Opinión

Sobre muros y agujeros

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Miércoles 01 de febrero de 2017

Las decisiones del actual gobierno de los Estados Unidos parecen indicar una limitación al desatado avance de la globalización, y significan por lo mismo la restauración – siquiera parcial – del viejo orden internacional. D. Trump pretende dirigirse a la entidad política de los viejos estados nacionales eludiendo a esas estructuras económicas continentales que, como Europa, carecen de la necesaria sustantividad política. Seguramente la apariencia de una reversión del proceso de globalización sea un simple espejismo, sin embargo también podría ser que la libre competencia económica a escala mundial esté poniendo en entredicho la hegemonía del país de Trump frente al crecimiento y expansión de China. Por otra parte, tampoco está claro que el presidente de los Estados Unidos tenga capacidad para producir esa reversión. En cualquier caso, sólo los iluminados por los arcana imperii pueden dar razón fundada del sentido de esta nueva política. Aquí me interesa la respuesta inmediata que las decisiones del presidente Trump ha producido, no sólo por parte de poderosas multinacionales: Twitter, Apple, Netflix, Airbnb, Google… sino entre los que hasta hoy detentaron, casi en exclusiva, el privilegio de la crítica de la globalización. Si atendemos a estos críticos las decisiones del nuevo presidente tienen un efecto contrario a la libertad.

Pero no puedo olvidar que el signo de la libertad y la igualdad, que señala el paso al mundo moderno, tuvo siempre el ambiguo valor de la añagaza. Tras siglos de liberación y ecualización nos vemos arrojados a un espacio infinito y homogéneo, en el que nos movemos sin origen ni dirección. Cuerpos sin naturaleza, individuos sin constitución, no deberíamos dudar – sin embargo – de la existencia escondida de un poder real que nos diseña. El mercado global no es un espacio vacío e inerte, su potencia silenciosa y dinámica, constantemente reconfigura nuestro carácter o modela nuestra crecientemente plástica identidad.

Hace ya muchos años que M. Foucault señalaba a un poder microfísico, capilar, disperso; hoy la potencia que nos domina se confunde sin distancia con nuestra propia identidad. Tanto más cuando reclamamos para nosotros la capacidad de construir y definir esa identidad, que cuando la entendemos recibida o asignada. Somos el poder que nos domina y que tan escondido viaja en nosotros que nos juzgamos enteramente libres, autónomos señores de nuestra presunta realidad. Somos esclavos soberbios que entonan sin rubor sus consignas serviles: yo soy yo y hago con mi cuerpo lo que me da la gana o ese hermoso y sintético: just do it… somos (pretendidamente) racionales y conscientes consumidores.

No dudo del sólido valor del grito de libertad con que amanece la modernidad. Pero aquel grito tonante ha resultado en un murmullo triste con pretensiones de crítica lucidez: sofocante, sibilino y suspicaz. Desorientados cosmopolitas vociferamos contra todo el que alza fronteras ante nosotros. Hastiados de esa globalización de la que esperábamos la constitución de una sociedad universal cosmopolita, nos ofende – sin embargo – la restauración de un orden internacional que parte de la recuperación de la soberanía nacional. Nuestro principio elemental es el odio contra toda forma de límites o barreras, somos los adalides de una libertad negativa, defensores de una absoluta y plena liberación. Los enemigos de la globalización decían conocer sus aciagos efectos: desregulación, deslocalización, ansiosa multiplicación de un consumo distante, crisis ecológica y psicológica, desarraigo y migraciones masivas… Pero los mismos se alzan contra las decisiones proteccionistas del reciente presidente yanqui. Recurriendo al método de la inteligencia moderna deberíamos sospechar de la propia sospecha y suspender por un instante nuestra convicción de ser portavoces indiscutibles de la libertad. Pero es doloroso reconocer el sinsentido de nuestras banderas, es decir, reconocer que hemos luchado por una libertad vacía, que hemos batallado por la ampliación infinita del centro comercial.

Es natural que nuestras batallas sean escenificadas en medios de comunicación y redes sociales. Aprendimos hace tiempo que esas idolatradas nuevas tecnologías de la información y la comunicación, acercándonos al lejano, nos alejan del prójimo. Sirven para ambiguos contactos telepróximos (Finkielkraut). Günter Anders lo formuló con justa precisión: “Cuando lo lejano se acerca demasiado, lo cercano se aleja o desaparece. Cuando el fantasma se hace real, lo real se convierte en fantasma”.

La obsolescencia del prójimo, del viejo hombre cercano y real, es el precio de la nueva relación a distancia, sin mediación: contacto inmediato a la velocidad humanamente infinita del relámpago electrónico en el espacio virtual. Ese espacio virtual, servidor del comercio mundial, es hoy el medio de nuestras protestas y el señor de nuestra adquirida naturaleza. Hemos vertido nuestra identidad cuantificada y completa en identidades protésicas: bloger, youtuber, instagramer... Ni siquiera escribimos sobre agua, somos un soplo de viento electrónico que se enfada cuando un poder histórico señala una frontera. Somos los hijos indeseados del profeta del superhombre, que escribió: Amarás al lejano.