Mi abuelo me enseñó a admirar a los Estados Unidos. Desde niño, aprendí a admirar su literatura, su cine, su tradición de patriotismo, libertad y responsabilidad individual. Crecí con las historias de la Revolución Americana desde Benjamin Franklin hasta Paul Revere y su cabalgada de medianoche avisando a los colonos de que el ejército inglés se aproximaba. El Ferrocarril Subterráneo o la lucha por los derechos civiles nos hablan de lo que los seres humanos somos capaces de hacer cuando nos situamos en el lado correcto de la historia. He recordado a las generaciones de jóvenes estadounidenses que dieron su vida por la libertad de Europa. He llorado con las víctimas de sus atentados y he cantado su himno sintiendo que, de algún modo, también era el mío y el de todos los que creemos que los seres humanos nacemos libres e iguales y que estamos dotados por nuestro Creador de ciertos derechos inalienables entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
Por ese ideal, los Estados Unidos han sacrificado -en sus más de dos siglos de existencia- vidas y hacienda. Combatieron en dos guerras mundiales. Lideraron la lucha contra el comunismo en un tiempo en que nuestra civilización pudo desaparecer tal como la conocemos. Sufrieron atentados terroristas que conmocionaron al mundo y marcaron un punto de inflexión al comienzo de este siglo. Durante décadas, los Estados Unidos fueron el refugio y la esperanza de millones de seres humanos que se enfrentaban y se enfrentan con tiranías y teocracias. Al pie de la Estatua de la Libertad están escritos los versos de Emma Lazarus que rezan “traedme vuestros cansados, vuestros pobres, vuestras hacinadas masas que anhelan ser libres”. Esos mismos puertos que -como los de la Argentina y Venezuela a los españoles- acogieron a millones de emigrantes, encarnaban la promesa de una vida mejor para quien trabajase duro.
Ningún país es perfecto. Ningún pueblo está libre de cometer errores, pero el estadounidense ha mostrado un coraje y una entereza admirables a la hora de afrontar sus páginas más oscuras. Por supuesto, a veces los Estados Unidos se traicionan a sí mismos, pero -a diferencia de otros- son capaces de ver su pasado con sentido crítico. En 2012, el anuncio para el intervalo de la Superbowl tenía a Clint Eastwood de narrador. Decía:
“Después de esas dificultades, todos marchamos juntos en torno a lo que está bien y actuamos como uno solo. Porque eso es lo que hacemos. Encontramos un camino a través de los tiempos difíciles y, si no podemos encontrarlo, lo haremos”.
En los últimos años, la división entre los estadounidenses ha sido profundísima. Las diferencias respecto al modelo de sociedad, la corrección política y otros tantos puntos de fricción entre los distintos sectores de la sociedad han terminado en la división que vimos el viernes durante la toma de posesión del presidente Trump. Bill Maher bromeaba hace unas semanas diciendo que no había una división así en los Estados Unidos desde la Guerra de Secesión. Tras el chiste, late una verdad amarga.
Abraham Lincoln, sobre cuya Biblia ha jurado Donald J. Trump, declaró el 16 de junio de 1858 que “una casa dividida contra sí misma no puede tenerse en pie”. Tomaba la metáfora del Evangelio según San Marcos (3, 25). Me gusta pensar que los Estados Unidos siguen siendo ese lugar en el que la Biblia forma parte de la cultura popular, pero sé que también esto corre el riesgo de desaparecer. También aquí -en la cuestión religiosa- yace parte del problema que se manifestó en las imágenes del National Mall medio vacío. Por hacer honor a la verdad, hay que advertir del riesgo de tomar una imagen aislada. Esa división no tiene una única causa ni un único responsable. La alienación que durante años vienen sintiendo parte de los votantes de Trump, tiene raíces muy profundas que van desde la imposición de ciertas políticas identitarias y de género hasta la ridiculización habitual de los sectores más tradicionales de la sociedad estadounidense.
Veo con mucha preocupación el ascenso de los discursos nacionalistas, racistas y xenófobos en Europa y en los Estados Unidos, pero también me inquieta el populismo de izquierdas con sus imposiciones ideológicas y su fascinación por las dictaduras. Al día siguiente de la toma de posesión del presidente Trump, la Marcha de las Mujeres recorrió en protesta las principales ciudades estadounidenses. Los intentos de deslegitimar la presidencia que ha comenzado no permiten augurar que esa división vaya a superarse a corto plazo. Por lo pronto, Donald J. Trump ha programado una batería de órdenes presidenciales para cambiar las políticas de Barack Obama.
Los Estados Unidos han atravesado periodos durísimos a lo largo de la historia. Se han sobrepuesto a todos. Estoy seguro de que también superarán este tiempo de división y conflicto. La vocación atlántica de España, que mira a tres continentes desde el extremo sur de Europa, me hace sentir muy próximo de todo lo que sucede al otro lado del océano. La presidencia de Donald J. Trump marcará el ritmo de los acontecimientos en todo el mundo y, desde luego, en el Viejo Continente. Hasta cierto punto, también nosotros podemos hacer nuestras las palabras de Winston Churchill el 24 de diciembre de 1941 cuando la noche más oscura se cernía sobre Europa:
“Paso este aniversario y esta fiesta lejos de mi país, lejos de mi familia, pero no puedo decir en verdad que me sienta lejos de mi hogar. Sea por lo lazos de sangre por parte materna o las amistades que he desarrollado aquí a lo largo de muchos años de vida activa, o el predominante sentimiento de camaradería en la causa común de los grandes pueblos que hablan la misma lengua, se arrodillan ante los mismos altares y, en buena medida, persiguen los mismos ideales, no puedo sentirme un extraño en el centro y en la cumbre de los Estados Unidos”.
Me preocupa que los populismos de izquierda y derecha terminen haciendo irreconocible a Occidente a ambos lados del Atlántico.