una vez tomada por las agallas como si de un escualo se tratase. Se defiende la propiedad con ardor vikingo y la raza supera cualquier medianía, lenidad o anemia del contrincante, porque la ganga no tiene conciencia y si la tuviera, no tiene precio. El juego está en que una vez dentro de la turba hay que saber controlar la apnea, el resto es cuestión de sentirse bien consigo mismo aunque luego el armario por dentro sea un extraño destino para sus pobladores.

Cada año florecen antes las campañas de estas tentadoras ofertas y así comienza el totum revolutum o lo que es lo mismo, el cómo dejar la economía doméstica más tiesa que una sardina arenque en época de racionamiento. A mi entender, las rebajas están asociadas a una subida de testosterona, hay algo en el manoseo de la trapería que revela sensualidad, erotismo, lo que viene a decir mucho en favor de los tejidos de ahora, pues antes lo único que desprendían era electricidad estática. Con esta estrategia de sustracción de voluntades por el procedimiento del tirón, las rebajas se suman al achique de espacios para el consumismo; pero no me negarán que someter a la tarjeta de crédito a tanto cacheo e incluso a resonancia magnética por aquello de descartar patologías morosas, no tiene glamour. Me imagino a Puri, como a tantos otros, cargados de bolsas llenas de gangas saliendo del agujero negro dispuestos a comerse el mundo. Vaya que sí.