Opinión

El verdadero muro de Donald Trump

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 30 de enero de 2017

Sólo las siete trompetas de los sacerdotes del impeachment podrían derribar el muro de Trump, asediado por los Josué de The Washington Post y The New York Times, a los que maldice cada mañana desde la última planta de su Torre de la Quinta Avenida. Podría decirse que, en cierta medida, el “showman” que ocupa ahora la Casa Blanca es fruto del “politainment”, esa mezcla que se ha convertido en un hito del prime time en la pequeña pantalla: la espectacularización rosácea y chillona de la vida política que también nos empieza a alcanzar en Europa a la hora de cenar y de dormir.

Donald Trump, que el pasado 20 de enero se ha convertido en el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos tras dieciocho años eludiendo impuestos, ha vetado de un tirón autoritario la entrada a los Estados Unidos de América a los ciudadanos de siete países musulmanes: libios, somalíes, sudaneses, iraquíes, iraníes, yemeníes y, por supuesto, sirios. En Estados Unidos hay 130 millones de extranjeros –el veto incluye a los residentes legales en EE.UU. que han nacido en uno de los países de la lista– y la política xenófoba de Trump camina en sentido opuesto al propio origen de los Estados Unidos: una tierra de colonos, una nación de inmigrantes que le fue arrebatada a sus primeros moradores, los indígenas. Así que cuatro jueces federales –de momento– no paran estos días de emitir órdenes para anular la deportación de cientos de personas en los aeropuertos estadounidenses y 16 fiscales generales ya han firmado conjuntamente una declaración condenando el decretazo racista impulsado por este neoyorquino de oro, un rey Midas revanchista y antisocial que ha hecho de la insolencia un triunfo electoral, del exabrupto una estética y de la provocación ciudadana un estilo.

Pero hay otro muro, más lujoso y opaco, que el del veto migratorio. Reclamado a informar sobre sus actividades económicas por el Servicio de Impuestos Internos (IRS), Trump se ha negado a facilitar de dónde lo obtiene y en qué emplea su capital. De hecho, durante la transición de poderes, Donald Trump ha mezclado con absoluta desfachatez en varios encuentros con mandatarios extranjeros las labores diplomáticas y oficiales propias de su cargo y los intereses estrictamente empresariales de la Trump Organization –sus sociedades, condominios, cadenas hoteleras, cursos de golf, multitud de propiedades, etc–. A diferencia de Obama, Trump no ha cedido la propiedad de sus negocios a un trust, sino que ha delegado temporal y formalmente la dirección del negocio en sus hijos Eric y Donald Jr. Ahora goza de las ventajas políticas que se suman a las fiscales y puede hacer negocios en el teatro de las malfamadas relaciones internacionales.

Sus intereses en el Banco Industrial y Comercial de China, sus negocios a medias con el círculo del presidente filipino Rodrigo Duterte y sus empresas y hoteles en Argentina, Georgia y Panamá le reportan millones de dólares. Trump plantea un claro conflicto de intereses entre su negocio y la neutralidad con la que debe regir sus decisiones con respecto al rumbo empresarial del país. También existe un choque en lo que toca a la prohibición constitucional expresa de la percepción de emolumentos por parte del presidente, provenientes de “cualquier rey, príncipe o país extranjero”, mandato constitucional que reforzaron en sucesivas provisiones Charles Pinckney de Carolina del Sur, en 1787, que indicó expresamente la necesidad de preservar al presidente de influencias externas, y de Edmund Jennings Randolph, que explicitó que estas adendas eran para prevenir posibles casos de corrupción del presidente.

Trump representa a Trump –no a los intereses públicos del país– y hace de Trump. El hombre y sus máscaras se han disfrazado de presidente del populismo y la posverdad; mientras, en Washington miles de personas protestan contra todo lo que él representa: el antiamericanismo en toda su extensión. Trump no ha sido ambiguo y ha puesto en marcha su máquina de liberalcapitalismo excluyente y de prohibiciones, su política impositiva sólo apta para plutócratas y la beautiful people de su gabinete y las familias más ricas que lo apoyan. Es evidente que muchas de las “decisiones de estado” que tome Trump afectarán directamente a su patrimonio. Donald Trump está ahora en las mejores condiciones para usar el poder presidencial en beneficio corporativo propio. La democracia se ha hecho soluble en un depósito de oro: esa era su revolución pendiente. Ese es su verdadero muro derechizante y antagónico.

La farsa se ha instalado como la realidad cotidiana. Mientras, en la última planta del 725 de la Quinta Avenida, entre las calles 56 y 57, en Midtown Manhattan, el revanchista innato que es Donald Trump observa la diversidad del color de la piel de sus conciudadanos camastrones y piensa que son hormigas negras que hay que barrer hacia el Atlántico y el Pacífico. Y ahogarlas. Es su guerra personal. Cuestión de tiempo, si la ley –que salvo los veinte jueces y fiscales anda de paro ético– y el mundo burgués y desinformado no lo impiden.

Twitter: @dfarranz