Hace unos días, un político español calificó a la Revolución Rusa de la más hermosa revolución de la historia y afirmó que “en lo que es la Revolución Rusa murieron cinco personas, cinco”. Nos brindó así un ejemplo del poder que la ignorancia y la propaganda tienen hoy en nuestra sociedad. Transcurrido un siglo desde los acontecimientos de febrero y octubre de 1917, los bolcheviques siguen gozando de unas simpatías alimentadas por la ideología de unos, la pereza de otros y el uso generalizado de la mentira en política.
Me temo que, a lo largo de este año, necesitaremos regresar varias veces sobre lo que aquel proceso revolucionario significó para Rusia y para el resto del mundo. Baste señalar, de entrada, que -naturalmente- en la Revolución Rusa murieron muchas más de cinco personas. La cifra a la que este político se refería seguramente fue la de los muertos en un determinado día, pero eso es muy distinto de todo un proceso revolucionario.
La realidad es que la revolución de 1917 desató, sobre el antiguo imperio de los zares y sobre toda Europa, un vendaval de violencia y guerra a cuya sombra continuamos viviendo. Sigue siendo válida la triste reflexión de André Glucksmann en “La cocinera y el devorador de hombres. Ensayo sobre el marxismo, el Estado y los campos de concentración”: el gulag es una consecuencia inevitable del marxismo, no su perversión. En todo el proceso revolucionario cuyo centenario se cumple este año, el camino que comienza desde las jornadas de febrero y octubre conduce de forma inexorable a los campos de concentración, trabajo y exterminio que marcan el destino del siglo XX.
Por supuesto, esta revolución que algunos ven con ojos románticos y nostálgicos no puede describirse solo en blancos o negros. La Rusia de los años veinte -que vivió una efervescencia cultural admirable- era bien distinta del país aterrorizado por las purgas de los años treinta. Shostakovich, Mandelshtam o Meyerhold fueron testigos de la transformación del optimismo de los primeros años al abismo insondable de las décadas siguientes. Ahí está el terrible texto del 1 de abril de 1957 a modo de prólogo de “Requiem”, en el que Ájmatova recuerda una conversación a las puertas de la prisión de Leningrado:
“Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer -los labios morados de frío- que nunca había oído mi nombre, salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba sólo en susurros):
- ¿Y usted puede dar cuenta de esto?
Yo le dije:
- Puedo
Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro. “
Como señala Joseph Ratzinger en el prólogo de 2000 a su “Introducción al cristianismo”, el hundimiento de los regímenes comunistas en 1989 dejó “la triste herencia de una tierra asolada y de un alma deshecha”.
La desolación que los sistemas comunistas dejaron en las sociedades que los padecieron fue mucho más profunda que la miseria económica o la corrupción atroz que siguió a su hundimiento. La impunidad de los crímenes cometidos durante el periodo de las democracias populares, la hambruna de Ucrania (1932-1933), el sometimiento a la condición de satélites de los Estados de Europa Central y Oriental desde el Báltico hasta el Adriático han dejado heridas profundísimas. Timothy D. Snyder llamó “tierras de sangre” al territorio de Polonia, Bielorrusia, Ucrania y Rusia. No me parece un término exagerado.
Este año de 2017 debería servirnos para volver la vista atrás y recapacitar sobre el daño que el comunismo infligió a Europa durante este periodo que comenzó en 1917 y se extendió hasta 1989. Insisto: no fue igual en todas partes ni durante todos los años, pero sería una falsedad inadmisible soslayar la destrucción, la división y la muerte que Lenin, Stalin y sus compañeros dejaron a su paso por la historia.