Opinión

Tú mereces que te quieran

EPPUR SI MUOVE

Antonio Hualde | Martes 24 de enero de 2017

Metro de Londres. Desde mediados de 2001, una anciana pasaba horas sentada en la estación de Embankment. Y sonreía cada vez que por megafonía una voz algo antigua decía aquello de main the gap. Era la voz de su marido, un actor británico llamado Larry Oswald encargado de grabar las locuciones del Metro al acabar la Segunda Guerra Mundial. Larry murió en 2001, habiendo vivido casi medio siglo de felicidad plena junto a su mujer. Y a ella le gustaba seguir oyéndolo. Por eso, cuando la tecnología dio paso a nuevos sonidos más actuales, pidió a los responsables del Metro si podían proporcionarle un CD con la grabación original. Estos, conmovidos, no sólo accedieron a su petición, sino que conservaron en aquella estación el mensaje original de Larry Oswald.

El año pasado, en Estados Unidos, millones de personas se emocionaron con la historia de Fred Stobaugh quien, tras perder a su mujer después de 75 años de matrimonio, compuso para ella una canción preciosa. Fred Stobaugh tenía 96 años, nada menos. Escuchar su Sweet Lorraine es una de esas experiencias que reconforta y conmueve a partes iguales. Son sólo dos ejemplos de los muchísimos que hay por doquier sobre hombres y mujeres que se quieren. Frente a ellos, siempre hay algún malnacido -.demasiados, por desgracia- que pagan sus frustraciones pegando a la mujer que tienen al lado.

Es ya célebre el imán de una mezquita de Ceuta que animaba a las mujeres a no denunciar los malos tratos de sus maridos. Algo similar a lo acontecido en la de Fuengirola, o en la de Lérida, o en tantas otras. Aún más aterrador resulta el trasfondo de la bronca que un alto mando del ejército afgano les estaba echando a dos jóvenes oficiales, sorprendidos mientras maltrataban a unos reclutas. “¿Qué cosa pensáis, que esto es vuestra casa, donde podéis golpear a vuestras mujeres cuando os venga en gana?”. Revelador. De todos modos, la violencia de género no es exclusiva del Islam. Tampoco entiende de clases sociales o nacionalidades; alimañas hay en todos los sitios y en todos los ámbitos.

De un tiempo a esta parte, da la impresión de que afloran más y más casos. En teoría, avanzamos hacia la igualdad y el respeto, pero en la práctica sigue habiendo disfunciones -si es que se puede llamar “disfunción” a gritar o poner la mano encima a una mujer-. Se me revuelve el estómago cada vez que oigo la noticia de un fulano que, tras matar a su pareja, se suicida. Pena de error de cálculo, lo suyo sería hacerlo al revés; empezar por él mismo. ¿Qué se puede hacer para acabar con algo tan aberrante? ¿Cuál es la solución para evitar cualquier tipo de maltrato -ojo, no sólo el físico; el psicológico, aún más frecuente, es a veces mucho peor-?

El papa Francisco dice que hay crisis de valores, y no le falta razón. Unos cuantos siglos atrás, San Pablo escribía en su carta a los corintios aquello de “si no tengo amor, no soy nada. El amor es comprensivo, el amor e servicial y no tiene envidia; el amor no es presumido ni se envanece; no es mal educado ni egoísta; no se irrita ni guarda rencor; no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, soporta sin límites”. Es la esencia de la pareja. Y un auténtico privilegio. Aquel que insulta, pega o mata no sólo comete un acto execrable, sino que reconoce su inferioridad y su podredumbre moral. Estoy harto de oír tanta miseria. Prefiero escuchar Sweet Lorraine. O, en su defecto, main the gap.