Opinión

Ante Trump, pasmo, no respuestas

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 01 de febrero de 2017

A pesar de que en su primera semana el presidente Trump dio pistas más que suficientes sobre su proyecto de gobierno, la respuesta mundial ha sido de repudio en las calles pero de pasmo pasivo en los palacios de gobierno y en las cancillerías. El primer indicio sobre la política exterior se dio con las declaraciones de la embajadora estadunidense en la ONU, Nikki Haley, amenazando a los países que no se sometan a las nuevas reglas estadunidenses del juego.

En sus estudios sobre la diplomacia, Henry Kissinger estableció cuando menos dos tipos de dirigentes: el estadista y el profeta. Por lo que ha visto en estas últimas semanas, habría una tercera: el empresario. Por el papel de los EE.UU. y su presidencia como eje del pensamiento estratégico de seguridad nacional, los presidentes requerían de un entrenamiento en las fuerzas armadas, en la burocracia internacional, en el espionaje o en el congreso. Bush Jr. apenas estuvo en la guardia nacional, Clinton no pasó por el ejército y Obama apenas fue senador junior fuera de las comisiones de seguridad estratégica. Todos los presidentes, cuando menos, pasaron por cargos públicos.

Trump es un empresario inmobiliario, por tanto, especulador; su relación con el Estado fue de resistencia a políticas fiscales. Y aunque tiene un aparato político ya instalado en las tareas de inteligencia, militar y de seguridad nacional, sus objetivos son los de un empresario: imponer su dominio sobre los demás. Su forma de operar es la de un CEO --chief executive officer-- o presidente de consejo de administración: se impone por encima de los accionistas directos, manda en forma autoritaria sobre subordinados y sólo piensa en el accionista anónimo que compra valores en la bolsa.

En una empresa sin duda que Trump sería --como lo fue-- un empresario exitoso, y no tanto en buenos negocios sino en la forma de imponerse como ejecutivo. Al final de cuentas, el buen funcionamiento de una empresa se mide por resultados cuantitativos: aumento en el valor de las acciones, utilidades para repartir y sobre todo excedentes transformados como bonos extraordinarios a ejecutivos. Los resultados se miden por el signo del dólar y el aumento en ventas.

Las primeras decisiones de Trump han tenido más efectos internos. Ahora deben venir las que influirán en el equilibrio mundial donde los referentes son menos cuantitativos. Desde el papel de Wilson al terminar la primera guerra mundial, los EE.UU. definieron la política exterior como la variable fundamental de su política interior. Por ello asumieron la función de policía mundial o --en lenguaje diplomático-- de estabilizadores del orden político internacional, un poco por la interrelación de naciones pero mucho por el dominio del capitalismo estadunidense en la economía del planeta.

Los palacios de gobierno y las cancillerías del mundo están a la expectativa de los pasos internacionales de Trump. Su escasa formación intelectual le dará dominio al pragmatismo en las decisiones. Su acercamiento a Taiwán molestó a China, su alianza con Putin preocupó a Europa, sus prohibiciones migratorias contra países musulmanes introdujeron factores de inestabilidad en el medio oriente y el muro en la frontera con México rompieron el modelo de “América” como continente de la doctrina Monroe.

En sus estudios sobre la diplomacia, Kissinger resumió en dos las opciones de la política exterior estadunidense: de adentro hacia fuera o la democracia como faro y de afuera hacia adentro o el policía del mundo imponiendo el orden favorable al capitalismo estadunidense. Trump no se acomoda a estos dos caminos de las políticas de Estado. Sus responsables de inteligencia, fuerzas armadas y seguridad nacional son funcionarios involucrados en guerras directas en el medio oriente, pero sin experiencia de Estado.

Los presidentes republicanos Nixon, Reagan y Bush Jr. aplicaron los principios conservadores en la política exterior a partir del american way of life o modo de vida estadunidense: la defensa del capitalismo de confort en zonas de disputa con el comunismo soviético, de Vietnam a Chile, pasando por el control de petróleo árabe. Trump carece de enfoques, objetivos y principios. Y ahí se localiza una advertencia que hizo Kissinger en 1969: “jamás podremos contribuir a la elaboración de un orden mundial estable y creador, a menos que antes nos formemos un concepto del mismo”.

El orden-desorden político internacional ha entrado en una zona de incertidumbre porque el pivote de ese equilibrio-desequilibrio carece de una idea de lo que quiere. Un Estado no es una empresa. El orden mundial, señala Fukuyama en sus dos tomos de su monumental estudio del tema, consta de Estado, legalidad y responsabilidad. Y responsabilidad es la preocupación por los demás, en tanto que el Estado es un contrato con la sociedad.

Al mundo le vienen cuando menos cuatro años --en el mejor de los casos-- de redefiniciones de la teoría de las relaciones internacionales ya no como un acto de responsabilidad sino como una variable no dependiente. Con altibajos, los EE.UU. se movieron en el escenario discursivo de que tenían responsabilidades y no intereses --aunque a veces los primeros determinaban los segundos--; ahora con Trump parecen no existir ni unos ni otros, retrotrayendo el escenario internacional a los tiempos de John Quincy Adams, autor de la doctrina Monroe.

Trump estaría destruyendo el orden mundial de Wilson, pero con la pasividad y pasmo del mundo.

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