Liah Greenfeld, en su esencial “Nacionalismo, cinco vías hacia la modernidad”, estudia en profundidad la conexión entre Marx y el nacionalismo alemán. Pero no sólo en los conocidos aspectos negativos de Marx (anti-semitismo, resentimiento hacia lo no alemán o chauvinismo). También describe cómo los nacional-socialistas buscan la utopía en la tierra, la comunidad popular del volksgemeinschaft -basada en la raza- y un estado omnipotente que dictaría la moral, la economía y toda la política superando la lucha de clases. Para Marx, el fin último sería la superación de la alienación humana a través de una sociedad comunista en la que los individuos serían pastores por la mañana y críticos literarios por la noche. No es una broma; es lo que escribió en los Manuscritos Económico-Filosóficos en los que describía el futuro comunista.
No me gusta citar a Hitler, pero éste se declaró -sin ninguna ironía, algo desconocido en él- no como el vencedor del marxismo, sino como su realizador.
Se suele asociar al fascismo con el comunismo al fundirlos bajo la palabra “totalitarismo”, otra victoria de los historiadores de izquierda. Da igual, sus características son muy similares. Liderazgo personal, pureza racial, anti-liberalismo feroz (y aniquilador), ateísmo/agnosticismo, burocracias hiperprivilegiadas… incluso tienen una estética bastante parecida en el arte y esa pasión por el orden y los uniformes que a todo espíritu liberal le produce una sensación inmediata de alarma y decepción. Finalmente, es muy similar su creación más siniestra: los campos de trabajo nazis o los Gulags soviéticos.
Cito a Greenfeld, para acabar de ilustrar este punto.
“Los marxistas y los nacionalsocialistas venían del mismo sitio, ardían en el mismo deseo y combatieron al mismo enemigo. Su mente era la de los pietistas y los románticos; les impulsaba el resentimiento y el odio hacia Occidente. Ambos persiguieron fielmente su sueño nacional -la flor azul- unos desde el lado derecho del camino, otros desde el izquierdo pero, cuando la encontraron, ambos descubrieron que el color de la flor era rojo.”
Hoy asistimos a una vuelta del totalitarismo/fascismo disfrazado en un “buenismo” muy útil y propulsado por el empoderamiento brutal que ofrecen las nuevas tecnologías. Al final el objetivo es siempre el mismo: destruir la sociedad liberal en la que vivimos. Este resentimiento no es nuevo sino que es difícil de comprender salvo que uno se asome a sus raíces más profundas: la ceguera nacionalista y sus frustraciones.
A las nuevas burocracias les importa un bledo la gente -sean de aquí o de allá-, la prosperidad de todos y cualquier asomo de progreso social o personal. Miren por ejemplo lo que está ocurriendo en la ciudad de Madrid: han espantado a los inversores y me consta que varias empresas han huido al extrarradio, no vaya a ser que les impidan ir a trabajar con la excusa de las restricciones del tráfico; la consecuencia es que la ciudad genera menos empleo que la región, algo, hasta ahora, insólito. Practican un urbanismo ideológico, sin importarles dejar en la estacada a casi mil familias que han invertido en cooperativas, buscando subterfugios legales bochornosos. Han “recuperado" o hecho públicos servicios como la funeraria o las bicicletas y pronto, ya está echado el anzuelo -no son tan inútiles como para tener la ciudad hecha un estercolero- “recuperarán” también el servicio de limpieza.
Incluso en lo ideológico dan pasos adelante. Comprueben, si no, la absoluta falta de crítica con respecto a la II República y la Guerra Civil. Impulsados por la ley de Memoria Histórica (el oxímoron más ridículo de los muchos que nos ilustran) poco a poco impiden cualquier discusión pública que no refleje simplemente que todo lo que ocurrió se reduce a un golpe de estado fascista, obviando la historia y la complejidad de aquella época donde hubo todo tipo de tragedias (genocidios, violencia extrema, revoluciones, golpes y contragolpes en el bando republicano y, como pronto se demostrará, incluso un fraude electoral gigantesco en Febrero de 1936). En fin, algo mucho más complejo y que debe abordarse desde la historia y no desde la memoria, ésta siempre subjetiva, siempre selectiva.
Hoy asistimos a la eterna pelea entre los stalinistas de Iglesias y los trotskistas de Errejón. Suelen ganar los primeros y aniquilar a los segundos, pero en cualquier caso no esperen mucha tregua si ganan estos últimos. Lo que les impulsa es algo muy viejo y fallido; cargarse la sociedad semi-liberal en la que vivimos e imponer una nueva sociedad y un hombre nuevo para, como apuntaba Greenfeld, traer el mundo feliz a la tierra. Un mundo feliz en el que, como auguraba el propio Trotsky cuando criticaba el devenir de la revolución rusa, sólo las burocracias vivirán bien. Frente a ellos, necesitamos más ideas y más liberalismo que nunca. Siempre ha funcionado.