Instalado ya en la Casa Blanca, Donald Trump está dispuesto a llevar a la práctica su discurso con todo lo que tiene de preocupante. Especialmente en política internacional donde ha entrado como un elefante en una cacharrería. Y no solo por la delirante “solución” que quiere darle al complejo asunto de la inmigración mexicana a Estados Unidos, y, por ende, de toda la hispana. La postura del flamante presidente norteamericano frente a la Unión Europea (UE) es, y no hay que tener miedo a las palabras, una amenaza en toda regla. Una amenaza que aprovecha la nada fácil situación de la UE, con la crisis de refugiados aún sobre la mesa y populismos rampantes, y ante la que es indispensable y urgente reaccionar.
En este sentido, hay que valorar positivamente la reunión celebrada ayer entre Angela Merkel y François Hollande. La canciller alemana y el mandatario francés han unido fuerzas para plantear a la UE en la cumbre comunitaria del próximo 3 de febrero en Malta una actitud conjunta frente a los desafíos, y no es el menor de ellos, sino todo lo contrario, la llegada de Trump al Despacho Oval. No hay que restar importancia a su alborozada alegría cuando ganó el Brexit en el referéndum británico y su instigación a que otros países siguieran ese camino, ni a su inaudita sintonía con un Putin expansionista. El envite de Trump no persigue otra cosa que la desestabilización de la UE con el insólito propósito de procurar su disolución: en una palabra, Trump aboga por liquidar sesenta años de política americana que desde Rooselvet y Truman ha buscado la cohesión y la alianza con Europa frente al expansionismo ruso. Una política que ha traído al mundo seguridad, paz y prosperidad durante más de setenta años.
La reacción de la locomotora de Europa, el eje franco-alemán, va en la buena dirección y a ella deben sumarse todos los países. Pero no es suficiente y no puede quedarse solo en mero voluntarismo. La UE tiene que prever las situaciones que puedan venir -y la relación entre Trump y Putin no pronostica nada halagüeño-, y no repetir errores como el de no prevenir con anticipación, y dar respuesta, a que un conflicto como el de Siria ocasionaría la masiva huida de personas que llaman a la puerta de Europa.
La UE tiene que mostrarse unida y firme y adoptar medidas concretas que desaminen a que haya más desertores, lo que sucedería si se llega con Gran Bretaña a acuerdos muy benévolos, como aceptar que restrinja la libre circulación de personas, pero continúe beneficiándose de la de mercancías, como, entre otras cosas, parece pretender la primera ministra británica, Theresa May, que ya ha empezado a poner trabas incluso al programa Erasmus. Y que hagan retroceder a Trump en su ofensiva antieuropea. Es evidente que el magnate metido a político sueña con una Europa desunida, débil, nacionalista y enfrentada entre los diversos países. ¿Permitirá esta que ese sueño se cumpla?