Carlos Floria | Martes 24 de junio de 2008
“Unos cuarenta años atrás, sobre las riveras del Rhin, mientras leía apasionadamente a Hegel, Marx y Max Weber, concebí el proyecto que hice mío: pensar la Historia en tren de hacerse, asumir las servidumbres con toda la lucidez posible, descifrar su significación sin olvidar jamás que esa significación no está inscripta en los hechos ni determinada con anticipación...”.
Raymond Aron, un clásico contemporáneo de los estudios políticos se presentaba así ante los jóvenes inquisidores de su época quienes demandaban al “espectador comprometido” -título de sus memorias y su modo de ser intelectual- dónde comenzaba a construir la unidad de su obra. El filósofo engendraba al historiador como la teoría engendra la historia. Sin ésta la explicación política, tarea difícil, sería incompleta y al cabo desarraigada.
El observador comprometido se había propuesto lo que fue clave en su vida: la historia del presente, una historia actual, frente a la cual la mayoría de los historiadores tradicionales se detienen con una mezcla de duda y temor. Sin embargo aquellas son posibles en la medida que el historiador domine sus pasiones, declare sus preferencias valorativas por las cuales la absoluta objetividad no es propia de las ciencias sociales, pero se distinga del ideólogo militante o del político manipulador del pasado.
Aquellas lecciones tienen total pertinencia para la explicación política de nuestro presente a partir de una interpretación apropiada de nuestro pasado Interpretación que, aplicada al pasado nacional y al pasado internacional no puede ser sino problemática y por lo tanto no aceptable para todos. Pero el “espectador comprometido” debe intentarla como un nivel indispensable del conocimiento político. Aún sabiendo que la imparcialidad no suele ser atendida, cuando no es manipulación deliberada pasa a través de un filtro eficaz: el método cuyas etapas son: relato, análisis, interpretación y crítica.
Ese recorrido intelectual hace que lo “inexplicable” en apariencia y destino sea probablemente “explicable”, en el sentido de lo “inteligible”. Michel Winock, examinando lo que llama “el siglo de los intelectuales” en ensayo de fines del siglo pasado, señala que Aron publicaba en medio de la lucha ideológica, proclive a una literatura a menudo delirante y sorprendía por un tono que “no era de época”, un tono... moderado. Moderado pero no desde un carácter débil, sino desde una experiencia aprovechada, una cultura adquirida, una pasión dominada, una “razón razonante”, combinación de mesura en las palabras y firmeza en la conducta.
Me detuve en una descripción condensada de ciertas enseñanzas de un maestro hoy reivindicado porque desde el testimonio fecundo e inteligente recibí una demostración en anécdota personal que me parece del todo pertinente para nuestro abordaje de la Argentina contemporánea y sus derivas posibles. En breve: un anochecer tormentoso de un invierno parisino en su despacho en la revista L’Express. Una conversación sobre la política argentina, que según Aron sostenía, era por lo menos desconcertante. No sólo para él, añadiría por mi parte...
En medio de la conversación se hizo presente un discípulo maduro y estimado por Aron: Stanley Hoffmann, en su “etapa francesa” -es austriaco de nacimiento, me dijo- y años después uno de los académicos de Harvard con fama hoy consolidada por sus estudios internacionales desde su “etapa norteamericana”, durante la cual dirigió el departamento de Relaciones Internacionales de la universidad. Entró agitado, y agitando unas hojas que contenían el proyecto de un capítulo sobre el colaboracionismo en la Francia invadida por los alemanes y los nazis durante la segunda guerra civil europea, o “guerra mundial”. Capítulo que había elaborado durante meses, fue criticado con severidad y acidez por Le Monde y Le Figaro, la izquierda y la derecha. ¿Qué pensar? Aron le dijo: “mire Stanley, hay temas que por la naturaleza del objeto son endemoniados…”
Ese encuentro sucedió en el comienzo de los años 60. Lo tuve siempre presente y mucho más cuando nuestros en los años 70, y después, y ahora.
Los historiadores de la academia francesa discutían en esos días el comportamiento represivo de los jacobinos con los campesinos en Véndée... En el mundo entero abundan los casos nacionales cuya historia fue habitada por tiempos endemoniados. Y así el difícil inventario del siglo XX, uno de los políticamente más perversos de la historia.
En la Argentina estábamos a las puertas de la década –entera- de los 70 (que ciertos sectores militantes del nacionalismo y del peronismo procuraron reducir a los años del Proceso), década durante la cual hubo militarización y violencia en la sociedad militar pero también en la militancia civil, en el lenguaje y, al cabo, un proceso de degradación de la cultura política. Proceso que venía sucediendo a través de manifestaciones reiteradas que invocaban signos diversos, al menos desde el golpe de estado de 1930.
Adviértase, pues, la importancia de una lectura de la historia contemporánea que cumpliese las condiciones de partida y de llegada enunciadas por Raymond Aron. Compárese las exigencias de la propuesta con la manipulación del pasado y del presente por tirios y troyanos, pero al cabo con mayor responsabilidad de las dirigencias políticas y sociales sucesivas, y de la sociedad intelectual en la Argentina contemporánea, desde el 30, y en el presente y futuro previsible. Fue circulando atribuida a los tiempos de la presidencia de Raúl Alfonsin lo que se llamó -y se llama con frecuencia con trivialización intelectual y periodística- la teoría de los dos demonios.
En primer lugar, diría que de teoría no tiene nada, porque evoca una bandera de combate ideológico. En segundo lugar, la historia que he vivido no fue habitada por “dos” demonios, sino por decenas, centenares de demonios en los sótanos de la sociedad argentina mientras en la superficie se vivía formalmente como una sociedad política normal cuando en rigor la única ley que protegía a los habitantes era, como propuso un humorista de esos tiempos, la “ley de probabilidades”... Nuestras vivencias eran en términos políticos el predominio del temor que envilece, del “estado de naturaleza” hobbesiano en el cual los valores más preciados relativos a la libertad, la justicia, la igualdad ceden ante la demanda casi desesperada de seguridad. En el estado de naturaleza hobbesiano se vive la ley de la selva. No se vive, pues, se “sobrevive”. Y esa percepción desoladora fue impuesta por la violencia como ideología, la militarización como una suerte de subcultura envilecida, el terrorismo desde el Estado -la “triple A” y el lopezrreguismo- y desde sectores de la militancia y por fin, con el añadido de una pretendida justificación propia de los extremismos de la “guerra fría”, desde el Estado militar llamado el Proceso, con resonancias kafkianas.
Cuando Raymond Aron evocaba dramas y tragedias en las que la “naturaleza del objeto” era endemoniada, aludía a dos tiempos de tragedia de la historia contemporánea francesa: el colaboracionismo en la segunda guerra, y la guerra de Argelia. De ésta procedieron las metodologías de la “guerra revolucionaria” y de la “guerra antisubversiva”, y de ambas la explicación “moral” de la tortura, entre otras derivaciones perversas. Y de tal ambiente la admisión de que la esencia de lo político estaba constituida por la relación dialéctica entre lo público y lo privado, el mando y la obediencia , la amistad y la enemistad. Pero con declinaciones sutiles y graves. No la relación entre aliados y adversarios, pues, sino entre el amigo a quien todo se justifica y el enemigo para quien no hay siquiera justicia, según un muy antiguo adagio expresivo del envilecimiento de la política. Para las militancias enfrentadas se “privatizaba” la moral y la violencia, el poder de la fuerza era fuerza sin ley ni autoridad anclada en la sociedad, y el opositor enemigo absoluto, por lo tanto no competidor sino blanco para eliminar.
TEMAS RELACIONADOS: