Opinión

Trump desafía al mundo

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Viernes 20 de enero de 2017

Todos los malos augurios, todas las peores predicciones, todos los más oscuros y siniestros presagios advirtiéndonos de que estaríamos al inicio de una era de confrontación, de malas decisiones –muchas sujetas al capricho del factótum del Potomac– y nuestras peores suposiciones, todas sin faltar ninguna, se han materializado. Eso ha sido el discurso de Donald Trump al asumir la presidencia estadounidense.

Ni por error se asomó un estadista. Ni siquiera un político, ya de perdida.

El escenario faraónico más o menos siempre utilizado para la desventurada ocasión, casó muy bien con un discurso pendenciero y camorrista, buscapleitos. Inevitablemente me recordó a Berlín 1933 y a todo lo que siguió después de.

No tuvo que citar a México para decirle que no cambia su política antimexicana y que esperemos lo peor culpándolo de sus desgracias. Pagaremos muy caro haber sido fieles a su industria y sus productos. Tan encandilados muchos mexicanos con lo gringo. Sí pudo declararle la guerra santa al fundamentalismo islámico. Ha puesto así en grave peligro a su país. No tuvo que ser populista, sino recalcitrante puritano del siglo XVII para decir que Dios los protegerá –hagan lo que hagan, malo incluso, a lo cual yo tengo mis serias dudas de que Dios dé para tanto– y no tuvo que decir más para sepultar el libre comercio invocando la protección de sus fronteras y su mercadería. Se fue de boca.

En verdadero plan picapleitos, Trump habló mientras el mundo contenía la respiración. Su actitud de buscarruidos la hemos verificado porque detrás están los empresarios que se frotan las manos con el negocio del enfrentamiento al que ha apelado. Ya su vocero adelantó que recurrirá a órdenes ejecutivas para actuar.

No, no es aislamiento lo que propugnó Trump, sino imponer sus reglas dentro y fuera y de forma cuasiunilateral. Hacia adentro, como si se dirigiera a la sociedad blanca racista de siempre con que se distingue a los Estados Unidos, sea de costa o interiores, tanto monta, olvidando que esos tiempos añorados de la sociedad blanca que imponía su razón a las minorías ignorándolas y acallándolas, hace décadas que ya no es ni ya es posible otra vez, pero que es comprensible que la invoque él, Trump, babyboomer benefactor de los Años Dorados de sus entretelas, como para que siga rumiando como si con ello volvieran como por arte de magia y bastara un simple ¡abracadabra! cuajado de racismo, para conseguirlo; y a punta de racismo, pudieran regresar esos tiempos idos en que un negro, un indio o un hispano indeseables, no contaban y estaban fuera de todo, de la televisión al cine, de los equipos de béisbol a las universidades. No, señor Trump, usted no le ha hablado a una sociedad blanca mayoritaria y aplastante, ya muerta. Y hacia afuera como si solo su país mandara en el mundo. Cuán equivocado va.

Ha dicho que defenderá los empleos y las empresas de su país. Que los triunfos de los políticos no eran los de los ciudadanos y que hoy, 20 de enero de 2017, Washington devuelve el poder al pueblo. Vamos, que eso diga de sus políticos, de sus decisiones propias y de Washington, novia del capital y el intervencionismo planetario, conduce a expresar que el (mal) chiste se cuenta solo.

Tanta estulticia, tanta chulería y desfachatez me dan urticaria. Ha dicho Trump que su país no piensa imponer su forma de vida a los demás. ¿No? ¿Qué hacemos pues, con esa propaganda que ha versado en torno a que lo mejor en la vida es el American Way of Life que lo soporta?. Dice que otros países se llevaron sus empleos e industrias. Que en cambio recibieron ladrones. Tanta piedad y tanta inocencia no me cuadran. Vamos, esas industrias se fueron por pagar sueldos baratos y explotar obreros en otros países. Como en México, por cierto. Y entraron a muchos países detrás de invasiones estadounidenses y matando la industria local con prácticas no tan legales en muchos casos. Muchas son corruptas y venden malos servicios que en EE.UU. son mejores, pese ser la misma marca. Eso es robarle a terceros. De eso no habló Trump. No han sido tan buenitos.

No lo hicieron de forma gratuita. Han sacado mucha raja en su provecho al irse de EE.UU., país que dejó de ser competitivo hace mucho tiempo y no lo será forzando las reglas del capitalismo, como lo pretende Trump. Todo esto es como para decirle a Trump: “estás de diván. No te adornes tanto”.

El discurso echó mano de espacios comunes tan del gusto de los estadounidenses, en una capital sitiada como nunca por el descontento a su persona. El presidente de más baja estima, un 40% histórico, ocupará el lugar de un saliente Obama que se marcha con un 60% de aceptación en el bolsillo, que como sea, supone un casi la mitad que lo rechaza, también dígase, aunque se trate de Obama, tan idolatrado últimamente.

Ya advirtió que reforzará a su ejército, ergo se entiende, apostando a la economía de guerra otra vez, para salir del hoyo sin atender los problemas estructurales de su país. Como ya dije, Trump ha sentenciado a muerte el libre comercio que tanto promovió y obligó Estados Unidos al mundo a seguirlo, porque ya no le reditúa, por ya no ser competitivo. A México y a Canadá amenazados con cancelarse el TLCAN (uno exporta 75% de su mercancía a EE.UU. y el otro el 80%) o a doblegarlos en una renegociación solo favorable a EE.UU., solo les resta cerrar filas o los colgará por separado, parafraseando a un prócer de la independencia estadounidense. Y que Europa tome su parte de esa moraleja.

China y Rusia han sido aludidas de refilón. Como considero que estamos en una segunda Guerra Fría pero a 3 bandas, a Pekín y a Moscú no se les puede hablar con rabietas ni fanfarronerías como si te dirigieras a rancheros incautos de Oklahoma. Eso a guárdeselo para casa, tragándolo con un buen pay de calabaza. China y Rusia son otra cosa. Trump parece ignorarlo.

Al “Que Dios me ayude” que pronuncian hieráticos y acartonados los mandatarios estadounidenses, cariacontecidos al jurar su cargo, el mundo bien debe de responder tras de haber contenido la respiración y clamando al Cielo: “Y a nosotros también…que lo vamos a necesitar mucho más”. Porque un discurso tan racista y tan excluyente, recalcitrante y apelando a lo más rancio y vetusto de la ajada democracia estadounidense, jamás serán buenas noticias para el mundo y de verdad que no lo será para sus conciudadanos. Que le aplaudan como focas. Allá ellos.