Se muere Detroit. La que fuera orgullosa capital mundial de la automoción sigue padeciendo el lado más amargo de la recesión, viendo cómo sus potentes fábricas de antaño se pudren, abandonadas. Ahora los coches se hacen más baratos -y más feos- en Asia, por más que le duela a Trump. Con todo, aún quedan restos de un glorioso pasado. Allí, en el museo Henry Ford, vehículos de todo tipo hacen las delicias de los visitantes, aunque hay uno que destaca sobre los demás. Se trata de un modelo de autobús urbano, perteneciente a la National City Lines, y en su interior se produjo uno de los hechos históricos de mayor relevancia en la lucha por los derechos civiles. En él viajaba Rosa Parks cuando fue arrestada en 1955.
La situación de los negros en Estados Unidos no era nada fácil hace apenas medio siglo. Especialmente en el sur, donde no sólo el Ku Klux Klan sino las autoridades locales y gran parte de la población cometían todo tipo de abusos de manera impune. Estaba en vigor la normativa de segregación racial, que impedía que blancos y negros compartieran espacio, reservando para estos últimos los peores lugares. En esta atmósfera una joven secretaria, Rosa Parks, regresaba a su casa de la ciudad de Montgomery -Alabama- en el autobús de línea. Al subirse un hombre blanco, el conductor le dijo que tenía que levantarse para cederle su asiento, pero ella se negó. Semejante “delito” le costó la cárcel y una fuerte multa.
Rosa Parks conocía perfectamente las consecuencias de su acción, pero no vaciló en seguir adelante. Estaba cansada de tanta injusticia, de tanta opresión, y dijo “basta”. Lo que quizá no calibró Rosa Parks fue la enorme repercusión de su gesto. De él se hizo eco un hasta entonces desconocido pastor de la iglesia bautista, llamado Martin Luther King. Inició un boicot contra los autobuses de Montgomery que fue rápidamente secundado tanto por la comunidad negra como por algunos blancos que simpatizaban con el movimiento de los derechos civiles. Fue casi un año de tensión, agresiones físicas e incluso incendios -la casa de Martin Luther King y cuatro iglesias fueron atacadas con cócteles Molotov-, ante la indiferencia de las autoridades locales. Había personas que llegaban a caminar hasta 30 kilómetros diarios con tal de no coger el autobús de la infamia.
Un año después, en 1956, la Corte Suprema de Estados Unidos declaraba ilegales las leyes del estado de Alabama sobre segregación en autobuses. Era el primer paso. En 1960, cuatro estudiantes de Greensboro -North Carolina- entraron en la cafetería de los almacenes Woolworth y se sentaron en el lugar reservado para los blancos. Al día siguiente, eran ya 25, algunos de ellos blancos, y la cifra fue aumentando. Como en el caso del boicot de los autobuses de Montgomery, las humillaciones y agresiones se repitieron, algunas con extrema violencia, pero de nada sirvió. La chispa que había prendido Rosa Parks espoleó no sólo a los “Cuatro de Greensboro”, sino a otras muchas personas con conciencia y sentido común, que consiguieron desterrar las miserables leyes segregacionistas. Hoy es un negro, Barack Obama, el presidente saliente: un gran paso de una lucha que aún no ha terminado -y menos aún con un supremacista blanco como Trump en la Casa Blanca-, pero cuyos logros serían sin duda menores de no ser por la valentía de una dama llamada Rosa Parks.