Opinión

Crisis de democracia engendró a Trump

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 08 de febrero de 2017

El presidente estadunidense Donald Trump se ha convertido en un desafío político y social. Pero los políticos profesionales y los sectores afectados por sus decisiones ejecutivas carecen de una estrategia de respuesta por la sencilla razón que no han tratado de entender a Trump como un producto de la crisis de legitimidad social de la política. De poco sirven las marchas, las acusaciones de locura, las portadas de medios con caricaturas agresivas porque en el fondo Trump ha sido producto de severas crisis de funcionamiento de la sociedad, de la política y de la democracia.

Los datos de aprobación en las encuestas revelan, inclusive, la incomprensión de Trump hacia el interior de la sociedad estadunidense: un margen de 46%-56%, dependiendo de la casa encuestadora. El margen de diez puntos porcentuales indica una dispersión territorial y de clase en la base social positiva. En consecuencia, el dato de aprobación debe llevar a uno de los elementos esenciales del análisis de la viabilidad del proyecto de gobierno de Trump: la mitad apoya y la mitad se opone.

Como ha ocurrido en países de Europa, en los EE.UU. la sociedad anti sistema político, anti Estado y anti gobierno decidió salir a votar porque Trump se presentó como el abanderado de esos sentimientos de rechazo a lo institucional. En este sentido, la caracterización de populismo victorioso es más bien un intento de encontrar una categoría de análisis politológico antes que político. El populismo es la expresión social militante --en la sociedad, en procesos electorales y en la renovación de autoridades-- de un estado de ánimo de una parte de la sociedad respecto al ejercicio profesional de la política. Ya en la confrontación con el liberalismo es cuando el populismo se transforma en ideología.

Más que Trump, a las sociedades del mundo debe preocuparles e interesarles la expresión electoral y de participación pública de una sociedad que repudia al Estado, al sistema y a la forma de gobierno. El populismo, la acción directa y los liderazgos masivos que distorsionan las ideas fueron expresadas con anticipación, pero poco escuchadas: las críticas al comunismo soviético en su fundación, los análisis de los totalitarismos y de manera sobresaliente el ensayo La rebelión de las masas de Ortega y Gasset. Los populismos recientes en España, Grecia, Italia y Francia, junto a los populismos en Europa del norte y en América Latina, mantienen una línea de articulación política con lo que acaba de exhibir el triunfo de Trump.

Las decisiones racistas, aislacionistas comerciales globalifóbicas y de recuperación del liderazgo autoritario de la Casa Blanca en función del poderío militar reflejan la existencia de una base social tradicionalista que no pudo transformar el liberalismo del periodo 1963-1983; al contrario, el liberalismo basó su avance y consolidación en una mayoría institucional --gobierno, congreso y Corte Suprema-- y en el fortalecimiento de una política exterior dominante y en riesgo por la aparición del terrorismo radical árabe en 1970 atacando a los EE.UU. por su apoyo a Israel.

El análisis de las decisiones de Trump deben comenzar por identificar su base social; Nixon apeló a la “mayoría silenciosa” para obtener apoyo social en su compromiso de terminar la participación estadunidense en la guerra de Vietnam porque carecía de posibilidades de victoria. Trump convocó a la derecha tradicional de condado para recuperar los valores ideológicos históricos que fundaron la nación. Mientras no se desentrañe la tipología de esa derecha radical de condado, las posibilidades de derrotar a Trump serán mínimas.

El desafío es mayúsculo, histórico. No se trata de indagar al populismo de Venezuela o de la Francia de Le Pen, sino de entender las razones del salto histórico de la nación más poderosa del mundo, cuya influencia podría provocar una ola derechista en buena parte del planeta. Trump debe llevar, inclusive, a una lectura diferente --o más amplia, cuando menos-- de la obra De la democracia en América, del conde de Tocqueville. Y, desde luego, de revisar las bases mismas de la democracia como forma de ejercicio de la política, porque se ha visto que la democracia es un procedimiento de legitimación del poder no sólo de los liberales sino de los conservadores y hasta de dictadores.

Trump representa una nueva correlación de fuerzas sociales en los EE.UU. ahora con el descubrimiento de su poderío electoral. El fracaso de la candidatura de Hillary Clinton obedeció a sus falsos posicionamientos, a su red de intereses y a su arrogancia, pero también a la falta de sensibilidad social de los grupos de poder del establishment liberal. Si se permite que Trump consolide la legitimidad de la derecha radical histórica y tradicional, el conservadurismo estadunidense podría romper la dinámica pendular y mantenerse un tiempo en el poder.

Sobre todo, el riesgo radica en que el ejemplo estadunidense también se consolide en el mundo. El populismo ha aparecido como el canal de expresión político-electoral de una sociedad desdeñada por el establishment liberal. Los países que han visto consolidar su sector social populista revelan el descuido liberal con las necesidades de los pobres y marginados. Al final de cuentas, con todo y su sentido negativo, el populismo representa una rebelión de las masas excluidas que encuentran un líder con representación social.

La democracia como procedimiento de acceso al poder (Schumpeter) beneficia a los populistas cuando el equilibrio riqueza-pobreza beneficia a los pocos o cuando el liberalismo se olvida de los equilibrios sociales ideológicos. Por tanto, el ejercicio del poder debe evitar que los marginados como base del populismo sean mayoría.

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