Roma absorbió el Estado de Egipto y de Cartago y hasta su final, en el siglo quinto de nuestra era, la Respublica romana se consideró continuadora, incluso heredera, de esos Estados, y también de sus dioses y culturas religiosas.
Egipto y Cartago, y mucho más tarde, la Etiopía cristiana del siglo cuarto de esta era, organizaron sus poderes públicos a partir de normas escritas, y su religión se expresaba con la escritura, además de con el arte, cultos y costumbres sociales.
El África mediterránea, cuyo florecimiento económico y cristiano de los años de san Agustín, obispo de Hipona (hoy se llama Annaba, en Argelia), fue dominada por pequeños ejércitos bárbaros, como fueron los vándalos. Los vándalos no fueron una especie anticipadora del desgobierno brutal del hoy llamado Estado Islámico. Aunque nunca estabilizaron su poder, más que nada por sus endémicas disputas internas, los pueblos invasores respetaron las estructuras del Estado romano, y religiosamente eran arrianos, una creencia cristiana que muchísimo más tarde fue la de Isaac Newton. Su triunfo en África fue consecuencia de que encontraron en el pueblo y las élites de aquellos territorios suficientes apoyos para liquidar a las autoridades del imperio romano. La “Roma” que instauraban los vándalos, como la “Roma” que establecieron los visigodos en Hispania, era una “Roma regional”, que cobraba menos impuestos que la autentica Roma imperial, aunque estuvo marcada por una característica violencia política local o regional.
Los “bárbaros” ocuparon sin demasiados problemas los territorios del antiguo imperio romano porque fueron capaces de hacer triunfar unas relaciones “regionales” -desde las económicas hasta las identidades locales- que anularon las relaciones “estatales”, aquéllas que habían caracterizado al Imperio romano por lo menos los cuatrocientos años anteriores. La caída del Imperio romano fue el triunfo de lo particular frente al cosmopolitismo de la Respublica; el concepto de “ciudadano” y del derecho (romano) se demorarán hasta el Renacimiento cristiano-romano del siglo quince, cuando surgió otra vez como idea fundamental del pensamiento europeo.
Los “bárbaros” en África, aunque se mantuvieron en el poder casi cien años más, después fueron expulsados (a mediados del siglo sexto) por los ejércitos bizantinos -Roma regresaba de nuevo-, pero el poder de Constantinopla, el imperio romano de Oriente, incurrió en los mismos excesos tributarios y de gobierno que los anteriores administradores, haciéndolos tan insoportables, como débiles.
Como sucedió en Hispania -cuando el conde de Ceuta, don Julián, facilita la invasión árabe-bereber de Tariq, junto con los hijos de Witiza y el obispo Oppas, o siglos después cuando los turcos fueron recibidos con alivio por los campesinos de tierras feudales europeas-, la invasión islámica en el África mediterránea triunfó en el siglo séptimo por parecidos factores.
Pero la presencia islámica en esa parte del antiguo Imperio romano tenía la fuerza y la vocación de quedarse para siempre. Que el Islam fuese heredero del Imperio romano, incluyendo su versión cristiana final, fue muy importante porque, más que heredar, el Islam vino a sustituir a Roma y a las posteriores formulas estatales de raíz cristiana.
La irrupción del Islam en África podría explicar por qué las formas estatales características de los pueblos negros no evolucionaron hacia fórmulas escritas, permaneciendo con fórmulas orales hasta que los europeos impusieron sus respectivos idiomas escritos con la colonización. El Islam crea el Estado a partir de las revelaciones y mandamientos que Mahoma recibe de Alá. Mientras el cristianismo se adapta o se tiene que adaptar al Imperio -y esa es la tarea que realiza san Pablo, un ciudadano romano-, y al derecho romano (que tenía casi mil años detrás), el Islam revela con Mahoma una religión -el Islam: la sumisión a Alá- que originariamente crearía después el Estado. Mientras los cristianos tuvieron que aceptar las leyes estatales y al mismo tiempo los mandatos morales bíblicos y evangélicos, los creyentes en Alá disponían exclusivamente de la Sharía o ley islámica, con la cual organizaban la vida civil, y en última instancia, erigían el Estado.
Es una hipótesis, pero la extensión del Islam por la antigua África romana y cristiana se conformó con que los bereberes, como ejemplo más importante de islamización temprana, asimilasen la nueva religión monoteísta, y que la Sharía se mantuviese en su forma no escrita, pues la escritura nunca tuvo entre los bereberes la dimensión e importancia que entre los pueblos con leyes escritas.
Los bereberes, pueblo dividido entre agricultores sedentarios y mercaderes itinerantes, se relacionaban comercialmente con los pueblos y Estados que existieron al sur del Sahara, como el reino de Benín y el imperio Kanem-Bornu. Los bereberes mantuvieron relaciones con los pueblos bantúes, etnia y grupo lingüístico al que pertenecen los fang (la población mayoritaria de Guinea Ecuatorial), y tal vez porque los bereberes se organizaron socialmente con la Sharía no escrita, no pudieron, ni necesitaron, que los bantúes, y los fang, dispusieran de escritura en sus relaciones económicas, políticas y estatales.
Quizá por eso no pasaron de una cultura oral, hecho que llevó a Hegel a considerar que los pueblos negros carecieron de historia. Hasta cierto punto, Hegel justificó el dominio de los europeos sobre África, pero de eso hablaremos próximamente.