Opinión

México: Centenario constitucional

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Viernes 03 de febrero de 2017

Dos temas traigo en la alforja para abordarlos, dejándonos de lado un ratito al demente que ocupa la Casa Blanca. Que no hay que atosigar. Vamos de conmemoraciones. Conmemoramos en México el centenario de la constitución federal y en el camino, el nonagésimo aniversario de la muerte de la emperatriz Carlota, esposa del emperador Maximiliano I de México, segunda de su rango en este país en el siglo XIX.

El domingo 5 de febrero de 2017 en México ya contaremos con un documento fundacional centenario, el que ha regido nuestra nación por más tiempo durante su vida independiente. Ha sido un aniversario poco exaltado y merece más.

Con el paso de los años puedo afirmar que no existe per se un debate serio para que sustituyamos el mandato conformado de 1917, pero sí que se apunta más a una revisión exhaustiva para acondicionarlo a los desafíos del siglo XXI. Es justo, es menester. La Constitución de 1917 impulsada por Venustiano Carranza fue el producto jurídico no planeado así, de la Revolución Mexicana que estalló en 1910. Es la consecuencia de un movimiento armado y se produjo en medio de la vorágine que la lucha revolucionaria nos dejó. Sus anhelos reclamantes, sus proyectos esbozando un país más justo y sus desafíos al viejo orden porfiriano causante directo del levantamiento social y enarbolando el nacionalismo que definiría a México en el siglo XX, son sus principales florones.

Nuestra carta magna ha sido asaz reformada a capricho de los gobernantes de turno, al más puro estilo del “ordeno y mando” y muchas veces, las más, con una improvisación o para adoptar medidas que ni eran necesarias en su texto o podían haberse reservado para una legislación secundaria; ha terminado siendo casi ilegible en ciertas partes, farragosa en su consulta y complicada para encontrar rápido a sus más caros principios. Construyó un país modernizándolo, pero a veces parece que nos queda chica. No está colapsada ni tampoco su condición es tal que merezca sustituirse como pudo pasar en países como Venezuela, al fragor no de una necesidad solamente, sino de los caprichos de un dictadorzuelo que quiso una a su medida. Al mejor estilo del caudillismo que bien conocen nuestros países iberoamericanos. De momento.

La Constitución somos todos, sostengo reclamando su difusión y su defensa en tribunales y en las calles. Los ciudadanos estamos llamados a ser incluyentes con ella en mano y en el corazón y a no dejar fuera de su amparo a nadie. Será siempre su homenaje más preciado y sincero.

Una centuria transcurrida desde su promulgación nos ha dejado un texto renovado, pero, como ya apunté, abultado, redefinitorio, mas a veces desordenado. Tarea de todos será remediarlo si deseamos su eficacia y que sea un traje a la medida de los retos que enfrenta México.

Ya puestos a conmemorar, el pasado 19 de enero de 2017 se han cumplido noventa años del fallecimiento de la emperatriz Carlota de México. Su efemérides nos permite preguntarnos de nueva cuenta si los mexicanos somos o no monárquicos. La verdad es que explotamos ahora un poco más la menguada herencia monárquica del Segundo Imperio mexicano; menos que los brasileños o los austriacos con los propios legados imperiales, pero algo nos mueve y nos engolosina. Hemos vivido más tiempo bajo regímenes monárquicos que republicanos, pero somos desmemoriados de ello. Por otra parte, no podemos negar que los cenotafios de los emperadores de México, el de Agustín de Iturbide en la catedral metropolitana de la Ciudad de México y el de Maximiliano I en la Cripta de los Capuchinos en Viena, suelen estar ribeteados de flores frescas. Ergo, más de un mexicano es monárquico de hueso colorado y no lo oculta en detalles como tales. Ahora que… de eso a traer de regreso la monarquía, hay un mundo, me parece….

Su Majestad Imperial Carlota de Sajonia-Coburgo-Gotha (María Carlota Amalia Augusta Victoria Clementina Leopoldina) princesa de Bélgica, archiduquesa consorte de Austria, princesa consorte de Lorena, de Hungría y de Bohemia, Condesa consorte de Habsburgo, virreina consorte de Lombardía y Venecia, y emperatriz consorte de México sobrevivió casi 60 años exactos a su marido, el fusilado emperador de origen austriaco (1867), una tragedia en toda regla como lo fue el Segundo Imperio mexicano que no debió suceder, sino por la ambición del partido conservador mexicano opuesto al presidente Juárez y auspiciado por Napoleón III de Francia y Pío IX, que lo sostuvo instigándolo por 3 años.

Carlota –prima carnal de la reina Victoria– en su ambición orilló al archiduque Maximiliano a dejar la reconfortante y estólida vida que les aguardaba en su recién inaugurado palacete en Miramar, a orillas del Adriático, a donde fueron arrumbados tras el desastre de su gobierno en Milán, casi ya entregada a los patriotas italianos, enemigos de la corona imperial austriaca; a aceptar un trono envenenado y de humo, como lo fue el mexicano. En Miramar recibieron la oferta de trasladarse a América, donde ya yacía otra monarquía, la brasileña, cuyo emperador, Don Pedro II, era primo carnal de Maximiliano, pues su madre la archiduquesa Leopoldina de Austria era hermana del padre de Maximiliano, Carlos Luis. Ambos hermanos eran hijos del emperador Francisco II del Sacro Imperio Romano Germánico y de la princesa María Teresa de Nápoles-Dos Sicilias, abuelos del mal logrado emperador cuya casta y abolengo no le salvaron la vida.

Carlota murió recluida en el castillo de Bouchot en Bélgica, en 1927, aludiéndose locura, aunque otras versiones apunten a que simplemente ocultó su embarazo derivado de su relación con un guardia de corps, olvidada por casi todos. Las fotografías de su lecho de muerte y el cortejo fúnebre impecablemente revestido de negro, dan cuenta de sus últimos momentos en este mundo. La tragedia se consumó permaneciendo separados Maximiliano y Carlota; ella sepultada en Bélgica y él en Austria.

El episodio del Segundo Imperio mexicano fue eclipsado por la república juarista y el México revolucionario. Llevamos unos veinte años desentrañándolo, dándole voz a los vencidos. Destacadamente con las memorias de sus protagonistas, los acompañantes de aquella desventura ligados a la corte, como damas de compañía de la emperatriz o el jardinero de palacio. Nos regodeamos en esa historia teniendo al alcázar de Chapultepec como el escenario mejor conservado de aquel efímero imperio. 90 años apenas y nuestra vena monárquica no acaba de extinguirse. Son las quisicosas de la Historia.