Opinión

El antiliberalismo que acecha

AL PASO

Juan José Solozábal | Martes 07 de febrero de 2017

Repaso algunas lecturas que había apartado para comentar: se trata de dos reviews sobre diversos libros de historia reciente, que acaban de aparecer en dos publicaciones que el lector sabe frecuento, esto es, la New York Review of Books y el Times Literary Supplement .Timothy Garton Ash en la NYRB somete a escrutinio una buena lista de libros sobre la actual crisis europea y sus antecedentes. Me llaman la atención tres apuntes y un comentario de fondo sobre los efectos del populismo. Primero, Timothy Garton ofrece una instantánea impactante sobre la situación presente comparándola con el momento ilusionante no tan lejano de 2005, cuando se había ensanchado la Unión para recibir a muchas democracias del centro y este de Europa, estaba a punto de acordarse la Constitución europea, la eurozona era un hecho, y Schengen había abolido las fronteras interiores. Incluso Gran Bretaña parecía integrarse progresivamente a un futuro europeo con el liderazgo de Tony Blair. Hoy la situación es bastante pesimista, añadiéndose a la crisis europea, la del capitalismo y la propia democracia. En efecto, la eurozona adolece de disfuncionalidad crónica, “Atenas está sumida en la miseria, los jóvenes españoles doctorandos trabajan como camareros en Londres y Berlín, la periferia se va del centro”. No hay Constitución europea, rechazada en Francia y Holanda en el 2005, Gran Bretaña deja la Unión tras un sorprendente referendum y, remata Ash, “mi perspectiva es quedarme sin mi ciudadanía europea, treinta años después de 1989, cuando cayó el muro”.

Hay, decía, otros dos apuntes de interés de la reseña de Ash. Al ocuparse del libro de Europe Since 1989: A History de Philipp Ther, se refiere a las transformaciones experimentadas tras la caída del muro en Centro Europa, en donde la receta ha sido una liberalización económica sin contemplaciones, eso es, privatizaciones y reducción del sector público a ultranza, (se necesitaba un bulldozer para acabar con el bunker), pero que ha generado una reacción, sobre todo en su versión política, temible, en el caso de Polonia a cargo de los populistas del Partido de la Ley y la Justicia, con una combinación de la ideología católica nacionalista, típica de la derecha, y promesas generosas de prestaciones del Estado social e intervenciones públicas en la economía, actitudes más bien de izquierda.

Ash, aunque se refiere a diversas monografías de autores como Stiglitz, Offe y Sinn, no se detiene en el análisis de la dimensión económica de la crisis, que en buena parte atribuye a las limitaciones de actuación de la Unión y a los defectos del liderazgo de Alemania, atada a una idea todavía obediente a patrones exclusivamente domésticos de la economía, (La palabra alemana para el presupuesto es haushalt ) y a un temor al endeudamiento propio de la Biblia (Deuda en alemán es schuld, o culpa). Sin duda se trata de una visión algo ligera, aunque no incurra en la repetición del tópico sobre la obsesión alemana por el equilibrio presupuestario tras la experiencia inflacionaria de Weimar.

Quizás lo más interesante de la reseña sea la reflexión que Ash se hace comentando una aguda aportación al estudio del populismo de Jan Werner Müller, un académico alemán que enseña en Princeton, What is populism, por si alguien pensase que en esta corriente ideológica puede inspirarse un tratamiento adecuado a los problemas de la actual Europa, esto es, la crisis de los refugiados, que sacude a la sociedad alemana; la crisis del Brexit; la crisis ucraniana; el desafío de Putin; la crisis del terrorismo, con Francia, uno de los principales objetivos del terrorismo islamista en estado de emergencia; la crisis demográfica; y la inseguridad que amenaza a los jóvenes, esto es, el precariato, en el contexto internacional del trumpismo.

Creo que Ash acierta al resumir lo esencial del libro de Müller: el rasgo que define al populismo es su negación del pluralismo y la simplificación institucional de la democracia, reducida a un mecanismo habilitador del poder sin límites de la mayoría. El objetivo del populismo es acabar con la democracia liberal y pluralista con sus frenos y contrapesos constitucionales y sociales que impiden cualquier “tiranía de la mayoría” que prevaleciese sobre los derechos humanos individuales, la salvaguarda de las minorías, los tribunales autónomos, una sociedad civil fuerte, y unos medios de comunicación independientes y diversos.

Lo interesante de la posición de Ash es su insistencia en presentar el propósito del populismo, por lo menos el europeo y el norteamericano, no como la liquidación de la democracia sino como su devaluación o vaciamiento, en cuanto avalista de lo que nuestro autor llama convincentemente la democracia iliberal cuyos efectos destructivos son evidentes, pues no hay verdadera democracia con unas instituciones degeneradas y sin la cultura política de la tolerancia y el pluralismo liberal.

La segunda reseña a la que me gustaría referirme, apareció en el TLS de 23 de diciembre -por cierto en un excelente número dedicado al actual momento político europeo -, firmada por Henri Astier, y se hace eco de varios libros recientemente publicados sobre la situación de Francia, testimonio de un sentimiento de desánimo o tristeza, Why are the french so miserable es su título, preponderante en el país vecino. Todos ellos, ya procedan sus autores del periodismo o de la academia, reflejan lo que el recensionista llama la ideología del nirvana, que condena lo existente, cuyos fallos se describen, en nombre de lo inexistente, que carece, evidentemente, de los defectos del presente. El modelo puede aproximarse a lo que Francia fue y que quizás ya no puede recuperarse: una sociedad unida solidariamente, con un proyecto nacional, y con la garantía de un Estado fuerte y respetado internacionalmente. Esto es lo que dice Malika Sorel-Sutter en La descomposición francesa, subrayando el fracaso del Estado para “garantizar la unidad del pueblo francés”. Al promover la migración masiva y la integración en Europa, los gobiernos de la derecha o de la izquierda han trabajado sin descanso para romper la nación. Tal es el resultado: “El edificio que costó más de mil años construir, amenaza con colapsarse”. Lo que se denuncia es una sociedad dividida sin oportunidades para la integración, con la minoría beneficiada por la globalización, equivalente al dos por cien de los “bobos”, y las clases populares marginadas y desasistidas.

La estructura urbana refleja esta sociedad escindida. Las modernas ciudades, señala el geógrafo social Christophe Guilluy en Le crépuscule de la France d´en haut, se parecen a las ciudadelas medievales, reservadas para los ricos. La única gente que pulula por doquier son los emigrantes que construyen los edificios para los ganadores de la globalización y cocinan su comida. El lumpenproletariado de la emigración queda aparcado en los suburbios de la clase trabajadora, donde se inflama la lucha étnica. “Hemos pasado, constata Guilluy, en muy corto espacio de tiempo, de un modelo igualitario a una sociedad desigualitaria consumida por las tensiones comunitarias”.

Está claro que estas monografías de la nirvana, que no pretenden cubrir ideológicamente al populismo, lo benefician, del mismo modo que los intelectuales marxistas no eran los siervos ideológicos de los regímenes soviéticos o marxistas. Concluye nuestro analista: “La mayoría de estos neoiliberales son hostiles respecto de los Trumps o Le Pens. Pero los consideran síntomas de males auténticamente profundos”.