Opinión

La libertad apaleada

TRIBUNA

Francisco Massó | Sábado 21 de enero de 2017

En el plano personal, el concepto de libertad se nos pierde en el bosque de los diferentes condicionamientos, algunos prenatales. Es como un hada evanescente que se diluye en la bruma, o un canto de sirena que seduce tanto como halaga, pero no tiene origen ni destino.

La biología dicta sus leyes, inexorables, ante las cuales sucumbimos, o contra las cuales luchamos, en los procesos de contradependencia inducidos. Por ejemplo, el hambre habla de una necesidad física perentoria, que nos puede llevar a robar para comer; esta decisión puede tener consecuencias jurídicas temibles. En el polo contrario, la anorexia puede antojársenos un valor ideal, a base de frustrar la satisfacción de esa misma necesidad básica, aunque ponga en riesgo nuestra supervivencia: santa Catalina de Siena llegó a purgarse comiendo hierba, aunque no hubiera ingerido nada, desde varios días antes. Murió escuálida, a los treinta y tres años y es doctora de la Iglesia. Se mató de hambre, a fin de convencer al Papa para que volviera a Roma. No es la única anoréxica venerada; y la Iglesia no las retira del Santoral.

La psique obedece las costumbres que le aportan refuerzo (condicionamiento clásico de Pavlov), o lo anticipan, en el caso del condicionamiento instrumental. Somos un “animal de costumbres”, dice el tópico. Pero, no de cualquier costumbre. Somos fieles de aquellas que se demuestran eficaces en la satisfacción de necesidades; secundarias todas, es posible, pero contundentes para masacrar la espontaneidad y reducir el margen de indeterminación de la conducta; es decir, suprimen la libertad. Los refuerzos que movilizan motivación anticipan la gratificación y nos liberan del estado de ansiedad que suscita la necesidad; y también menguan los márgenes de decisión, ya que elegimos, equivocados o no, la opción que augura mejor resultado.

La libertad individual parece derretirse como la escarcha a medio día, dejando desnudo el esqueleto de lo útil, en sentido amplio, que va de lo epicúreo a la sublimación mística. Sin embargo, el hombre es un gran elector que, si le dejan, se construye a sí mismo, eligiendo a veces con acierto, otras con error.

Lo que nos hace elegir es nuestra propia diversidad: somos diferentes en el origen, distintos durante el proceso y únicos al final. Porque, de entrada, no nacemos iguales; después, si podemos, nos desarrollamos de forma desigual, incluso respecto a nosotros mismos: cada elección nos diferencia del autor que la eligió; y al final, cada uno se muere dejando un canto a la individualidad.

Frente a este prurito a favor de las opciones, el Estado se declara enemigo acérrimo, incompatible con ese afán hacia la singularización personal de cada hombre. Lo específico del Estado es la norma, hacer leyes, a ser posible, de previsiones geométricas y precisión matemática, como si se tratara de diseñar un panal de abejas: igualitarismo por doquier, orden, regularidad, obediencia ciega, trabajo de obreras, que contribuyen sin descanso al mayor esplendor del reino, porque un panal es un reino, bajo régimen absolutista.

Por naturaleza, todo Estado es opresión. La palabra “Estado” alude a algo fijo, lo que está y se mueve lo menos posible, dicen que por dar seguridad jurídica, o quizás, cerrando el círculo, asegurar lo establecido. La tendencia al estancamiento la corroboran los hechos del Estado: las constituciones, leyes, reglamentos, protocolos y todos los acólitos que las ejercen, cuyo celo, a veces, es más determinante que la propia legislación y su desarrollo.

El Estado es un dios nuevo, que anda entre los pucheros, o produciéndolos con sus maneras imperiales. Antes de nacer, decide sobre la vida o la muerte del nasciturus. Convierte al bebé en heredero de deudas que él no ha contraído. Enseguida, se encarga de su educación, obligándole a un tipo, contenidos, lengua vehicular, método didáctico y valores a incardinar. El Estado acomoda las aspiraciones y el desarrollo de la persona para mejor provecho del propio Estado. Una vez alcanzada la madurez de obrero, la persona contribuye, por imperativo legal, al sostenimiento del Estado, de forma directa (IRPF) y por todos los infinitos caminos de la contribución indirecta, sea con tasas confiscatorias, sea de forma más discreta, a excepción de las SICAV o algunos con apellido Pujol. Incluso hay doble contribución: una por trabajar, la general, y otra por gastar parte de lo trabajado (IVA y los demás), o por haber ahorrado la otra parte de lo trabajado (sucesiones y donaciones).

El Estado lo sabe todo, tiene ordenadores ingentes, cuyos datos son cruzados hábilmente, para que no se escape ningún atisbo de libertad individual, sin su conocimiento, por si hay que intervenir, o chantajear, que todo puede darse.

La salud, la enfermedad y la muerte siguen en manos del Estado, que dispone los pagos y copagos, cuidados paliativos, eutanasia, o cuidados “ad infinitum” del equipo médico habitual, cuando al Estado le conviene alargar un remedo de vida, por insignificante y doliente que sea. Después de muertos, aún viene el IVA del entierro, los abintestatos, escrituras, registros. Asfixiante. No paramos de tanto pagar, ni aun después de haber parado.

El Estado y sus diecisiete estadillos son un inmenso Leviatán, carísimo de sostener por su omnisciencia, omnipresencia y omnipotencia, multiplicadas por dieciocho, que protege tanto más a sus acólitos cuanto más cerca anden del núcleo del gigante. Al jefe del Estado lo declara inviolable; los fieles servidores están aforados y los cesantes cuentan con un pingüe pasar. El pueblo soberano paga, calla y se cree libre. Las abejas, probablemente, también.