En un Congreso Internacional de Periodismo, celebrado recientemente en Málaga, se opusieron dos conocidos periodistas en relación a una cuestión recurrente: ¿los contenidos de la televisión son demandados por el público o simplemente dispensados por los responsables de la programación? ¿Es el público el que exige espectáculos grotescos y degradantes o es un oscuro interés, oculto tras los responsables de la programación, el que pretende audiencias romas y estupefactas? Dar lo que se pide y pedir lo que se da, son dos momentos de un continuo que quedan pendientes del mismo fondo oscuro e impersonal.
Recuerdo, ya hace muchos años, al ínclito Sardá oponer un mando a distancia a los críticos de sus Crónicas Marcianas. Si no les gusta cambien de canal, no pretendan suprimir un programa de gran audiencia, por tanto, de enorme éxito. Esto acababa significando de incuestionable valor. Fanáticos intolerantes, insultan al público masivo ofendiendo la naturaleza de su entretenimiento, decía. Por supuesto, en el alegato del presentador el público se confundía con la gente y, finalmente, con el pueblo para concluir: vox populi, vox Dei. En aquel programa se escarnecía entre otros a Manuel Reyes, por entonces famosísimo con el nombre de Pozí, un hombre sin suerte, corcovado, desdentado y feo, pero capaz de inducir ternura incluso tras sus explícitas insinuaciones sexuales, o su ofendida dignidad. Era sólo uno más de un extenso catálogo de nombres despreciados. Figuraron un tiempo ante las cámaras en nombre unas veces de su marginalidad, otras veces de su desgracia o de su inconsciente o intencionada procacidad. Allí solía deshacerse de sus pantalones un Boris Izaguirre, hoy consagrado escritor que, como el programa mismo, goza de una profunda respetabilidad. De vez en cuando se reclama el regreso de aquel viejo programa dotado, al parecer, de espontaneidad, improvisación y radical inteligencia. Pero ya antes se había importado un tipo de programa de última hora (late night show) de contenido pautadamente indecente, entre lúbrico y banal, con recursos a un humor de pesado calibre: Esta noche cruzamos el Misisipi. No sé si fue éste o quizás otro el primer programa en cruzar el Rubicón de una cierta respetabilidad, que sería tildada de hipócrita y, al parecer, desvelada como simple telón de unas prácticas y maneras edulcoradas y falsas, ropaje microburgués de una realidad que sólo sería visible en los nuevosrealities.
Ante el espectáculo de esta presunta realidad se alzaron pronto críticos que, apelando a la mítica Cultura, requerían una u otra forma de censura de esos, digamos que reales, contenidos. La zafia desenvoltura, la insolencia impúdica procederían de una calculada programación por parte de oscuros intereses político-económicos. Poderosos que, ocultos tras la cámara, programarían la conversión del público en populacho o mero vulgo. Su victoria consistiría en la disolución de la capacidad crítica, en la desmovilización de una sociedad atónita y embrutecida por la mala calidad de su régimen cultural.
Mi memoria se detiene en ese pasado próximo, pero la cuestión es tan vieja como nuestra ya rancia modernidad. ¿Se da lo que se pide o se pide lo que se da?: no comprendamos el pronombre impersonal en alusión a un sujeto desconocido (los poderosos escondidos que programan en las cadenas de televisión), ni a un sujeto sin naturaleza (la muchedumbre vulgar que demanda espectáculos elementales). El pronombre señala como sujeto al curso impersonal de la sociedad moderna, que envuelve tanto a las poderosas élites que programan en la sombra, cuanto a las audiencias que reclaman una fácil diversión. La sociedad moderna se define negativamente como resultado de un proceso de crítica corrosión de una comunidad anterior, una liberación estrictamente negativa de los vínculos que subordinaban unos hombres a otros, arrastrando así la crisis de cualquier noción de autoridad. Lo que en nuestra modernidad se exhibe y se contempla es producto de un movimiento igualitario y abstracto, el curso inexorable de una profunda democracia, que – trascendiendo a programadores y espectadores – conduce al respetable gentío de ciudadanos consumidores, al que repugna cualquier idea de autoridad.
Por lo demás, nadie idealizará impunemente esa comunidad pretérita. Así como Rousseau no pudo encontrar o no quiso ver en el Antiguo Régimen la idílica época en que regían “las buenas costumbres y los hábitos prudentes”, tampoco Jesús Quintero puede encontrar o quiere ver en nuestro viejo régimen dictatorial el tiempo de los nobles espectáculos. La sugerencia de que Rousseau estuviera idealizando la “barbarie feudal y la oscuridad gótica” le inquietó hondamente. Que nadie sugiera que Quintero idealiza la vieja televisión del segundo tercio del siglo XX, la televisión franquista. En efecto, incluso Carlos Alsina prefiere encontrar el vacío en la nostalgia de J. Quintero, añorante “de un tiempo maravilloso” que no sólo no existe ya, sino que – a su juicio – “nunca existió”.
Pero si concedemos la fantástica irrealidad de esos soñados espectáculos honestos y sutiles sólo nos queda esperar que Boris se baje una vez más los pantalones, en su esperada visita a la casa de Bertín.