El filósofo Gottfried Wilhelm Leibniz, figura emblemática de la Ilustración (célebre además por haber sido el inventor del cálculo infinitesimal, que lo hace ocupar un lugar igualmente importante tanto en la historia de la filosofía como en el de la matemática), afirmó en el siglo XVIII que “todo sucede para bien y que este mundo es el mejor de los mundos posibles”; Voltaire ante esa elegíaca conjetura, acuñó la palabra optimismo para burlarse de Leibniz, al que reconocía por la vastedad de su obra, aunque ironizaba que “en toda ella no había nada útil que fuera original, ni nada original que no fuera absurdo y risible” (de manera que quienes ahora usan la palabra optimismo no saben que están citando a Voltaire). Optimismo sugeriría luego la expresión pesimismo, su antítesis. Para ridiculizar a Leibniz y demostrar que este mundo no es el mejor, sino el peor, Voltaire escribió Candide, ou l’optimisme donde el personaje, paradigma del pesimismo, acumula desastre sobre desastre. Paradójicamente, ese libro es uno de los más felices de la literatura, ya que nos encontramos con el mejor Voltaire a la vuelta de cada página.
Pues bien, buscando otro volumen de mi caótica biblioteca choqué con el viejo texto de Voltaire. Hacía años que lo había leído y me tentó volver a sus páginas. El hedonismo de la relectura, según muchos escritores y pensadores, es algo aconsejable; recordé que Schopenhauer recomendaba no leer un libro que no hubiera cumplido cien años. Así que con entusiasmo volví a releer Candide, ou l’optimisme.
La sucesión del tiempo no se detiene y, como reflexionaría bastante después en un poema Antonio Machado “Ni el pasado ha muerto, ni está el mañana, ni el ayer escrito” y, quizá, lo más atractivo de la historia es que siempre queda algo por agregar. Hoy, tres siglos después nos seguimos debatiendo entre esas dos premisas inconciliables que planteó Voltaire. Y entre optimistas y pesimistas las cosas suceden inapelablemente.
Todos sabemos que en nuestros días la información es dinámica y que se difunde con la rapidez del rayo. Lo que sucede allá se sabe al instante aquí y en cada rincón del planeta. Sacudidos así por hechos definitivamente irracionales vivimos una época de conflicto y hostilidad creciente en nuestras democracias occidentales que confunden, por la abundancia de noticias, a protagonistas y testigos. En los Estados Unidos y Europa estos temblores se han sucedido de manera vertiginosa, y ni hablar de nuestro continente hispanoamericano. Sobre todo porque los pronósticos fallan y ciertos personajes irrumpen descaradamente y, para mayor confusión, ganan elecciones, como en el caso reciente de los Estados Unidos, o plebiscitos determinantes, como en el caso del brexit británico.
Estas debacles inesperadas alimentan una confusión e incertidumbre que dan curso a un conjunto de palabras y hechos que pretenden dar cuenta de lo que sucede. ¿Estaremos entrando en un tiempo de populismo generalizado (expresión de difusos alcances que ya suplanta a la palabra marxismo) y en otra etapa desquiciada de la historia del Occidente, o acaso es un transitorio período dominado por la iracundia de los indignados? En realidad, más allá de las simplificaciones que busquemos para encontrar una explicación satisfactoria a toda forma de teoría social (política, sociológica y económica), vemos que todo marcha en la actualidad a remolque de ciertos acontecimientos en el que los análisis circunscriptos cunden, pero la visión de conjunto es opaca y, a menudo, distorsiona los hechos.
¿Dónde ubicarnos entonces? Para empezar, convengamos en que estas formas de crisis resultan del efecto combinado de varias causas y de la erosión que producen tanto la demagogia de los liderazgos como el anacronismo de las instituciones. No es difícil, por consiguiente, enumerar estas causas habitualmente presentes en los medios de comunicación, condenatorias de las corporaciones corruptas, que apropiándose de los recursos del Estado abultan sus bolsillos y financian campañas o estructuras partidarias, se inscribe a su vez en el contexto de una mutación científico-tecnológica y de una globalización generadora de crisis. La aceleración de ambos fenómenos trae como consecuencia afectar el empleo, profundiza desigualdades, concentrar más riqueza en menos manos y, por ende, el aumento de la pobreza. En semejante situación, renacen las antiguas demandas de reconocimiento, que parecían satisfechas, y se buscan chivos expiatorios para transferir culpas y responsabilidades.
La animosidad con “el otro”, con aquello que es diferente y producto de violencias e injusticias, cautiva a mucha gente y establece nuevas formas de chauvinismo, tales como la condena a la inmigración, el cosmopolitismo o los proyectos supranacionales. De tal manera que ciertas hogueras que se las creía apagadas, como el hipócrita nacionalismo y los instintos primarios de aferrarse a un territorio con falsas esencias de una presunta pureza racial se han encendido con fuertes fogonazos en el debate político.
Esto, por supuesto, no es demasiado novedoso pero vale la pena tenerlo en cuenta. No olvidemos que los ideales de la Ilustración, basados en la libertad, el universalismo crítico y la dignidad e igualdad fundamental de los seres humanos sufrieron en estos últimos años toda clase de embates en la forma de xenofobias, nacionalismos y repliegue de las conductas en un particularismo belicoso; aunque la originalidad de lo que ocurre deriva en estos años de un explosivo cruce de tendencias. Estrepitosamente, la arremetida de la irracionalidad choca en efecto con la hiperracionalización instrumental de una tecnología que, al alterar usos y costumbres, está produciendo un sujeto inédito en materia comunicacional.
Es casi imposible catalogar entonces las transformaciones tecnológicas de la última década. De ninguna manera nos daría el tiempo. Sin embargo, la comprensión del tiempo histórico, que es mucho más lento que el tiempo tecnológico, nos permite al menos entender esta suerte de resurrección de estilos que se creían definitivamente superados. Tocqueville señalaba con sabiduría que el nuevo régimen nacido de procesos revolucionarios contiene en su entraña una parte del antiguo régimen que, supuestamente, había dejado atrás.
Hoy soportamos estas resurrecciones mediante la entrada en escena de una nueva versión de la figura clásica del demagogo. El locuaz Donald Trump, la empecinada Marine Le Pen, los oportunistas popes del independentismo británicos, los Erdogan en Turquía, los imberbes de Podemos en España, los reaccionarios de la Europa del Este, todos ellos comparten, sin cerrar la lista, el atractivo signo del clásico demagogo al estilo Mussolini, Hitler, Franco o Perón. Todos especulan fraguando mentiras (las sufrimos durante doce años los argentinos con una pasionaria patagónica) que, en su afán para erigirse en perpetuidad exacerbaba el frenesí del resentimiento, haciendo con su grosería una moda atractiva del desplante propia de los demagogos enterradores de la democracia.
Todos esos caudillos generan una fuga hacia los extremos que escinde los regímenes centristas de las democracias en campos radicalmente polarizados. Sobre la complejidad del mundo, los demagogos apuntan a demostrar que quien mejor simplifica y mejor miente es, al cabo, el vencedor de la contienda. Y como la mentira es el resorte activo que lo pone en movimiento, el demagogo, a la manera de un camaleón, cambia de color según soplan los vientos. Con lo cual la mentira deviene en una suerte de atributo del cinismo, o de la brecha gigantesca que en una política decadente separa la palabra de la acción.
¿Significa esto que la política democrática ha entrado en un entumecido crepúsculo? En cierta medida, la respuesta sería afirmativa si las democracias y sus líderes insistiesen en mezclar estos inéditos procesos económicos y sociales con torpes decisiones e instituciones vetustas. Es lo que aconteció en el Reino Unido cuando David Cameron, para salvar su pellejo, convocó irresponsablemente un plebiscito que, mediante una expresión minoritaria en relación con el padrón total de electores, concluyó colocando a la Unión Europea al borde de una crisis de fondo, favoreciendo de paso en el continente las corrientes antieuropeístas.
Más expresivo aún es el contraste que se produjo en los Estados Unidos entre el voto popular, que registran las urnas, y el voto que registra el colegio electoral, con el que Trump conquistó la presidencia y que en rigor se trata de un particular régimen electoral contramayoritario que, si bien refleja a través de los siglos una invención notable, producto del ingenio de los constituyentes de 1787, representa hoy una rémora evidente. Así, si se miden los sufragios, Hillary Clinton ganó las elecciones presidenciales por más de dos millones de votos, pero si se miden los votos de los estados pequeños y medianos sobrerrepresentados en el colegio electoral, ese resultado se pone patas arriba y otorga la victoria al que no obtuvo la mayoría del voto popular.
Sea como fuere, más allá del personaje, que nos resulta chabacano y cerril, quizá menos por su traza que por su lenguaje orillero, con ínfulas de matón de barrio, cuya prepotencia se la da el dinero, asistimos a otra etapa de la decadencia norteamericana profetizada en dos artículos memorables escritos por Octavio Paz en la década del ’70. “Para todas las civilizaciones –dice Paz en un tramo de su texto- los bárbaros han sido, invariablemente hombres fuera de la historia. Ese estar fuera de la historia designó siempre el pasado: la barbarie es la anterioridad pura, el estado original de los hombres antes de la historia. Por una singular inversión de la perspectiva habitual, la modernidad norteamericana, consecuencia de cuatro mil años de historia europea y mundial, ha sido vista como una nueva barbarie. Exageración del pasado y exageración del futuro; dos formas paralelas, aunque antagónicas, de la excentricidad de los bárbaros.”
Quedan, sin embargo, los optimistas que creen que en el caso de los Americanos del Norte, las políticas de Estado colocarán al demagogo en su debido sitio; los pesimistas, en tanto, anuncian un cataclismo y las diez plagas de Egipto sobre el mundo con el agua convertida en sangre. ¿Quizá la suma de incapacidades ha instalado, bajo el sarcasmo de Voltaire, otra vez en el escenario a los demagogos del pasado y el terremoto final esta cerca?