Opinión

Del humanismo como plaga

TRIBUNA

Víctor Rodríguez Gago | Lunes 23 de enero de 2017

Que se nos fue la mano con el humanismo, lo prueba la utopía animalista hoy en boga. Una cosa es nombrar senador a tu caballo y otra distinta, buscar a Platero “pequeño, peludo, suave”en cada fiera. Leí un artículo para turistas que van a Tailandia y están pensando en dar un paseo en elefante. ¡Tailandia: qué bien suena! Y calculé cuántos combates de kick boxing tendría que ganar para poder pagármelo. Combates a muerte, claro, y con cristales en los puños, que si no, no llega para el billete de Air Thai.

La autora denuncia el maltrato a los elefantes amaestrados. Describe cómo los capturan siendo solo unos cachorros. Se demora contando que, con los padres vivos, acercarse a las crías es imposible, así que, matan a los adultos y se llevan a los recién nacidos. Luego, los encierran y muelen a palos para amaestrarlos, según un ritual chamánico que dura varias semanas y culmina en la separación del alma y el cuerpo. Ahora vas, y pides langosta cocida viva para cenar en tu resort tailandés, maldito fascista asesino.

Leer artículos de viajes éticos que nunca podrás pagarte tiene alguna que otra pequeña ventaja. A diferencia de la plaga humanista, que ve lo humano en todas las criaturas menos en el hombre, uno puede disfrutar de la brutalidad y darse el lujo de tener, como Hamlet, sólo pensamientos sanguinarios.

En el capítulo cuarto de su Historia general y natural de Las Indias, Fernández de Oviedo cuenta que un negro cimarrón de La Española, un rebelde, un fugitivo de la esclavitud, ha vivido oculto y “en cueros” por las sierras de la isla durante doce años, en compañía de “una puerca e dos puercos mansos”, a los que adiestra para que cacen cerdos salvajes, “de los cuales hay innumerables en esta isla, de los que se han ido al monte de los que se trujeron de España”. El hombre vive, come y duerme “entre aquella su bestial compañía, rascando horas al uno e horas al otro”.

Fernández de Oviedo nos proporciona dos datos muy valiosos acerca del cimarrón. Uno: “hablaba nuestra lengua castellana muy bien”; y dos: usa el idioma y la ciencia de los europeos para adiestrar a los cerdos, para cazar y destripar a otros cerdos, de tal forma que “uno hacía el oficio de sabueso, e el otro de lebrel, e la puerca era consorte e coadjutor de los dos cuando era el tiempo que convenía ayudarlos”.

Capturado por el capitán Antonio de San Miguel, la patrulla a su mando sacrifica a los cerdos y se da un banquete. Fernández de Oviedo concentra entonces la intensidad del relato en el desconsuelo del cimarrón, al que da voz por primera y única vez: “Estos puercos me daban a mí la vida e me mantenían e yo a ellos; eran mis amigos e mi buena compañía; el uno se llamaba tal nombre, e el otro se decía el tal, e la puerca se llamaba la tal (como él los tenía nombrados)”. La respuesta del capitán español, arrepintiéndose de haber matado a los cerdos, expresa respeto por el pacto del fugitivo con la naturaleza. Ese pacto solo puede cumplirse en la violencia. Para Fernández de Oviedo, no es posible humanizar a los animales sin animalizar al mismo tiempo al hombre. Solo Bartolomé de Las Casas, Montaigne y sus acomodados tataranietos indigenistas de hoy siguen creyendo en la patraña del buen salvaje y las bestias mansas.

Hay que volver a rescatar el humanismo de las garras de la religión, como hicieron nuestros ancestros del Renacimiento. Cuando Bacon entra en el jardín del conde de Arundel y ve las esculturas antiguas de héroes desnudos, exclama: “The resurrection!”. Hoy, la condena a la carne no se propaga desde púlpitos tridentinos, sino desde el mullido sofá urbano y occidental de la catequesis exotista. A veces sueño que los elefantes vienen de vacaciones a Europa y nos liberan.