Opinión

Lazarillo o la viveza en el poder

TRIBUNA

Roberto Alifano | Miércoles 08 de febrero de 2017

Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques, todo lo demás es relaciones públicas.

George Orwell

La cultura, ese conjunto de creencias, saberes y pautas de conducta, que se ha prodigado sobre la humanidad gracias al desarrollo de las facultades intelectuales, no es la menos misteriosa invención de los hombres para regular sus propias normas de convivencia. Se sabe que cultura viene del latín, cultus, que deriva a su vez de la voz colere, que significa cuidado del campo; hasta el siglo XIII ese término se empleaba para designar una parcela cultivada.

Entendemos aquí que el objetivo de la cultura, de toda forma de cultura, es el cultivo del espíritu y que su propósito no es otra cosa que el camino y el santuario de esa larga peregrinación hacia la esperanza de un mayor entendimiento del género humano. El saber, así lo tenemos incorporado, forma parte de una meta que a lo largo de la historia los hombres hemos soñado. Para prolongar la mano del guerrero se inventó espada; pero, también, el arado, como posibilidad de extender el brazo en la fertilización de la tierra. Para alargar la vista se inventó el telescopio, que nos ha permitido indagar en las estrellas del alto firmamento, y para ampliar la memoria, se creó el libro, que es además una extensión secular de nuestra imaginación y de la fe. A partir de la Biblia, los hombres hemos incorporado la noción del “libro sagrado”, aunque sin duda todo libro lo es; en las páginas iniciales del Quijote, Cervantes escribió que “cada papel escrito es sacro ya que encierra el mensaje de un espíritu humano a otro espíritu”.

Pero fue el poeta Paul Valéry quien advirtió que ‘en toda sociedad hay conflictos, y que sólo hay dos formas de solucionarlos: por la violencia, o por el arte’. Obviamente, sin dudarlo, optamos por la segunda solución, ya que este concepto de arte incluye a la educación, que incorpora, a su vez, el habla popular. De manera tal que cuando decimos que una persona es “educada o mal educada”, no apuntamos a los conocimientos profundos de cada individuo, sino a su comportamiento con el otro. Entendida así, la educación sería el arte de la conducta para con uno mismo y los demás; esto, según los tres preceptos clásicos, de vivir con honestidad, no dañar al prójimo y respetar el derecho de cada cual.

En esas premisas está, sin duda, la base cultural de una convivencia pacífica, con una forma de educación que serviría de centinela ideal de nuestra sociedad. Aunque atención, que si el centinela se debilita o corrompe, la sociedad queda librada al juego despiadado de los intereses y los egoísmos enfrentados.

Como individuos, vivimos aceptando la realidad y resignados al tiempo humano que es sucesivo y está enriquecido por la memoria, cuyo segundo nombre puede ser el mito, el temor o la duda. Sabemos, por consiguiente, que todo obedece a un don llamado “inteligencia”, cuya facultad permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarnos una idea determinada de cada hecho. Salvo casos patológicos, todos somos “inteligentes” respecto a un tipo de situación y podemos ser “imbéciles” respecto a otro. Nuestra inteligencia y nuestra imbecilidad no dependen de nuestra moral: hay inteligentes moralmente canallas y hay imbéciles moralmente intachables.

Ahora bien, ¿cuánto la inteligencia y la imbecilidad le deben a los genes y cuánto a la cultura y a la educación? Acaso esa es la hipótesis esencial que nos planteamos y cuyo análisis nos llevaría demasiado tiempo y quizá conviene dejar de lado para que no se apropie del espacio que disponemos para el desarrollo de estas ideas.

No conviene, sin embargo, pasar por alto un dato fundamental: sin el auxilio del intelecto, esto es de la capacidad del análisis crítico de un problema, y sin la posesión de conocimientos relacionados con ese problema y adquiridos por experiencia propia, o por revelación ajena, la pura inteligencia no llegaría muy lejos en el camino del éxito; es decir, de la solución de un problema. La imbecilidad, por más que acumule conocimientos, no sabe qué hacer con ellos. Y no es raro que un intelectual, competente en el análisis crítico, sea incapaz de encontrar caminos adecuados.

Situada a mitad de camino entre la inteligencia y la imbecilidad, aparece el concepto de viveza, una forma expresiva que se manifiesta con perspicacia y da apariencia de agilidad y agudeza a una idea, y hasta se confunde con la inteligencia, ya que al actuar con cierto dinamismo mental, pero, a su vez, con el peso de la imbecilidad, retacea la capacidad de encontrar la solución adecuada a un problema. La viveza se mueve, no en dirección de la salida pertinente, sino que está en medio del espacio de la inteligencia y la imbecilidad, debido siempre a que su recorrido es limitado y egoísta.

¿Hacia dónde se dirige entonces la viveza que viene ganando terreno en nuestra época? Ese es su secreto, la fórmula que le permite ponerse a resguardo de la humillación y del desprestigio que sufre la imbecilidad. La viveza, creo yo, es la habilidad mental para manejar los efectos de un problema aunque sin resolver el problema. El hombre dotado de viveza, o el pícaro, no ejercita la inteligencia, sino un sucedáneo de la inteligencia, a menudo apto para entenderse con las consecuencias prácticas de un problema, pero no con el problema mismo.

Uno de los paradigmas literarios de la viveza se da en El Lazarillo de Tormes, la novela cumbre de la picaresca española. Lazarillo es un esbozo irónico y despiadado de la sociedad que recrea sus vicios y actitudes hipócritas, sobre todo entre quienes ejercen el poder.

Dicho de otro modo, el pícaro Lazarillo, incorregible y audaz, se mueve mentalmente en procura de cómo eludir los efectos de cada problema, de cómo (en la mejor de las hipótesis) volverlos beneficiosos para él o, en la peor, de cómo desviarlos en perjuicio de un tercero. La viveza, pues, necesariamente se conecta con la moral y llegamos a la conclusión de que sin el concurso del egoísmo ni de la hipocresía no se puede ser un vivo. Y para echarle el fardo al prójimo sin que éste se resista, es imprescindible cierto grado de inescrupulosidad y hace falta practicar algún género de fraude siquiera verbal.

Observado durante un corto plazo, el vivo da la impresión de haber obtenido éxito, de ser inteligente; se desplaza entre los problemas sin padecer las consecuencias o, mejor aún, sacándoles provecho. Como el flujo de los efectos no se interrumpe, el vivo no puede entregarse a los ocios y recesos de la viveza. De ahí que se los suele calificar de “despiertos”. Esto es que aparenta una brillantez mental que engaña a las miradas superficiales. El inteligente, por el contrario, cuando está armando sus estrategias para enfrentar un problema, parece adormecido y, en comparación con el vivo, hasta un poco imbécil.

Ahora bien, cuanto más complejo sea el problema, más exigirá a la persona inteligente paciencia y esfuerzo, más la someterá al silencio del tedioso análisis crítico y al constante repaso de los conocimientos. La viveza no puede permitirse esas demoras. Los efectos prácticos del problema no esperan mucho tiempo para hacerse sentir. De modo que el vivo está obligado a la rapidez (cuando decimos fulano de tal es “ligero”, no señalamos su inteligencia, sino la improvisación de sus métodos, por lo general empíricos, para superar un problema). En otras situaciones el inteligente, comparado con el vivo, parecerá lento y hasta torpe. Si los efectos del problema, por su magnitud o por su complejidad, sobrepasan las posibilidades de la viveza para eludirlos, para aprovecharlos o para torcerlos hacia un costado, el vivo, por fin acorralado como un estúpido, no se rendirá ni a la resignación ni a la violencia, no confesará jamás su fracaso, no devolverá las armas que esconde en su mente: buscará algún chivo expiatorio a quien cargarle la culpa. En todas las sociedades conviven los inteligentes, los imbéciles y los vivos según proporciones distintas para cada una de ellas.

Quizá exagerando la nota, o por una cuestión genética, Borges creía que en la Argentina no había ningún italiano ni ningún judío imbéciles (“No sé si son inteligentes, pero no caben dudas de que son suficientemente pícaros y siempre obran con la correspondiente astucia” –me dijo, y completó con tono sarcástico-: Es curioso, pero el argentino -y no hay mejores patriotas que los italianos y los judíos- prefieren pasar por inmorales antes que por imbéciles”).

Los argentinos, a la expresión viveza, le agregamos la palabra criolla, de cuño autóctono, que describe una especial manera de enfocar la vida. La expresión viveza criolla, definitivamente aceptada, contempla y engloba una especial filosofía de vida, consistente en querer obtener siempre alguna ventaja, recorriendo la línea de mínima resistencia y mayor comodidad.

Es probable que en una competencia entre un vivo y un inteligente, el vivo gane por varios cuerpos de ventaja, pues esa especie hace de su condición un oficio. Vista de esta forma, la viveza puede ser un subproducto o un estadio inferior de la inteligencia que ha logrado ocupar el lugar que antes estaba reservado sólo a la inteligencia. Un éxito rotundo al precio de una catástrofe. Así, a fuerza de relatos y codazos, sin ninguna clase de escrúpulos, la viveza gana terreno y se desplaza con despreciativa comodidad en el mundo occidental y cristiano. También así nos va.

Ser vivo, hacer uso de la viveza se considera como una suerte de virtud. El término, sin embargo, alcanza en nuestros días a diversos grupos sociales y puesto que son los vivos quienes detentan el poder, no se consideran menos vivos quienes los eligen y conforman esa sociedad oportunista y fuera de eje, cuya consigna principal es el “sálvese quien puede”.

Y entre los vivos que rigen y los vivos que eligen se nos pasa el tiempo y se cumple aquella premisa de que cada día podemos estar un poco peor en el planeta. Los estúpidos, dotados de viveza, incapaces de asumir con inteligencia los problemas, los transfieren a los elegidos. Y los elegidos, como vivos que son, se dedican a lo suyo: ponerse a salvo de los efectos de los problemas, sacarles provecho o desviarlos hacia los demás, así sean vivos, estúpidos o inteligentes.

Aunque no siempre para bien –y a veces de manera intermitente- queremos creer que la cultura sigue avanzando, aunque en los últimos tiempos de manera abrumadora la viveza ha crecido en el mundo y parece arrasar.

Melancólicamente, todo nos lleva a pensar en la victoria de los vivos. En cuanto a los inteligentes, parecen resignados a armar sus valijas y huir; los imbéciles, en tanto, saltan de un efecto a otro efecto, suturando aquí, remendando allá, emparchando un poco más allá. Pierden sus energías en ese desesperado ir y venir por entre el caos de los efectos sin control. Y para disimular su impotencia recurren a los fantasmas de los chivos expiatorios y a un lenguaje esquizofrénico que, disociado de la realidad, seguirán pronunciando.

Así, entre inteligentes en fuga y estúpidos de brazos cruzados, los vivos siguen adelante. Y cada vez más. Ya no la inteligencia al poder, sino Lazarillo o la viveza en el poder.